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FLOR DE LA MAÑANA

Ocurrió, como era de esperarse, lo que menos esperaban. Era una fresca mañana con un sol tibio como los que con frecuencia uno quisiera sentir en la Isla. Una mañana que nadie querría desperdiciar; la que cada residente de la ciudad que puede aprovecharla sale a disfrutar sin siquiera pensar en la baja calidad del aire que aspira. En días como ese llegó a sentarse en la escalinata de la Biblioteca Pública de la ciudad en la 5ta avenida y esquina de la calle 42 como suelen hacer muchos trabajadores a la hora de almorzar para disfrutar del sol primaveral. No almorzaba; solamente observaba a los transeúntes mientras descansaba de las búsquedas que hacía en las micropelículas de periódicos y revistas de antaño.

Salir a disfrutar del sol fue lo que optaron por hacer, como miles de seres más que podían darse ese lujo mientras muchos miles más permanecían confinados en sus lugares de trabajo. Como esta vez él no iba para la biblioteca, antes de salir aspiró unas bocanadas de humo con un carburador de bolsillo y saboreó un vaso de jugo bien frío. Tomó el tren 6 hasta la calle 125 y Lexington y allí el expreso de Woodlawn Road hasta la calle 14. Salió en Union Square y echó a andar sin rumbo fijo. Caminó hacia la parte baja de Manhattan al tiempo que se desviaba al azar, unas veces hacia el Este y otras en dirección contraria.

Cuando lleguó a Waverly Place viró hacia el oeste hasta la 6ta avenida y por allí subió hasta la calle 12 mientras de vez en cuando se detenía a mirar las vitrinas. Estaba escudriñando portadas de libros próximo a Union Square cuando se detuvo cerca de él a hacer lo mismo una joven de quizás unos ocho años menos, de cabellera negra y abundante que le caía como muda cascada hasta la cintura. Le llamó mucho la atención su sensual melena y el hecho de que no había maquillaje en su bello rostro. Sobre todo, le sorprendió que sostenía apretadamente, entre el pulgar y el índice de la mano derecha, el brazo extendido hacia abajo y pegado a la pierna, la mitad de un cigarrillo humeante con un aroma que no era de tabaco. No es que fuera extraño ver personas comprando, vendiendo y usando esos pitillos especiales en algunos vecindarios y parques, pues la Policía se hacía de la vista larga, pero las mujeres siempre han sido en eso, como en muchas otras cosas, especialmente recatadas.

La muchacha sujetaba fuertemente con el puño, colgada en el hombro izquierdo, una cartera de cuero, aparentemente nueva, color vino tinto; calzaba sandalias de cuero del mismo color; vestía mahón azul desteñido de fábrica y una camiseta que permitía descifrar sin dificultad alguna los contornos redondos de dos montículos casi puntiagudos. Era evidente que sus caderas, fuertemente aprisionadas, luchaban por liberarse de aquella envidiable envoltura de algodón.

Él tenía el viernes libre. Ese era uno de los beneficios de pertenecer a la facultad de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Normalmente lo dedicaba a ir a la Biblioteca Pública y, en ocasiones a leer o escribir artículos para El Diario-La Prensa encerrado en su apartamento tipo estudio. Sin embargo, el ambiente exterior no se prestaba esta vez para estar de ese modo apartado. Le pareció más bien una buena oportunidad para caminar por El Village y aprovechar para cavilar sobre los acontecimientos políticos en su país. Eso es una ventaja de la vida en esa gran ciudad: por más que uno esté rodeado de personas en un tren, en la calle o en un parque, para los demás uno no existe. A nadie le concierne la vida ajena. Claro, que esa ventaja puede ser, a su vez, una trágica desventaja, pues lo que se vive es un sálvese el que pueda. Es doloroso percatarse uno de que aquella aculturación corrompe las sanas costumbres de convivencia inherentes a nuestra cultura; nos desnaturaliza.

Era la época del inicio de la migración a la inversa, cuando comenzaban a regresar a su patria aquellos miles de campesinos, jornaleros y otros trabajadores desempleados que habían emigrado desde los años 40 con poca o ninguna escolaridad hacia los grandes centros urbanos de Estados Unidos, en especial hacia las provincias del noreste. Poco antes de ese regreso, a fines de la década de los 60, habían comenzado a emigrar hacia esos mismos lugares y otros nuevos, numerosos profesionales con títulos académicos universitarios. Se trataba del  éxodo de un tipo distinto de emigrante. La inmensa mayoría, por no decir casi todos, lo hacían porque eran objeto de vigilancia, persecución y represión policial por su ideología; por pensar y actuar contrario a las preferencias del partido que estaba en el poder.

