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Recordando el caso Rhoads

Conferencia en el Museo de la Masacre de Ponce

Pedro Aponte Vázquez
18 de marzo de 2003

Buenas noches. El Museo de la Masacre me ha invitado a reunirme con ustedes esta noche aquí con el fin de recordar los asesinatos que impunemente cometió en Puerto Rico aquel médico norteamericano que se llamó Cornelius Rhoads. Haré una breve exposición que nos sirva de base para iniciar un período de preguntas y respuestas y dedico mi presentación a la memoria de las víctimas del doctor Rhoads y de la Masacre de Ponce.

La Comisión Médica

El 15 de junio de 1931, llegó a Puerto Rico una comisión médica auspiciada por la Fundación Rockefeller con el expresado fin de buscar la causa de la anemia perniciosa y modos de curarla.

La anemia perniciosa era entonces una enfermedad mortal, razón por la cual la comunidad médica la denominaba Necator Americanus, latín para “asesino americano”. La Comisión utilizó el laboratorio del Hospital Presbiteriano y condujo experimentos con 83 personas que, según se había comprobado, padecían de anemia “severa” asociada con parásitos (hookworm) y no tenían infecciones ni sufrían pérdida de sangre por otros motivos.

Casi todos residían en barrios en condiciones de pobreza extrema y en el grupo había niños y adultos de uno y otro sexo. Otros 32 sujetos residentes en el barrio Bayamón, del municipio de Cidra, que habían sido estudiados por la maestra rural Celia Núñez, fueron incluidos en los experimentos. Algunos pacientes fueron recluidos en varios hospitales y otros acudían periódicamente a un dispensario expresamente improvisado en el Hospital Presbiteriano con ese propósito. Además, ajenos a lo que estaba ocurriendo, algunos médicos le refirieron a la Comisión pacientes privados en la creencia de que serían atendidos mejor.

El plan general

Tratándose, como se trataba, de experimentación científica, el plan general consistía en observar el efecto de procedimientos individuales bajo condiciones controladas, especialmente, el efecto sobre la formación de la sangre. Los procedimientos individuales, según la Comisión, fueron:

a) eliminación de parásitos
b) dieta alta en proteínas
c) administración de extractos de hígado y
ch) administración de sales de hierro.

Algunos de estos experimentos tuvieron lugar en Cidra con los campesinos en el estudio de Núñez.

Respecto del estado de salud de los sujetos utilizados, los investigadores señalan que “los pacientes fueron seleccionados primordialmente por la severidad de su anemia”.

Recalcaron los investigadores que:

“La severidad de la anemia de los pacientes seleccionados puede ser juzgada partiendo del hecho de que solamente 5 de 83 pacientes tenían valores de hemoglobina de 50 por ciento o mayores”.

La Comisión Rockefeller indicó, además, que la mayoría de las personas afectadas por anemia asociada con parásitos eran campesinos que trabajaban en el cultivo de la caña de azúcar, café y tabaco, cuyas escalas de salario eran bajas y quienes tenían “numerosos dependientes”. Agregó la Comisión que “varios de los pacientes […] dependían completamente de la caridad ajena para su alimentación”.


Rhoads confiesa asesinatos

La historia tomó otro rumbo el 12 de noviembre 1931 cuando empleados puertorriqueños de la Comisión Rockefeller encontraron, leyeron, fotocopiaron (sí, había fotocopiadoras) y circularon por el Hospital Presbiteriano la siguiente carta sin fecha escrita el día anterior de puño y letra del doctor Rhoads, alias “Dusty”:

Estimado Ferdie:

Mientras más pienso en el nombramiento de Larry Smith, tanto más me disgusto. ¿Has oído alguna razón que lo justifique? Ciertamente es extraño que un hombre rechazado por el grupo entero de Boston, despedido por Wolbach y, hasta donde sé, carente en absoluto de reputación científica, haya conseguido el puesto. Algo anda mal, tal vez con nuestro punto de vista.
La cuestión en Boston está resuelta. Parker y Nye dirigirán conjuntamente el laboratorio y Kenneth o McMahon será el auxiliar; el jefe se quedará. Por lo que veo, las oportunidades de conseguirme un trabajo dentro de los próximos diez años son prácticamente ninguna. Uno ciertamente no se siente estimulado a intentar avances científicos cuando esto viene a ser un obstáculo más bien que una ayuda para progresar. Aquí podría conseguir un trabajo requete bueno y me siento tentado a cogerlo. Sería ideal, si no fuese por los puertorriqueños — éstos son sin duda la raza de hombres más sucia, más vaga, más degenerada y mas ratera que jamás ha habitado el planeta. Da asco habitar la misma isla con ellos. Son hasta más bajos que los italianos.
Lo que la isla necesita no es labor de salud pública, sino un oleaje gigantesco o algo que extermine la población. Entonces podría ser habitable. Yo he hecho lo mejor que he podido para acelerar el proceso de exterminio matando a 8 y trasplantándoles el cáncer a varios más. Esto último no ha resultado en muertes hasta ahora…
La cuestión de la consideración del bienestar de los pacientes no desempeña papel alguno aquí — de hecho, todos los médicos se deleitan en el abuso y la tortura de los desafortunados sujetos.
No dejes de hacerme saber si oyes alguna otra noticia.


