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Las rojas flores del flamboyán

Por Margarita Maldonado Colón —

Las rojas flores del flamboyán es la primera novela de Pedro Aponte-Vázquez, luego de su incursión en la ficción con su libro Las memorias que don Pedro no escribió, un género híbrido entre la historiografía y la ficción, y Transición, colección de cuentos en la que asume de lleno la ficción como medio para tratar el tema político sin dejar nunca de lado la historiografía como fuente documental. Como se sabe, Pedro Aponte-Vázquez es un incansable investigador e historiador del Nacionalismo Puertorriqueño-Movimiento Libertador y a él debemos libros de gran valor histórico en los que desenmascara a los protagonistas de los movimientos represivos en contra de los independentistas, especialmente la persecución a los nacionalistas. También ha puesto al descubierto la conspiración para la tortura y asesinato de don Pedro Albizu Campos y los asesinatos confesados del Dr. Cornelius Rhoads en la década del 30. Todas sus investigaciones han producido una amplia bibliografía sobre estos temas.

No conforme con esto, el autor ha buscado nuevas avenidas que le sirven para allegar esa información a los lectores. Así nos presenta los libros que mencioné anteriormente y su novela Las rojas flores del flamboyán, un hermoso trabajo literario. Esta novela es una forma refrescante de leer una historia que no es historia, aunque parezca un contrasentido. Se trata de la narración de algunos acontecimientos ocurridos en la vida real, trasformados en material novelesco. El autor entra de lleno en la ficción, nutriendo la narración con elementos de la historia y crea un universo literario independiente de los hechos históricos. Amalgama diversos sucesos ocurridos en distintas épocas (fines del siglo XIX y primera mitad del XX), relacionados con la invasión estadounidense, la lucha nacionalista por la liberación y los hechos que marcaron esa lucha. En términos de visión de mundo, el autor crea un espacio-tiempo donde se aspira a la posibilidad de un desenlace a esa encerrona. Ubica la trama en el espacio-tiempo imaginario de una utopía que se rompe con la invasión de bandidos que trastocan la identidad y el sentido de pertenencia desarrollado por sus habitantes. En la trama se desenvuelven algunos personajes que tuvieron claro en todo momento que habían sido despojados de lo que les pertenecía y resistieron esa invasión y, por otra parte, otros personajes que se acomodan a las normas que los nuevos amos les dictan. La hacienda La Esperanza, está enclavada en medio de la nada, en un tiempo indeterminado, lo que establece, que está a la deriva. La alternativa queda planteada: hay que tomar acción y en la trama intenta, pero todos los intentos son sofocados (el Águila Blanca y Libertario) por el poder omnipotente y omnipresente del opresor que se vale de la manipulación, la fuerza y todos los medios posibles para exterminar cualquier intento de liberación. En términos de visión de mundo, queda establecido también que sólo una presencia sobrenatural es capaz de liberar la hacienda de sus opresores. Al momento en que la Taína, presencia sobrenatural arraigada en la rebeldía originaria vinculada con la tierra, se hace cargo del opresor y lo ultima, los presentes, en lugar de levantarse en armas, huyen despavoridos. No hay salida entonces. Es una burbuja estancada en el tiempo y el espacio. Así es nuestra historia y así lo plantea el autor. Pero queda el nombre de la hacienda: La esperanza.

Las rojas flores del flamboyán es una lectura que agarra, atractiva por las descripciones, la ambientación, por la trama y por la forma de narrar con una prosa nítida, ágil y cuidada. Una obra que deberían leer nuestros estudiantes en las escuelas –porque sí, tiene un fin didáctico que es una de las motivaciones que como educador manifiesta el autor en todos sus escritos, como expresión de su visión de mundo–, para que creen conciencia de que hay que desarrollar sentido de pertenencia y defender lo que es esencialmente nuestro.

Disponible en: <www.lulu.com/spotlight/albizu> y en Librería Norberto González, en Río Piedras.