War Against all Puerto Ricans… Who said?

War Against all Puerto Ricans

(Nelson Denis, Nation Books, 2015, 379 págs.)

Por Pedro Aponte Vázquez

Si usted desconoce parcialmente o por completo detalles sobre la denuncia de don Pedro Albizu Campos en el sentido de que se le estaba torturando con radiación atómica mientras estuvo en la cárcel La Princesa; o sobre datos biográficos del prócer con énfasis en sus luchas en pro de la libertad de su patria; o de la persecución política de la cual fue objeto, tiene a su disposición varios libros y numerosos artículos debidamente documentados sobre esos temas escritos en español por estudiosos boricuas educados en Puerto Rico y los cuales Nelson Denis, autor de War against all Puerto Ricans sabiamente consultó, entre otras fuentes, para este libro. No obstante, si más bien le sobran razones para preferir enterarse a través del relato en inglés de un abogado y político neoyorkino de raíces cubano-boricuas graduado de la Universidad de Harvard, he aquí el libro.

Ahora bien, si lo que usted busca es iniciarse en el estudio de sucesos históricos y de personajes de la historia política de nuestra nación, como por ejemplo, el caso del doctor Rhoads y la vida de los patriotas José Maldonado Román (“Águila Blanca”) y Vidal Santiago Díaz, entonces este no es el libro para ello.

Eso sí, en este libro podrá disfrutar de una amena narración muy bien redactada que sólo tiende a la decepción cuando el autor se desvía del tema central y le aplica visos de ficción que la hacen parecer una historia parcialmente novelada. Por cierto, el título mismo está basado en una falacia, pues no es correcta la afirmación de Denis durante una de sus entrevistas según la cual el coronel de la Policía de Puerto Rico en 1935, Elisha Francis Riggs, había dicho que le declaraba la “guerra contra todos los puertorriqueños”, razón por la cual escogió ese título. En realidad, lo que ha prevalecido como hecho histórico es que la “declaración de guerra” que hizo Riggs a raíz de la “Masacre de Río Piedras”, obra de su propia Policía, iba dirigida, en sus palabras: hacia los “criminales” y “salvaje[s]” que portaban “armas prohibidas” y no se dejaban arrestar ―en inequívoca alusión a los Nacionalistas―. Así lo establece la edición del 25 de octubre de 1935 del periódico La Democracia.

Por otra parte, si usted disfruta de leer con sentido crítico los relatos sobre sucesos históricos, podría sentir mucho más que incomodidad ante el hecho de que en no pocas ocasiones el autor solamente dice que los detalles sobre un incidente que ha narrado se lo contaron varias personas de las muchas que entrevistó durante 40 años, pero no las identifica; ni siquiera agrega que antes de darle sus versiones esas personas le exigieron permanecer anónimas, como a veces válidamente ocurre.

En otras ocasiones, Denis alude a hechos históricos, a algunos erróneamente, y les agrega datos sin decir la procedencia de los mismos. Así, al aludir a “Águila Blanca” afirma que en septiembre de 1930 el doctor Cornelius Rhoads, quien llegó a Puerto Rico nueve meses después, en 15 de junio de 1931[1], lo inyectó y le provocó el cáncer que le causó la muerte ―una vieja especulación de militantes Nacionalistas que no ha sido comprobada― y que en 1898 las tropas invasoras estadounidenses no enfrentaron resistencia armada.

A propósito del doctor Rhoads, estimula la curiosidad el que solamente le dedica una página a ese caso y sobre él dice que era “un nuevo médico” del Hospital Presbiteriano. Omite el hecho de que la notoria e influyente Fundación Rockefeller, con sede en la Ciudad de Nueva York, lo envió a San Juan con otros médicos a experimentar con mujeres, hombres y niños y que tomó parte activamente en el encubrimiento de los asesinatos que Rhoads confesó. Además, el autor no indica la procedencia del dato sobre el supuesto “secuestro” de Vidal Santiago por cuatro agentes del FBI a las 7 a.m. del 6 de octubre de 1950, algo nunca antes mencionado.

No obstante, el autor sí provee abundantes fuentes específicas del expediente del FBI sobre Luis Muñoz Marín cuando alude sin reparos y sin advertencias al contenido de informes de los agentes federales sobre su supuesta conducta personal. Asimismo, es sorprendente el hecho de que informa con razonable rigor sobre las denuncias de Albizu de que era objeto de tortura por irradiación atómica en La Princesa. Mas por otra parte dice, sin mencionar fuente alguna, que el prócer guiaba un “Chrysler negro de 1941, sedán, con tablilla número 910” aunque Albizu nunca guió.

Lamentablemente, si bien el libro contiene numerosas referencias bibliográficas, los lectores que por conocer algunos aspectos de los sucesos aludidos detecten exageraciones, inexactitudes y errores, podrían dudar de la veracidad de los datos que no conocen y permanecer con la duda sobre qué es historia y qué es falaz. El resto probablemente creerán todo lo que lean.

El autor inicia el cierre de su libro con la siguiente osada exageración: “Las voces en este libro permanecieron sin ser escuchadas durante cien años”.

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1. Pedro Aponte Vázquez, “Necator Americanus: O sobre la fisiología del Caso Rhoads”. Revista del Colegio de Abogados de Puerto Rico, Vol. 43, Núm. 1, febrero de 1982, pág.122.