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ENTREVISTA con el escritor Pedro Aponte Vázquez

Por Wenceslao Marín Shaw

Si todos supieran que la puntualidad en los compromisos es en el entrevistado una de esas características que solemos denominar “manías”, no tendría que decir que llegué puntualmente a mi cita en su casa aquella calurosa tarde de septiembre. Él se había ocupado de advertírmelo con una concisa anécdota: Una noche fue a sostener una charla con vecinos de Aguas Buenas. La misma estaba anunciada para comenzar a las 7 de la noche y la comenzó precisamente a esa hora. Debido a la costumbre nuestra de convocar para una hora a sabiendas de que se comenzará alrededor de una hora más tarde, cuando la charla terminó y ya él salía del edificio, seguían llegando personas.

Motivó la entrevista el hecho de que Los libros de la Iguana, una dinámica editorial nativa que opera sin fines de lucro, lo incluyó entre cincuenta autores de cuentos en una antología de reciente publicación titulada Cuentos puertorriqueños en el nuevo milenio. Aunque ya había leído y disfrutado algunos cuentos suyos, sabía que la ficción no era parte de su formación; que su preferencia ha sido siempre la búsqueda y divulgación de datos pertinentes a la vida y muerte del prócer Pedro Albizu Campos y al ya notorio caso Rhoads; en fin, que por décadas se ha dedicado a la exposición desnuda de la realidad: directa y sin adornos, de espaldas a lo ficticio. Por eso quise averiguar más; quise saber sobre las causas de ese brusco cambio de actitud ante la ficción y, de paso, algunos detalles más.
―Es probable que entreviste a otros autores que aparecen en la antología y comienzo con usted porque es uno de los pocos que conozco personalmente y, sobre todo, sin duda es el que conozco mejor.
―A eso le llaman, en ventas, acudir al green grass.
―Ya que lo menciona, me recuerda que en una época usted fue vendedor; fue agente de seguros de vida.
―Así es. Fui agente de seguros, pero no de una entidad capitalista y extranjera, sino de la Cooperativa de Seguros de Vida de Puerto Rico de la cual el gerente general me botó como bolsa al cabo de dos años.
―No conocía ese detalle.
―Pues así fue. El gerente general me rescindió el contrato porque defendí al gerente de ventas, a quien él comenzó a hostigar luego de enterarse de que era independentista. Pero antes de tener efecto la expulsión le hice un piquete. Fue un piquete solitario porque ningún otro agente se sintió… digamos: motivado a participar. Coloqué dos cartelones en un palo: anverso y reverso, de modo que, mientras caminaba por la acera al frente del edificio, siempre estaba visible una consigna para cada lado. Una era: “Junta de Directores y Contralor, Sellos de Goma del Administrador”. No recuerdo la otra.
―He visto que sirvió en la Fuerza Aérea en su juventud.
― Sí. En febrero de 1956 ingresé voluntariamente en la Fuerza Aérea yanqui sin haber terminado siquiera la escuela superior contrario a la orientación que había recibido de mi hermano mayor, quien había sido teniente del ejército y había optado por la vida civil a pesar de tener la distinción de “RA” o “Regular Army Officer”. Me aseguró que sería mucho más difícil la vida militar para mí sin entraba como recluta en lugar de esperar a graduarme de la Universidad y entrar como oficial. Mencionó su propio ejemplo, que a pesar de ser oficial con la oportunidad de ascender sistemáticamente, había optado por la vida civil. Pero el caso es que me faltaba año y medio para siquiera terminar la escuela superior y ya las clases me aburrían. Para esos días prefería quedarme en casa estudiando lo que me interesaba. Por la influencia de mi amigo Jaime Vélez Estrada, quien estudiaba Humanidades en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, me interesé en la filosofía y leí El criterio, de Jaime Balmes, además de Demócrates Segundo: O sobre la justas causas de la guerra contra los indios de Juan Ginés de Sepúlveda. Como siempre me gustaron las matemáticas, hacía y resolvía complejos problemas de álgebra. Le agradecí la orientación, por supuesto, pero ya no me atraía la escuela y como no soportaba el curso de historia general, me fui. Aunque de primera intención, no más iniciado el adiestramiento básico me arrepentí, unos años después me alegré de haberlo hecho. ¿Qué querías saber de mi entremetimiento en el campo de la ficción? ¿Esa es la agenda, no?