Sinceramente,

Dusty

Por circunstancias desconocidas, Rhoads dejó la carta sobre el escritorio de Betty Guillermety, donde la había escrito, y la misma apareció el día siguiente sobre una mesa de trabajo al pie del microscopio del técnico de laboratorio Luis Baldoni Martínez. El papel estaba doblado en tres partes y en un lado, al dorso, decía “F. W. Stewart”. Baldoni lo desplazó hacia el área de trabajo de su compañera Aida Soegard, quien, al encontrarla, procedió a leerla. El contenido de la carta les causó “horror” y “terror” a las empleadas y cuatro de ellas circularon copias por todo el hospital.

Si bien esto no motivó que el director de la institución, doctor William Galbreath, iniciara o solicitara una investigación, si dio lugar a que procurase obtener el original. Con ese fin envió al bacteriólogo Américo Pomales donde Baldoni, quien para entonces se había interesado tanto en aquel papel que ya se había apoderado del mismo.

Galbreath le aseguró a Baldoni, a través de Pomales, que si el documento original llegaba a sus manos, se abstendría de nombrar a Rhoads al cargo de subdirector del hospital, al cual éste alegadamente aspiraba.

Baldoni rehusó la oferta, prefirió ponerla en manos de Albizu y, “en vista de que se había cometido un crimen tan horrible sin que se llevara el correspondiente castigo el autor del mismo” y por cuanto el Hospital Presbiteriano “no iniciaba la debida investigación ante una situación de vida o muerte para todos”, renunció a su empleo con la Comisión el 26 de diciembre de 1931.

Es así como la misiva personal de Rhoads con su confesión de asesinatos en serie, se convirtió en documento público el 25 de enero de 1932. El asesino, sin embargo, había huido ya hacia Nueva York el 10 de diciembre anterior en circunstancias misteriosas.


La “investigación”

La divulgación de la carta en la Prensa, en inglés y español, causó un gran revuelo en el país y el asunto ocupó en días subsiguientes la primera plana de los periódicos. Al enterarse por el semanario Florete, el Jefe de la Policía, coronel Lutz, le pidió al gobernador James Rumsey Beverley que ordenase una investigación del caso.

Beverley, quien en una carta al director de la Fundación Rockefeller calificó la misiva de Rhoads de “confesión de asesinato” y de “libelo contra el pueblo de Puerto Rico”, le encomendó la investigación al fiscal especial general José Ramón Quiñones el 29 de enero de 1932, víspera, precisamente, de la asamblea del Partido Nacionalista, el cual habría de participar en las elecciones de ese año.

En medio del furor causado, el fiscal Quiñones les pidió al Departamento de Salud y a la Asociación Médica de Puerto Rico (AMPR) que le proveyeran cada uno un asesor para ayudarle en la pesquisa — o sea, en el encubrimiento. La encomienda recayó sobre los doctores Eduardo Garrido Morales y Pablo Morales Otero, respectivamente.

Pero, aun cuando el Fiscal hubiera tenido las mejores intenciones, su logro inmediato fue restarle credibilidad a su investigación antes de comenzarla y poner en entredicho a la AMPR. La institución de médicos había dado lugar a la desconfianza al dar a conocer, luego de haber sido publicada la carta, que ya se había enterado de “rumores” que venían circulando en torno a las manifestaciones del doctor Rhoads, a pesar de lo cual guardó silencio. La AMPR expresó luego su “desagrado y profunda pena” por haber sido diz que “injusta y arbitrariamente censurada” por quienes debían defenderla.

Además, Morales Otero, quien años después fue Representante a la Cámara por el Partido Popular Democrático, era para aquel momento presidente de la Junta Examinadora de Médicos y como tal rehusó tomar acción en contra del doctor Rhoads cuando varios médicos puertorriqueños lo acusaron ante ese organismo rector de ejercer la medicina en Puerto Rico sin autorización alguna.

Por si fuera poco, el hermetismo del Ministerio Público durante la investigación en nada contribuyó a disipar las dudas en la opinión pública en cuanto a la validez de la misma y, para colmar la copa, resultó ser precisamente Garrido quien le advirtió a Rhoads que su carta había sido objeto de una acalorada discusión en el seno de la Asociación Médica.