Los que regresaban, o más bien, la mayoría de ellos, habían sido exprimidos en las fábricas de la ciudad, trabajando muchas veces dos turnos y a veces, encima, unas horas más; habían logrado ahorrar pese a las circunstancias y traían dinero suficiente para comprar una casa donde vivir el resto de sus días. Algunos venían con una prole ya en la adolescencia con rústico conocimiento de su vernáculo, lo que causaba que algunos acomplejados les dieran de codo. Otros dejaban en las entrañas de la ciudad a unos hijos e hijas que habían logrado estudios superiores y buenos empleos o que se habían emancipado y habían optado por permanecer en el único ambiente cultural que conocían o que conocían mejor. En el peor de los casos, los que quedaban atrás eran hijos e hijas jóvenes socialmente rezagados que habían optado por sobrevivir con subsidios y servicios públicos que no habrían de encontrar en su propio país –o al menos no de la misma magnitud ni calidad.

 No lo pensó mucho antes de tirarle a aquella flor mañanera la pregunta que comúnmente uno hace –o debe hacer– en una ciudad cosmopolita cuando quiere entablar conversación con desconocidos:

–¿De dónde eres?

–¿Pa’ qué quiere saber?

–Qué bien, somos compatriotas –le aseguró al notar su acento, sin dejarse intimidar por su respuesta y ella asintió con una sonrisa a medias–. ¿Has visto algún título que te atraiga? –continuó.

–Sí, más de uno, pero no le diré cuáles –dijo mirándolo de reojo.

Concluyó por su habla que la joven no era de Nueva York y, por su soltura y el tabaco encendido, que no estaba ajena al ambiente neoyorkino. Sin duda alguna no era una recién llegada. Le pareció que se trataba de una estudiante con residencia en la isla que había tenido la oportunidad de estudiar y residir allí algunos años.

Tal había sido su propio caso. La llegada del anexionismo al poder en 1968 significó para él, como para muchos más, aún mayor persecución policial y desempleo que bajo regímenes anteriores. Hasta los que meramente asistíamos a reuniones y piquetes y apoyábamos a la Federación de Universitarios Pro Independencia, llamábamos la atención de los agentes de la División de Seguridad Interna de la Policía. Años más tarde la bautizaron de Inteligencia, no porque sus agentes fueran inteligentes, sino para estar a tono con la naturaleza del trabajo de espionaje que hacían. Su carpeta de subversivo ordenó iniciarla un comandante que, al pasar por frente de su casa en ruta hacia la suya, le consternó  ver desplegada y orgullosa en una pared de su balcón la bandera de la nación de ambos. –Que se investigue quién vive ahí– le ordenó con usual arrogancia a su chofer. Allí quien vivía con su esposa ajena a la política y tres hijos pequeños era uno de seis hijos de un otrora oficial de la Policía. Un ciudadano que se había graduado de Ciencias Sociales, enseñaba inglés en una escuela superior y no pertenecía a organización política alguna.

–En esta librería no parece haber mucha variedad. Tal parece que todos los libros son en inglés y de temas de Estados Unidos; no veo nada sobre la América Latina –comentó hurgando información sobre sus preferencias. Quería saber si su interior era tan interesante como su apariencia.

–Esos se consiguen en Revolution Books y en Macondo –dijo ella–. Siempre termino mis recorridos en Macondo –agregó y reanudó la marcha.

–Yo también –le aseguró él sin quedarse atrás–; precisamente, para allá voy a buscar los ensayos de René Marqués.

  Esto lo inventó allí mismo, aunque en realidad había estado surtiéndose de libros que tenía, pero que no los trajo cuando cruzó el charco.

–¿Vas para allá? –Avanzó a preguntarle. 

–Sí, por supuesto. Lo que más me ha gustado de René Marqués –le contó mientras caminaban a paso lento–, ha sido La carreta, quizás porque guarda un gran parecido con la vida de mis padres. Mi papá, desde antes de yo nacer, trabajaba literalmente de sol a sol picando piedras para la construcción de carreteras y tenía que caminar largas distancias para ir al lugar de trabajo y regresar. Eso fue en las montañas de Orocovis. De allí nos mudamos a un caserío en el pueblo próximo al cementerio y luego a otro en Bayamón. Finalmente vinimos a esta fantástica ciudad que me gusta tanto por su complejidad y por su complicidad, pero no bien me gradué de octavo grado regresamos y fuimos a vivir en Río Piedras, cerca de la Universidad, en la barriada Blondet.

Él notó que se le había apagado el pitillo y le preguntó:

–¿Y ese material, es bueno?

