Versión yanqui del ataque a la Casa Blair

Versión yanqui del ataque a la Casa Blair

(Stephen Hunter and John Bainbridge,Jr., American Gunfight: The Plot to kill Harry Truman and the Shoot-out that Stopped itN.Y.: Simon & Schuster, 2005, 368 pp., 16 fotos).

Reseña

Por Pedro Aponte Vázquez

En este libro sobre lo que la casa editora cataloga de “acto terrorista”, los autores nos presentan una versión más o menos balanceada del intento de los patriotas boricuas Oscar Collazo y Griselio Torresola de darle muerte en 1950 al presidente de Estados Unidos Harry S. Truman. En la misma entrelazan datos de fuentes documentales y orales con sus respectivas interpretaciones y opiniones personales. 

Hunter, novelista y crítico de cine, y Bainbridge, abogado y periodista independiente, incluyen semblanzas de Oscar Collazo y Griselio Torresola – a quienes llaman “asesinos” — así como del presidente Truman y de los agentes con quienes los patriotas  intercambiaron disparos — los que vienen a ser, como decimos en Puerto Rico, “los cheches de la película”.  

El relato del extraordinario suceso histórico narrado con ribetes de novela, presenta a los protagonistas — a los de aquí y a los de allá — como los seres humanos que eran (o que son) y los ubica dentro de sus correspondientes contextos históricos. No obstante, los autores insisten una y otra vez en llamar “asesinos” a Oscar y a Griselio cuando pudieron haberlos denominado “luchadores por la libertad”. Pero claro, hay que ver que Bainbridge es un ex procurador general (auxiliar).

Este abogado con inclinaciones de fiscal vino a Puerto Rico cinco veces (Hunter una vez) y entrevistó a varias personas, algunas de ellas fuentes de primera mano en lo pertinente a Oscar y a Griselio. Ambos — o tal vez sólo Bainbridge — consultaron documentos del notorio FBI y numerosas obras publicadas sobre temas tales como, entre otros, los dos juicios de Albizu, uno de los cuales lo llevó a la cárcel de Atlanta en 1937; sus años en Nueva York, incluyendo su temporada en el hospital Columbus; el caso del doctor Rhoads de 1931, al cual Oscar aludió durante su juicio; la emigración de los boricuas hacia Estados Unidos y nuestras inevitables experiencias con el racismo y la explotación; la explotación económica en general de Puerto Rico por el imperialismo yanqui con sus dolorosas consecuencias económicas y sociales, y la Masacre de Ponce de 1937.

El libro está organizado en 48 capítulos, la mayoría relativamente cortos y amenos y algunos pesados y empalagosos. Tiene, además, un epílogo, un índice y 16 fotos, la mayoría harto conocidas en Puerto Rico.

Una de las principales debilidades de este relato es el hecho de que carece de notas bibliográficas al pie de página o al final de capítulo. En lugar de ello, tiene una sección al final del libro en la que los autores se conforman con mencionar las fuentes que usaron para cada capítulo sin importar que hayan citado directamente o hayan parafraseado a otros autores. Lo que es peor, no señalan a qué datos específicos corresponden las fuentes que mencionan en esa sección. Este recurso, que constituye una seria deficiencia, disimula el hecho de que los autores han optado por hacer  muchísimas afirmaciones sin fundamento alguno.

Muchas de esas afirmaciones que Hunter y Bainbridge procuran hacer pasar como comprobados datos históricos, los encontré en lo pertinente al caso Rhoads, a la persecución de Albizu, a su hospitalización en Nueva York y a otros asuntos relacionados con su sentencia, así como en lo concerniente a la insurrección del 30 de octubre y al ataque a La Fortaleza. Seguramente otros las encontrarán en lo pertinente a otros asuntos.

En lo que a este autor concierne, esos, digamos, desaciertos, le restan credibilidad al trabajo de investigación y al relato mismo de los hallazgos, pues ¿cómo habremos de saber los lectores si en lo tocante a aspectos que no dominamos ha habido iguales o hasta peores falsedades?

En una de sus afirmaciones más descabelladas pertinentes al caso Rhoads, Hunter y Bainbridge dicen que, a pesar de que Rhoads ya había dicho que su confesión de asesinato no era otra cosa que una broma, en la época de los sucesos (1932) hubo con todo y eso “muchas investigaciones”, cuando en realidad sólo hubo una y fue con el propósito de encubrir los asesinatos.  Uno de los investigadores, dicen los referidos autores, fue el entonces gobernador James R. Beverley, aunque nada existe que siquiera lo sugiera. Dicen los autores a renglón seguido que “Otro investigador, Pedro Aponte Vázquez, descubrió  una carta de 1932 de Beverley” y citan su contenido. Lo grave de estas afirmaciones es que Beverley no hizo investigación alguna, que la única mal llamada investigación la hizo el epidemiólogo Eduardo Garrido Morales sin ser fiscal, y que este autor no fue otro de los investigadores de aquella época, pues ni siquiera había nacido para el año de 1932.

En aras de la brevedad que el medio periodístico requiere, he hecho un gran esfuerzo para eliminar de aquí datos específicos que ya había incluido y que refutan las extrañas alegaciones de los dos autores en referencia al caso Rhoads, a Albizu y al ataque a La Fortaleza. En torno al primero me limitaré a advertir que quien no conozca los pormenores del caso, quedará con la colosal mentira que ellos propagan en el capítulo titulado “El coloso Rhoads” y que ha vuelto a estar de moda entre la intelectualidad en Estados Unidos: que todo fue una broma del racista, pero grandioso doctor Rhoads.

Además, Hunter y Bainbridge se sacan de la manga como magos que a Albizu le dio un ataque al corazón en la cárcel en 1943 y que por ese “golpe de suerte” (break, dicen los autores) fue “sacado (“removed”) de la cárcel y transferido al hospital Columbus” a terminar de cumplir allí su sentencia de cárcel. Semejante ficción podría esperarse del novelista Hunter, pero no del fiscal Bainbridge. Lo que se insinúa con ese invento es que así de bondadosos fueron con Albizu los compatriotas de Hunter y Bainbridge de ayer  –  los mismos que hoy, con su capitalismo terrorista, bombardean a su antojo a Irak dizque para llevarles “paz”  a los iraquíes.

En fin, las numerosas afirmaciones del crítico de cine Hunter y del periodista Bainbridge que contradicen sin fundamento alguno lo que autores puertorriqueños hemos demostrado con irrefutable documentación, sugiere que estos dos historiadores aficionados han optado por decirnos que la realidad es la que nos pintan ellos como representantes del imperio y no la que hemos descubierto nosotros “los nativos” de la colonia.

A pesar de todo, Hunter y Bainbridge aportan una versión  interesante según la cual  el propósito de ajusticiar a Truman fracasó sólo porque el elemento sorpresa se diluyó cuando la pistola de Oscar, en lugar de soltar su primer disparo, hizo un “click” que le avisó de su presencia y de sus intenciones al primer agente al que se disponía a dispararle. Convendría, pues, que los boricuas le echáramos un vistazo a esa versión y formáramos nuestro propio juicio y que Hunter y Bainbridge, mientras tanto, desistieran de convertirse en historiadores si no han de ejercer ese oficio con la debida seriedad. #

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