―Si, pero por supuesto que quiero saber por qué se alegró de haber mantenido su decisión.
―Debes suponer que fue mucho lo que aprendí, pues tenía menos de 17 años de edad en febrero de 1956, cuando entré. Recién cumplidos los 17 estaba desembarcando en Bremerhaven, en Alemania, luego de una travesía desde Nueva York. Creo que duró nueve días, pero me pareció infinita, hasta hacer escala por unas horas en Inglaterra. Había que hacer guardias de cuatro horas por las noches en altamar ―supuse que por aquello de constantemente inculcar la disciplina militar― y me pareció interesante encontrarse uno sobre cubierta pasada la medianoche, inmerso en total oscuridad. Solamente me tocó hacer guardia una noche conjuntamente con un mexicano, pero rompiendo noche de 12 de la medianoche a 4 de la mañana. Como sabíamos que aquello era como un juego y seguros de que nos habían reservado el peor turno por ser hispanos, acordamos dividirnos la vigilancia equitativamente, más como simbólico desquite que como alivio para la trasnochá’. A las 2 lo desperté, dormí en la cubierta hasta las 4 y en vano traté de seguir durmiendo después en mi litera. En Alemania nos montaron, no sé a cuántos, en un tren hacia París y de allí fui a parar a la base militar de Bordeaux en Merignac. El militar viaja con unos papeles llamados “órdenes” donde se le informa medio en clave con siglas y palabras mutiladas, lo que ha de hacer, cuándo ha de hacerlo y a qué hora. En una de las paradas que hizo ese tren compré por una ventana una botella de cerveza, para mi sorpresa, caliente. Desgraciadamente, estuve solamente 17 meses en Francia porque, según rumores, Charles De Gaulle no quería militares yanquis en su país, por lo que optó por echarlos de allí y recuperar el control de la base. La versión oficial era que Estados Unidos se iba de la base para economizar.
―Supongo que aprendió francés…
―Había empezado a estudiar italiano por mi cuenta por su gran parecido con el español, pero en el barco repartían unos opúsculos para aprender diferentes idiomas europeos y, como iba para Francia, empecé a estudiar el francés. Ya establecido, hice amistad con los civiles franceses y españoles que trabajaban en la base, sobre todo, los obreros y los operadores de la “Cantina francesa”, la cafetería donde los civiles disponían de sus comidas y bebidas favoritas. En ese ámbito aprendí algo del francés con ellos. Otro recurso para aprender el idioma fue la lectura de noticias en los periódicos Le Monde y Le Figaro acompañado del Petit Larouse. Además, aprendí mucho con una amiga francesa, Claude Barthélémey quien sabía inglés y hablaba el español con fluidez. Cuando llegué a Francia, a mediados de 1956, estaba en todo su apogeo la lucha de independencia de Argelia y en algún momento noté la existencia de una campaña de boicot de los argelinos a los comercios franceses. Las autoridades militares yanquis empeñadas en procurar la seguridad de sus tropas, les prohibieron visitar establecimientos en ciertos vecindarios donde vivían argelinos, lugares que declararon off limits. Como al cabo de unas pocas semanas podía comunicarme en francés con no mucha dificultad, esos eran entonces los lugares a los que más deseaba acudir, precisamente porque uno no se encontraba con yanquis. Convencí de eso a un amigo de apellido Daniels, de la provincia de Nueva Jersey, veterano de la llamada Segunda Guerra Mundial. Sería unos diez años mayor que yo y era lo que ahora denominan afroamericano. Una noche que compartíamos tranquilamente en una de esas barras, vimos entrar lentamente a dos policías militares yanquis. Habíamos acordado que si eso sucedía comenzaríamos de inmediato a hablar francés, pues él sabía suficientes frases aprendidas en Francia poco más de una década antes, y así lo hicimos. Los policías militares caminaron con su característica arrogancia, mirando a un lado y el otro entre los presentes, hasta que se marcharon. Por supuesto, celebramos su partida con alegres carcajadas y la jubilosa solidaridad de los argelinos. Unos meses después llegó el momento de prepararme para regresar a Estados Unidos para luego de un mes de vacaciones en Puerto Rico reportarme a la base aérea Patrick en Cocoa Beach, Florida.