El Fiscal dio por terminada su encomienda el 11 de febrero de 1932, a penas dos semanas después de haberla recibido y, por supuesto, no encontró causa alguna para acusar al médico asesino. Dijo el fiscal Quiñones:

En vista de las manifestaciones falsas e injuriosas expresadas en la carta por el doctor Rhoads para determinadas personas, para la clase médica de Puerto Rico y para los portorriqueños (sic) en general, cuando después se retracta de lo escrito por él, haciendo constar que su opinión es todo lo contrario, debido al contacto que ha tenido con estas personas, tenemos que llegar a la conclusión de que el doctor Cornelius P. Rhoads es un enfermo mental o un hombre poco escrupuloso.

El fiscal Quiñones no estimó necesario interrogar al asesino confeso ni al director del experimento, doctor William B. Castle, ni mucho menos exhumar los cadáveres como parte de la investigación –digo, del encubrimiento.

El hecho de que el caso Rhoads fuera relegado al olvido durante años y fuera mencionado tan sólo “de paso” y sin otro fin que el de restarle credibilidad, resulta más sorprendente aún a la luz de la negativa del procurador general interino, Arturo Ortiz Toro, de poner a la disposición del Partido Nacionalista la prueba examinada, so pretexto de que lo impedían las normas de la agencia.

Al igual que Morales Otero, Ortiz Toro se convirtió subsiguientemente en legislador, pero por el Partido Estadista Republicano. Garrido, por su parte, sustituyó al doctor Antonio Fernós Isern en el cargo de Comisionado de Salud en el 1933.

El Partido Nacionalista

El secretario general del Partido Nacionalista, Rafael Rivera Matos, solicitó el expediente del caso con el propósito del partido “someterlo ante la consideración de una Comisión médica de prestigio internacional” que investigara los sucesos.

Mientras tanto, en Estados Unidos, la revista Time ya había exculpado a Rhoads y había atribuido el escándalo de proporción internacional a una “agitación típica del prejuicio con el cual la Fundación [Rockefeller] está obligada a contender en muchos países atrasados”. El New York Times, por su parte, informó que el caso había sido cerrado con la exoneración de Rhoads “del cargo circulado por los nacionalistas” según el cual el médico de la Fundación Rockefeller “había procurado llevar a cabo un plan de Estados Unidos para el exterminio de la raza puertorriqueña.”

Para el Partido Nacionalista, no obstante, el caso no quedó cerrado y el mismo repercutió luego de dos décadas como secuela del ataque a la Casa Blair por Oscar Collazo y Griselio Torresola el primero de noviembre de 1950.

Resurge el caso

En el año de 1982, luego de tres años iniciales de investigación y 50 años después del encubrimiento, di a conocer muchos de los hechos de este caso en un ensayo que titulé “Necator Americanus: O sobre la fisiología del caso Rhoads”, el cual el la Revista del Colegio de Abogados de Puerto Rico publicó en su Número 1 del Volumen 43. Dirigía la Revista entonces el doctor Carmelo Delgado Cintrón.

Luego de encontrar muchos otros documentos originales en el Archivo Central de la Fundación Rockefeller, en Nueva York, así como en el Archivo Nacional de Puerto Rico, pude publicar datos de los mismos diez años después, en el 1992, en un libro bajo el título de Crónica de un encubrimiento y el subtítulo de Albizu Campos y el caso Rhoads.

Los documentos no aparecieron de primera intención en nuestro Archivo Nacional. De que se hiciera una minuciosa búsqueda se ocupó la archivera Carmen Alicia Dávila, labor que, según me dijo, sus compañeros realizaron con mucho empeño.

Setenta años habían transcurrido desde la publicación de los hechos en la prensa y el subsiguiente encubrimiento por el llamado Departamento de Justicia de Puerto Rico y, cuando parecía que el asunto había quedado enterrado una vez más, el doctor Edwin Vázquez, un joven biólogo y profesor de la UPR en el recinto de Cayey, se enteró fortuitamente de que la Asociación Americana para Investigación del Cáncer, había establecido en el año de 1979 un premio con el nombre del asesino en serie con fondos que había recibido de una fuente que, contrario a la costumbre, puso como condición permanecer en el anonimato.

El doctor Vázquez dio la voz de alarma inmediatamente y el doctor Héctor Pesquera, del Congreso Nacional Hostosiano, respondió al llamado con una campaña dirigida a lograr que se le retire el nombre de Cornelius P. Rhoads al premio. La mencionada Asociación confiere ese premio desde el 1980 a algún médico joven que se haya destacado en la investigación del cáncer sin saber que al hacerlo, está reconociendo a un asesino en serie.

La entidad le encomendó a un prominente abogado y psiquiatra norteamericano de origen judío y estudioso del mal uso de la experimentación con humanos, el doctor Jay Katz, hacer su propia investigación del asunto y someterle recomendaciones. Confiamos en que la misma está en proceso y que terminará con la única recomendación lógica que los hechos históricos sustentarían.

Muchas gracias.

En efecto, la Asociación Americana para Investigación del Cáncer retiró del premio el nombre de Cornelius Rhoads según se lo recomendó el Dr. J. Katz.