–Colombiana –respondió con autoridad al tiempo que lo guardaba en un bolsillito dentro de la cartera–. Vivíamos en El Bronx, en la 149 entre Eagle y Caldwell. Allá aterrizaban mis familiares que optaban por seguir los pasos de mi papá y mi mamá. El apartamento no era muy pequeño, ni tampoco muy grande, pero nos acomodábamos como sardinas en lata y en ocasiones no dejaba de ser divertido porque para aquella época todavía se sabía lo que era solidaridad, no solo entre familiares, sino incluso entre amistades y vecinos. Mis padres se ocupaban de buscarles empleo en las mismas fábricas donde ellos trabajaban y lo conseguían, pues una recomendación de ellos tenía mucho peso. 

–Son muy tristes esas historias… ¿Entonces vivías al lado de Saint Mary’s Park?

–Al frente. Esa era mi sala de lectura. Pues sí, mi papá trabajaba dos turnos en una fábrica de zapatos y mi mamá un turno en una fábrica de dulces y allá iban a trabajar casi todos mis familiares…  ¿Y usted, dónde vive?

–Casualmente, cerca de allí, en la 149 y Southern Boulevard. ¿Actualmente vives por Saint Mary’s?

–Ya no. Vivo temporalmente por aquí mismo, cerca de Madison Square. Sí tengo familiares y amistades que viven por allá, de modo que, cuando vengo, frecuento ese vecindario de tantos recuerdos mixtos. ¿Y usted, ha vivido mucho tiempo en la ciudad?

–No tienes por qué tratarme de usted.

–Sí, porque los puertorriqueños que se crían aquí tienen la mala costumbre de tutear a todo el mundo y me parece muy mala práctica. Si no lo has notado será que acabas de llegar. Yo no tuteo ni a mis padres.

–No, no, sí, lo he notado. Tienes toda la razón. A mí tampoco me agrada que perdamos esa costumbre. Si te tuteo es porque me pareces mucho menor que yo.

–¿Cuántos años tiene?

–35.

–Pues me lleva unos diez años.  

–¿Ves? Soy una persona mayor. Aquí llevo unos cinco años, yendo y viniendo.

–Eso es lo que hago yo: ir y venir. O, mejor dicho: venir e ir, porque actualmente no vivo aquí. Vivo en la isla en la zona metropolitana, pero estoy de vacaciones quedándome en el apartamento de una amiga que está de vacaciones allá.

Entraron en la librería Macondo y él compró el libro Ensayos, de René Marqués. Ella compró La peregrinación de Bayoán, de Hostos. Salieron y, antes de que fuera a despedirse, le propuso caminar hasta la calle 23 y terminar de consumir en Madison Square  lo que le quedaba, idea que ella de inmediato aceptó.

–Hablando de que tu papá trabajaba de picapedrero de sol a sol –dijo para volver a donde la había interrumpido–, el viejo mío pasó por esa explotación también, aunque con tareas menos duras, como listero de la Eastern Sugar. Eso era una empresa azucarera, como lo anuncia el nombre, con grandes extensiones de terreno para cultivar la caña. Él supervisaba a caballo los trabajos y hacía la nómina semanal. Se le llamaba listero porque la nómina es una lista de los trabajadores, sus respectivas horas trabajadas y sus haberes.  Al poco tiempo entró en la Policía y renunció después de la insurrección del 50 por los excesos que cometió el régimen. Mi mamá cosía guantes en la casa –nunca trabajó afuera– y además nos cosía mucha de la ropa. Su gran pasión, a la cual nunca pudo dedicarle todo el tiempo que habría deseado, fue la lectura, en especial de historia y biografías. Fue por ella que me enteré en mi niñez de la existencia de Mahatma Gandhi y de sus luchas libertarias.

–Ahorita, cuando me interrumpiste –le disparó sutilmente–, iba a decirte que de René Marqués me gustan también sus cuentos, algunos de los cuales he leído más de una vez, como Otro día nuestro.

–Lo mismo yo con sus ensayos. El puertorriqueño dócil lo he leído ya, pero siento la necesidad de volver a leerlo –comentó un poco cohibido por el disparo–, porque me parece que encierra una contradicción. Ese que dices, Otro día nuestro, me intriga mucho.

–Creo que el tema de ese cuento llegará a ser tan controvertible como el del ensayo –dijo ella y de inmediato explicó–: Por un lado, habrá temor de insistir en que los yanquis torturaron a muerte a don Pedro y, por el otro, nadie quiere admitir que viene de una nación donde predomina la docilidad, con todo y que  quien lo plantea es precisamente un escritor vertical que nada de dócil es.