―Ya hemos tocado algo de su trasfondo. Entrando ahora en el tema de la literatura, ¿qué es un escritor?
―Permíteme agregar que a la edad de seis años vi a un vecino pasar corriendo calle abajo, desbocado, por enfrente de mi casa enarbolando una bandera yanqui, un espectáculo que me causó una desagradable impresión que perdura. Le pregunté a mi mamá por qué lo hacía y me dijo que estaba celebrando que había terminado la llamada Segunda Guerra Mundial.
―Como esta entrevista es para sobre ella escribir un artículo de fondo, no importa desviarse uno un poco aquí y allá, pero volvamos a mi pregunta de “qué es un escritor” y luego me dice por qué optó por el campo de las ventas y, sobre todo, de algo intangible como lo es el seguro de vida.
―A la pregunta de qué es un escritor, solamente puedo decirte que lo es quienquiera que dedica tiempo y esfuerzo a realizar una obra por medio de grafías con el fin de divulgarla. Es lo mismo que preguntar qué es un artesano, una pintora, un músico, una traductora, un columnista, una poeta: solamente el medio varía. En uno y otro caso, varía, además, el grado de aceptación de parte del público al que la obra va dirigida, pero no deja de serlo por razón de recibir una pobre aceptación.
―¿Cuál es, en general, la función del escritor o escritora, si es que tiene alguna función? y, de tenerla, ¿se la asigna la sociedad?
―No sé qué decirte sobre la función en general del escritor o escritora y si se la asigna o no la sociedad. Lo que puedo decir es que quien siente la compulsión innata de escribir para divulgar y nace y vive en una nación que ha sido invadida y ocupada militarmente tiene el deber de encomendarse a sí mismo el usar la palabra escrita como instrumento de lucha contra las fuerzas invasoras. La sociedad en general, por su parte, así como sectores de la intelectualidad y los lacayos del opresor, alegarán que la literatura, o sea, lo que los escritores producen, debe tener de finalidad el mero cultivo del espíritu y algo de entretenimiento en el que ocupar el ocio. Sobre la pregunta anterior que quedó en el aire sobre qué me llevó a optar por el campo de las ventas… mi primer empleo al graduarme de Ciencias Sociales de la Universidad de Puerto Rico fue en la división de clasificación y retribución de la Oficina de Personal del gobierno central, el edificio de la cual estaba contiguo a La Fortaleza. Eso fue en agosto de 1963. El año siguiente me arrimé al PIP durante la campaña electoral, de lo que me alegro porque tuve la oportunidad de compartir con don Gilberto Concepción de Gracia en mítines y otras actividades e incluso en su residencia en la calle Bouret de la parada 26 en Santurce. Ese año no sólo asistí a los educativos mítines y cine-mítines del PIP, sino que llegué a hablar en la tribuna en mi pueblo natal de Gurabo en presencia de mi abuelo materno. Por supuesto, aunque era empleado público, adopté como muchos otros compatriotas la costumbre de llevar un alfiler de nuestra bandera en la solapa del gabán. Eso se puso de moda entre líderes del Partido Popular décadas después, pero en aquella época era un sacrilegio. Por consiguiente, fui objeto de persecución en el empleo, por lo que renuncié y opté por la libertad que disfruta quien se dedica a la venta directa, con todas sus onerosas complicaciones.
―Pues bien, vamos al meollo: ¿qué es lo que hace que una persona que se ha dedicado a narrar documentadamente episodios de nuestra Historia basado en gran medida en fuentes primarias, se convierta súbitamente en narrador de ficción?