–Has hurgado en mis pensamientos  –le dijo sorprendido–. La impresión que tengo es de que la intelectualidad de Puerto Rico rechaza de plano lo que René señala.

–No he hurgado en tus pensamientos. Dije lo que dije porque es mi modo muy mío de pensar, independientemente de cómo pienses tú o cómo piense el resto del mundo.

–Qué musical me ha sonado ese . Te lo agradezco y me alegro de que estemos de acuerdo.

–Pero sería mejor que no estuviésemos de acuerdo en todo, para así enfrascarnos en un intercambio de opiniones encontradas.

–¿Cómo es que hablas tan bien el español?

–Estudié literatura en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. Toda la vida he hablado español porque mis padres nunca se han comunicado en inglés y, además, siempre me atrajo la idea de no perder mi idioma. Eso me viene de mi abuelo paterno.

–Fíjate, aparentemente quienes discrepan de René lo hacen, además de lo que señalas, porque no ven la diferencia entre decir: el puertorriqueño dócil  y el puertorriqueño es dócil. Cuando leen el título del ensayo le suplen en sus mentes el verbo ser y así lo distorsionan por completo, si bien inadvertidamente.

–Puede ser, porque el énfasis de quienes lo critican adversamente es precisamente sobre el argumento de que los puertorriqueños no somos dóciles, sino combativos y ponen de ejemplo a los Nacionalistas y la insurrección del ’50. ¿Cuál es la contradicción que ves en el ensayo?

–En el cuerpo del escrito él afirma que el puertorriqueño es dócil aunque no es eso lo que el título da a entender y, además, en otro ensayo de la misma época sobre la función del escritor dice que para el creador de literatura no existen verdades absolutas. Ahora bien, si de algo no debe haber duda alguna es de que en ningún momento ha dicho que el puertorriqueño es dócil por naturaleza, como algunos de sus críticos implican.

 Estaban como a mitad de camino del parque Madison cuando con su pequeña mano izquierda tocó delicadamente su fornido brazo derecho al tiempo que se detenía. Dijo que ya le parecía que lo conocía de mucho tiempo y le preguntó si no sería mejor hacer una escala en su apartamento para calmar los munchies y la sed antes de llegar al parque. Él pensó que mejor idea no pudo haber tenido y, simulando no tener preferencia alguna, le dijo que le parecía bien cualquier opción que a ella se le ocurriera.

Se desviaron hacia el oeste en la calle 22 y pronto llegaron a un edificio de cinco pisos donde hacía de portero, con traje y lazo negros y camisa blanca, un artesano puertorriqueño unos años menor que él, delgado, de baja estatura, con cabello negro, corto y ondulado; un pequeño bigote y barba bien cuidada, a quien le presentó como David. Allí mismo tenía para la venta algunos de los productos en cuero que hacía: chalecos, carteras, correas, sandalias… Se detuvieron un instante para ver sus trabajos y  conversar con él, ya que ella lo describió como un ávido lector de los mismos temas generales que les interesaban. En ese momento, al introducirlos, supo ella su nombre y apellido y le dijo a David en broma, pero en serio, que si la encontraban muerta en su apartamento ya él sabría a quién habría que buscar.

–No te apures, Flor –respondió él sonriendo–, el compañero no me recuerda, pero yo lo conozco de Río Piedras… Estás en buena compañía.

Le dio las gracias a David y se despidieron. Tomó el ascensor hasta el 5to piso con quien ahora sabía que se llamaba Flor. Salieron, fueron hasta el final del pasillo y entraron en el apartamento de la izquierda. Enseguida ella se sentó en una banqueta a quitarse las sandalias. La temperatura estaba más alta que en la calle, por lo que de inmediato se levantó y fue a cerrar las válvulas de los radiadores y a abrir una ventana. De camino le dijo que tenía que quitarse los zapatos, pues su amiga no quería importar más microbios que los inevitables. Él se sentó en el mismo lugar, pues para eso estaba allí la banqueta, a cumplir con mucho gusto su deber. El hecho de que Flor cumplía la norma de su amiga sin su presencia, pensó, revelaba un buen sentido de disciplina de su parte y al mismo tiempo traía al ambiente y al espíritu una sensación de informal comodidad, pues uno suele estar descalzo solamente en la intimidad de su hogar.

Se trataba de un apartamento de un dormitorio con la sala decorada con llamativas obras de arte realista y costumbrista; serigrafías elegantemente enmarcadas alusivas a Albizu y a la Revolución Cubana; un conspicuo cartel de la Organización Nacional de Mujeres que con el lema: Starve a rat tonight, les sugería no hacerles cena a sus ratas maridos; una mullida alfombra verde de pared a pared; y cojines a tutiplén de diversas formas, materiales, colores y tamaños. En la sala había, además, una cama de agua cubierta con una sábana roja y en un rincón colgaba una lámpara de higüera decorada con motivos taínos. En otra esquina de la sala esperaban cuatro mesas plegadizas de un amarillo pálido lo suficientemente altas para que pudieran usarlas las personas sentadas en el piso. Mientras tanto, en el dormitorio, alfombrado como la sala, descansaba a sus anchas una cama negra de caoba vestida de blanco con pilares relucientes y un pequeño gavetero al frente del mismo color con un espejo fuera de proporción. Cortinas blancas cubrían las dos ventanas y un radio-reloj vigilaba desde una mesita de noche.

Ella lo invitó a sentarse y a esperarla en lo que se daba un baño y cambiaba la ropa por una bata o un traje que le permitiera sentarse cómodamente.

–Lamento que no tengas esa opción. La de cambiarte de ropa, quiero decir, porque bañarte puedes si lo deseas –le dijo.

–En verdad no me atrae la idea de bañarme y ponerme la misma ropa interior con todo y medias –respondió él–, sobre todo, después de una caminata, pero gracias por la oferta.

Ya ella iba camino del baño y dijo que en eso no podía ayudarle porque en el apartamento sólo había ropa y accesorios de mujer. Entró al baño, donde al parecer se entretuvo hasta que salió envuelta en una toalla que escasamente le cubría el torso y entró rápidamente en la habitación. Allí no se demoró. De inmediato regresó vestida con un traje blanco, con pequeños botones hasta la cintura, desabotonados hasta el área de los pechos. Era ancho, de algodón y translúcido. Le llegaba más arriba de las rodillas, pero el ritmo de su andar lo mecía de tal modo que alternativamente permitía ver cada muslo aún más arriba. Por momentos Víctor no tuvo duda alguna de que debajo del vestuario solamente estaba la escultura de bronce de su cuerpo. Flor caminó con paso firme acompañado por el vaivén del vestuario y se sentó a su lado recostada de cojines contra una pared. Traía un encendedor en la mano derecha y el medio pitillo en la izquierda. Se lo dio junto al mechero y le dijo que lo prendiera. Él lo prendió sin llevarlo a los labios y se lo pasó sin inhalar, pero ella no lo tomó.

–Fuma tú y no te preocupes –le dijo amablemente–, que de donde vino ese hay más. Y ahora, a lo que vinimos: ¿Qué te parece si atacamos los munchies con una ensalada de frutas?

Él estuvo muy de acuerdo y abrió como por instinto una de las mesitas. Ella se levantó ágilmente; fue a la nevera y regresó con un envase grande y frío de cristal, lleno a capacidad de pedazos de frutas y con los necesarios utensilios para dos. Además de ser alimentos sanos y combatir ese apetito voraz que la yerba causa, las frutas ayudan a calmar la característica sed que genera, así que colocaron el envase cuidadosamente sobre la mesita, redujeron el pedacito de tabaco a una diminuta chicharra que sostenían con una pinza para cejas y comenzaron a devorar las frutas como en familia. Ya a él le parecía también que conocía a aquella belleza desde hacía años.

–Tengo la impresión de que no tienes interés en Hostos –le espetó de golpe.

–Tu impresión es correcta, pero solo a medias, porque sí me interesa, pero no tanto como Albizu, Betances o Pachín Marín.

–Creo que lo peor que hizo Hostos fue ponerse a escribir un diario porque el cuadro que pinta de sí mismo es el de una persona sumamente insegura y, al mismo tiempo, ambiciosa y acomodadiza. Sin embargo, no hay que restarle méritos a la labor pedagógica que realizó y a la influencia de su pensamiento, no tanto en Puerto Rico, pero sí en otros lugares de la América Latina.

–Eso es cierto, en lo que a mí respecta, pero… espera, se me fue el hilo… ¿qué te decía?…

–Estamos hablando de Hostos y tú empezaste a decir que estás de acuerdo conmigo, pero… y ahí te detuviste. Ese es uno de los elementos negativos de esto, que interfiere con la memoria.

–Ya sé, ya recuerdo, iba a decir que en lo que a luchar directamente por la independencia de su patria se refiere, mi impresión es que se quedó corto. Y fíjate que digo mi impresión, porque no lo he estudiado y no puedo emitir un juicio o una opinión educada.

–Entiendo. Yo solo estoy en el proceso de conocerlo, tampoco es que lo conozca tan bien. Ha despertado mi interés el que se le diera su nombre a uno de los colegios de la Universidad de la ciudad.