―Entre quienes lo han hecho, cada cual tendrá su explicación. Ahora bien, comienzo con aclarar que en mi caso no se trata de un cambio brusco. Aunque, como bien has dicho, me dediqué durante décadas a la investigación histórica, en el transcurso de esos años me atreví a tocar la ficción al menos con un palo largo, si bien fue esporádicamente. Durante esos años resistí la insistencia de buenas amistades que me instaban a abordar la ficción así como hubo familiares que querían verme totalmente desvinculado del tema que me ha apasionado y que todavía me apasiona; el asunto al cual me he dedicado como periodista independiente y al que me he dedicado recientemente aun en el campo de la ficción. Comencé en Nueva York cuando, desempleado, pude dedicar tiempo a observar con paciencia de felino. En los edificios viejos de la ciudad suelen abundar unas cucarachitas con una gran capacidad de desplazamiento a alta velocidad. Salen de noche a buscar agua y alimentos y desaparecen rápidamente en todas direcciones si de pronto se ilumina el sitio donde están. Una mañana noté que algunas se habían quedado adheridas al pegamento de un pedazo de cinta adhesiva y luchaban por liberarse. Eso me sugirió que, ya que la cinta adhesiva las atraía, era un mejor método para combatirlas que el uso de insecticidas así que comencé a colocar pedazos de esa cinta en lugares estratégicos. De ese modo las combatí, pero además, me cercioré de que luchan por la libertad hasta la muerte. Entonces escribí lo que los intelectuales quizás denominarían un “microcuento”.
―En “Flor de la mañana”, el cuento suyo que el escritor Reynaldo Marcos Padua seleccionó para la antología, es evidente esa especie de simbiosis literaria en la que la historiografía, la ficción, la ideología y hasta la pedagogía se nutren sutilmente a través de un hilo conductor que surge del erotismo para estar presente de principio a fin. Es forzoso preguntar entonces ¿cuán autobiográfico es ese cuento?
―¿Y qué importancia tiene eso para efectos del expresado motivo de tu entrevista?
―Es que los periodistas siempre procuramos anticipar lo que nuestros lectores probablemente querrán saber aparte de lo que sea el propósito inicial o primordial de una entrevista.
―Sólo te digo que ya me lo han preguntado y que el cuento es más autobiográfico de lo que me interesa admitir. Sin embargo, en lo que a mi criterio respecta, lo relevante es el hecho de que opté por recurrir a la ficción porque me convencí de que es un medio más que tengo a mi disposición para aportar a nuestra centenaria lucha por la recuperación de nuestra soberanía nacional. Quienes creamos realidades por medio de la narración deliberada de falsedades imaginadas nos nutrimos en primer lugar de nuestras propias verídicas vivencias ―o al menos es lógico pensar que es así―; luego agregamos las ajenas y finalmente esculpimos otras a nuestro antojo con “permiso literario” (entre comillas) sobre la a veces resistente piedra de la imaginación. Uno de los aspectos divertidos de ese proceso es el hecho de que al otro lado, el lector o la lectora, según sea el caso, siente curiosidad por saber lo mismo que me has preguntado y ha de conformarse con usar su propia imaginación si no se dispone a averiguarlo. Con mis cuentos y con mi novela no he querido crear literatura en la medida en la que se entiende “literatura” como el modo de narrar asuntos sencillos del modo más detallado y sinuoso posible. Lo que he querido hacer es sacudir y despertar conciencias aletargadas por el coloniaje del modo más inteligible posible, sin adherirme a directrices ni colocarme gríngolas, aunque las narraciones no resulten del agrado de críticos y comentaristas literarios, ya sean de oficio o aficionados; respetables o chabacanos.
―Supongo que, a pesar de eso, ha tenido alguna influencia de otros autores.
―Sí, pero afortunadamente, de un puñado y muy poco, porque no me he dedicado a leer ficción ni a estudiar literatura. Quizás quien más han influido en mí en ese aspecto, el de escribir en general, ha sido René Marqués, con quien tuve el privilegio de compartir en total informalidad. Notarás que René, aunque se destacó en la ficción, cultivó con dedicación el ensayo, que es decir, la redacción de argumentos concatenados de tal modo que sostengan con firmeza el más pesado andamiaje verbal en defensa de una fundamental afirmación. Además, hizo eficaz uso del artículo periodístico. Otro escritor que influyó, conocido más en el cerrado círculo de la Academia, fue Jaime Vélez Estrada, un amigo de la infancia, apasionado estudioso de la filosofía y poeta, de quien en gran medida siempre admiré su estricto y cariñoso manejo de los idiomas. Le decía René, convencido de que Jaime había dejado a un lado la poesía por la filosofía, que “el filósofo mató al poeta”.
―¿Qué aspectos de sus propias vivencias han influido más en sus narraciones?