–De todos modos, tampoco conozco tan bien a Albizu ni a Betances y ni siquiera he comenzado a estudiarlos –dijo Víctor cual excusándose–. A Pachín sí lo conozco un poco. Lo que pasa es que los admiro por su patriotismo y su sacrificio, por su modo de ser y de actuar que es tan distinto, eso sí, del de Hostos.

–De eso sí que no hay duda… ¿Prendemos otro?

–Esta es tu casa –le dijo–, procede como quieras. No solo porque sea tu casa, porque hasta en la mía podrías proceder como quisieras.

–Lo tomaré en cuenta –dijo riéndose, se levantó, buscó en la cocina y regresó con un pequeñito y henchido sobre de manila sobre el cual estaba impresa la frase Out to lunch y varios papeles de enrolar con el diseño de la bandera yanqui–. ¿Enrolo yo? –le preguntó al tiempo que se sentaba nuevamente a su lado. Ahora se sentó más cerca y él aspiró, sin proponérselo, el inolvidable aroma de su cuerpo.

–Como dije: Estás en tu casa y puedes hacer lo que quieras.

–¿Y hasta en la tuya podría hacer lo que quisiera? –preguntó mientras trituraba el material con tres dedos de cada manita y miraba a Víctor fijamente con sus ojos melados  buscando en los suyos su reacción.

–Lo que quieras –respondió con el cuidado de hacerlo enfáticamente–. Cuéntame de tu vida aquí –agregó–; creo que me dijiste que después de graduarte de escuela superior en Puerto Rico viniste a estudiar acá.

–No te lo dije, pero así fue… ¿No serás adivino?

–No, no lo soy. Cuéntame.

–No sé por dónde empezar… Es que me queda muy lejano el principio.

Prendió el pitillo y comenzaron a compartirlo.

–Supongo que estuviste activa en la Universidad y en la comunidad.

–En Brooklyn College pertenecí a PRSU, o sea, Puerto Rican Student Union, y de ahí brinqué a los Young Lords, una organización de izquierda que surgió en Chicago inspirada en las enseñanzas de don Pedro.

–Sí, la conocí.

 –Era muy activa –continuó–, pero llegó el momento de plantearme si debía exponerme a nunca graduarme por causa de descuidar los estudios; de convertirme en una estudiante profesional. Tampoco quería, como han hecho muchos, abandonar del todo la lucha por los derechos civiles, por la independencia de Puertorro y  todo lo demás. Concluí que si terminaba mis estudios podría estar en mejor condición de continuar en esas luchas y ser más efectiva y eso hice, pero por mi cuenta, sin pertenecer a una organización. Lo que Mari Bras llamó independentistas realengos.

Con ese comentario se rieron a carcajadas y siguieron sacándole punta al nada de simpático epíteto del abnegado líder independentista, riéndose con mayor intensidad con las ocurrencias que añadían, graciosas o no. En verdad, a aquellas alturas, cualquier comentario podía ser motivo de risas. Finalmente, él dijo que se justificaba perdonarle a Mari Bras un desliz como aquel por su vertical dedicación a la patria. Ella asintió entusiastamente y sorprendió a Víctor cuando en medio de la risa volvió a decirle que si quería podía bañarse. Añadió que podía enjuagar la ropa que se quitara y ponerla a secar sobre el radiador del baño. Entonces optó por preguntarle si estaba tratando de enviarle un mensaje, por lo que ella volvió a reír aún con más ganas y él comenzó a hacerle cosquillas por las costillas a intervalos, mientras le repetía la pregunta. Esto la hacía estremecerse de placer y sus bruscos movimientos hacían que sus montículos quedaran parcialmente expuestos.

–Te voy a complacer –le dijo y se incorporó–. Al menos me darás una toalla –dijo mientras se quitaba la camisa.

–Claro,  y no tendrás que lavarla; cuélgala del tubo de la cortina y deja la camisa acá en el piso –añadió.

Apagó lo que quedaba del cigarrillito, se levantó y lo guardó en la cocina. Buscó una toalla, se la dio, le señaló hacia el baño y se acostó a flotar en la cama. Tardó más en lavar las medias y el pantaloncillo que en bañarse. Colgó la toalla, tendió lo otro sobre el radiador, se secó, se puso el pantalón y salió. Se acercó a ella y le pareció que dormía, con la cascada del cabello dividido sobre hombros y pechos en dos chorros parejos y los muslos casi totalmente expuestos. Por si en efecto dormía, se sentó con cuidado en el piso al lado de la cama de espaldas a ella y permaneció en silencio. Le parecía que traicionaba su confianza y violaba su intimidad si se permitía acariciarla con la vista allí indefensa, vulnerable, casi desnuda. No era lo mismo querer escudriñar su intimidad cuando caminaba; cuando se sentaba y arremangaba la falda entre las piernas; cuando sus pechos casi se salían al estremecerse de la risa; cuando salió del baño cubriéndose escasamente con la toalla; en fin, cuando estaba consciente y alerta. Después de un rato él decidió acostarse en el piso al lado de la cama a esperar que despertara y de pronto ella reanudó la conversación sin cambiar de posición.

–¿Por dónde íbamos? –preguntó al tiempo que trataba de recordar.

–Me contabas de tu vida en Nueva York –le respondió todavía acostado.

–Me gradué de Hunter College con una especialidad en Estudios Puertorriqueños. Regresé a mi casa, a casa de mis padres en Río Piedras, y estudié una Maestría en literatura en la iupi, como ya antes te dije. Ahora ejerzo funciones administrativas en el Departamento de Instrucción. Sigo realenga, pero apoyando directa o indirectamente todas las causas justas.

Entró la noche por la ventana. Víctor se incorporó, buscó su ropa y solamente las medias estaban completamente secas. Se puso los zapatos, y siguió sentado al lado de la cama, esta vez de lado, próximo a sus pies, preparándose mentalmente para marcharse. Como ya ella estaba consciente y alerta no tuvo reparo alguno en volverse lo suficiente para recorrer lentamente su cuerpo de pies a cabeza sin propósito alguno de disimular. Su impresión de que debajo de aquel vestido solo estaba su cuerpo sin cubierta adicional de clase alguna resultó acertada y le causó de inmediato la natural reacción. Quiso neutralizar el placentero efecto de haberse detenido por segundos a contemplar su negra espesura y, para salir del súbito marasmo, en mala hora le preguntó cuándo debía regresar a la isla.

–Mañana  por la tarde –respondió quedamente, como sin deseos de enfrentar esa realidad–. Debo salir de Kennedy en el vuelo de la 1:30.

Se volteó para quedar de frente a ella, se acercó hasta quedar rostro con rostro, y ella continuó narrando lentamente.

–Adelanté mis vacaciones y vine volando para acá porque decidí divorciarme cuando descubrí que mi esposo trabaja de agente encubierto de la Policía desde antes de casarnos. Puesto de otro modo, estaba durmiendo con el enemigo. Él se enfureció y me amenazó de muerte si lo dejaba, pero no me importó y me fui a casa de mis padres. Vine acá para cambiar de ambiente y sosegarme aunque fuese por corto tiempo. Una de sus tareas principales es sembrar dudas dentro de las organizaciones sobre la lealtad de sus miembros, sobre todo, de los más políticamente valiosos.

Tough shit, Flor, porque ahora, encima, es tu deber delatarlo –se apresuró a advertirle–. Traicionar la patria es vergonzoso, pero encima decir de alguien que es un chota o un informante sabiendo que no es verdad es una gran asquerosidad porque apenas hay defensa posible. Es una práctica muy dañina que uno que otro independentista sin escrúpulos no ha tenido reparos en utilizar contra intachables camaradas por meras rencillas personales. Quizás no saben que, al hacerlo, se convierten en colaboradores del enemigo.

–Lo sé. Algunos seguramente lo saben y no les importa. Supe de un supuesto revolucionario allá en la Isla, un vividor de las mujeres que se las da de revolucionario, que difamó así a un amigo suyo y compañero que lo había increpado por su conducta machista y lo había expuesto ante una de sus víctimas.

–En fin, es algo muy serio –recalcó él.

–Soy consciente de la gravedad del asunto, pero ¿no estaría poniéndolo en peligro?

–¿No pone en peligro él nuestra lucha y quién sabe a cuántos luchadores y luchadoras? –respondió Víctor–. ¿Incluso a ti misma?  Es tu deber delatarlo. No tienes break.

–Lo que creo es que sería suficiente que las organizaciones patrióticas supieran que es un encubierto y tomaran precauciones.

–Por eso no te preocupes. Es lo que siempre han hecho las organizaciones patrióticas de Puerto Rico cuando detectan a un infiltra’o: andarse con cuidado y ponerlos a trabajar como burros. Hasta donde sé, los boricuas nunca hemos tomado represalias contra los traidores de la patria gracias a nuestro característico Ay bendito. Nunca, que yo sepa. Así que no pienses que si lo delatas le haces un daño mayor del que merece. Valoro y agradezco mucho tu compañía, compañera, pero ahora debo irme. Acompáñame hasta el ascensor si no tienes inconvenientes.

–Has decidido muy rápido irte y ni siquiera me has dejado tu dirección postal –le dijo mientras con su ayuda salía de la cama.

–Es fácil de recordar: 1789, la toma de La Bastilla, en tu calle, la 149, pero del Este, en tu vecindario.

–Ya me lo grabé –dijo y salió con él hacia el ascensor. Allí, cuando se iba, se despidieron con un fuerte abrazo y besos en las mejillas.

Eran más de las 9 de la noche y la temperatura había comenzado a bajar. Caminó a paso largo hacia el este en la calle 23. Tomó el tren 6 hasta Grand Central, donde cambió al 4 para volver a tomar el 6 en la 125. Llegó y procedió a hervir unas yautías, las que comió con leche. Se bañó con calma y recordó que había dejado el pantaloncillo sobre el radiador. Serían las once cuando se acostó a dormir ansioso por soñar con el aroma de aquella Flor de frondoso y sombroso bosque tropical y dos lomas sobre las que caían los chorros de una negra cascada.

No había conciliado el sueño cuando sonó la chicharra de la puerta. Era muy extraño que alguien llegara a esa hora, a menos que fuera el súper, por haber surgido algo imprevisto, como la rotura de un tubo o por alguna otra razón, como un desbordamiento de agua que estuviera filtrándose hacia otros apartamentos. Prendió luces y se levantó preocupado a investigar. Afortunadamente no se trataba de eso, así que apagó las luces y volvió a la cama. No bien se hubo acostado la dichosa chicharra emitió un sonido más sostenido. Pensó que si no contestaba podría seguir sonando y optó por volver a investigar. Prendió la lamparita de al lado de la cama, se levantó, se puso un pantalón y fue a mirar a través del orificio que hay en las puertas con un vidrio de aumento para ese fin. Vio a alguien a quien no pudo reconocer, quizás porque el vidrio distorsiona la imagen. En ese preciso momento la persona volvió a tocar la chicharra y la sostuvo aún más tiempo. Abrió malhumorado y estaba allí, mirándolo con las manos en los bolsillos de un abrigo carmesí de primavera y una boina negra, quien menos esperaba.

–Anda… Flor –fue lo único que pudo decir.

–No me diste el número del apartamento. Lo supe por el buzón. ¿Puedo entrar?

–Por supuesto –respondió sin salir del asombro.

Entró y, todavía de pie, se quitó los zapatos. Caminó despacio, todavía con las manos en los bolsillos del abrigo. Víctor cerró la puerta y siguió tras ella. Se quitó la boina y el abrigo todavía caminando. Se los dio y él los enganchó.

–¿Estabas bien dormido, verdad? –preguntó y se sentó en la cama.

–No, pero no esperaba visitas.

– Vine porque te marchaste repentinamente y me pareció que fue por lo último que te conté… porque soy una mujer casada –explicó.

–Veo que nuestros procesos mentales son muy parecidos  –comentó él y se sentó a su lado.

–En principio no te culpo, pero mira la situación desde el punto de vista de que mi cónyuge es un traidor de la patria. No es un compañero y ni siquiera alguien a quien uno pudiera ver como un compatriota. Es un… Mejor me callo.

–Sí, estoy totalmente de acuerdo hasta con lo que te abstienes de decir –comentó y agregó–: No quiero enviarte un mensaje, pero puedes bañarte si lo deseas, enjuagar la ropa que te quites y ponerla a secar sobre el radiador del baño porque aquí solamente hay ropa y accesorios de hombre. A propósito, olvidé algo en tu baño, sobre el radiador.

–Aquí te lo traigo –dijo y lo sacó de la cartera–. ¿Me buscas una toalla?

Buscó una, se la dio y la condujo hacia la puerta del baño. Cuando ella entró, él fue hacia la cama, se quitó el pantalón y se acostó. Ella demoró mucho menos que en su casa y vino hacia la cama, su torso apenas rodeado por la toalla, la cual resultó ser más pequeña que la suya.

–¿Apago la luz?– le preguntó desde la cama.

–Estás en tu casa y puedes hacer lo que quieras –respondió mientras se acercaba,  el faro como norte, a paso lento, como felina en acecho–; y si recuerdas bien, yo también puedo hacer en tu casa lo que quiera –añadió.

–Quisiera que cancelaras el vuelo –le propuso.

–¿Vuelo? ¿Qué vuelo? –respondió vivaz, como sorprendida. Se quitó la toalla a medio camino y la tiró al azar; llegó a la cama y apagó la luz. #