―La persecución política. La historiografía y las artes en nuestro país le deben mucho a la persecución política. Pero hay un dato curioso: Albizu dijo, y no estoy citándolo textualmente, que se dedicaba a la política porque había nacido en un país al que le habían arrebatado su soberanía, pero que de haber nacido en una nación soberana estaría dedicándose ―y ahora lo cito―: “a las artes y a las ciencias”. Lo curioso aquí es lo de las artes. Albizu no vio el arte como un instrumento de combate más en su diverso arsenal, sino, por el contrario, como un medio para remansarse y disfrutar a plenitud de la libertad ―lo que nunca pudo hacer.
―A propósito, por lo que he leído en el libro Voces pro independencia, de Jean Zwickle, usted no viene de una familia que pudiéramos describir como independentista, ¿a qué atribuye su extraordinaria admiración por Albizu?
―Si bien es cierto que no vengo de una familia independentista, mi abuelo materno, Juan Vázquez Bernabé, sí lo fue y desde niño supe que él lo era. No obstante, mis sentimientos pro independencia de mi patria me los transmitió mi mamá, aunque creo que no lo hizo conscientemente. Cuando ella me sentaba en su regazo para leer el periódico El Mundo, me mencionaba las noticias sobre el arresto y encarcelación de Mahatma Gandhi y me mostraba las impactantes fotografías. No obstante, creo que su propósito era que me identificara con la indignación que ella sentía ante la injusticia. Eso lo colijo de todos sus comentarios a lo largo de su vida hasta que la postró el mal de Alzheimer. La combinación de esa vivencia con la de escuchar en la radio aquel programa dedicado a las “industrias nativas”, con su despliegue de danzas y otros géneros musicales nuestros, fue lo que me hizo amante incondicional de la patria. Me gustaría pensar que ella tuvo eso en su agenda, pero no creo que haya sido ese el caso.
―En realidad parece convencido de eso.
―Claro, porque cuando nací, ya mi papá llevaba cinco años en la Policía y ella tenía que saber que había ahí una seria contradicción. Si no, ¿por qué me habló de Gandhi y no de Albizu?
―¿Cómo influyó en usted el hecho de que su papá fuera agente de la Policía?
―No influyó, excepto por el hecho de que siempre ejerció su trabajo profesionalmente, con sentido de equidad y honestidad, por lo que constituyó un buen ejemplo de integridad. Mi papá imponía en el hogar una estricta disciplina, la misma que en general está haciendo falta hoy día en muchísimos hogares. Lo malo era que yo no era, ni soy, inclinado a que se me restringiera ni a que me impusieran modos de pensar ni de actuar. Es más, estando en Francia en la Fuerza Aérea me dejaba el pelo largo y patillas largas. Un sargento mayor irlandés solía recordarme que no estaba “en el ejército de Pancho Villa” y, como yo decía como Pata’e Palo: “por ahí me las den to’as”, un día me llevó a que me recortaran y me esperó. Aunque ya me había emancipado cuando me acerqué al PIP y llevaba el alfiler de mi bandera en la solapa del gabán, mi papá me presionaba infructuosamente para que desistiera y no me involucrara en activismo político porque me exponía a perder mi empleo. Esa pugna duró muchos años, pero curiosamente, ya en su vejez, creo que llegando a la edad que tengo ahora, su visión fue cambiando según fue viendo con evidente indignación, una a una, las vistas televisadas de la investigación de los asesinatos que cometieron varios policías en el cerro Maravilla. Para entonces comenzó a admirar abiertamente al compañero Juan Mari Bras y se identificó con las víctimas. Creo que mi mamá admiró a Mari discretamente todo el tiempo.
―¿Se ha arrepentido de haber servido en la fuerza aérea del enemigo?
―Claro que no, sobre todo después de enterarme de que Albizu había servido en el ejército yanqui y que lo hizo también voluntariamente. Pero deja que amplíe un poco lo de la influencia de mi padre, porque se refleja en mi cuento “El teniente y el capitán” e, indirectamente, en el único drama que he escrito. Uno de sus principios inviolables como agente de la Policía era el de no aceptar invitaciones a francachelas a las que los alcaldes solían ―y quizás suelen― invitar a los oficiales de la Policía, en particular cuando era Teniente y comandaba algún distrito policial. Ese repudio de la corrupción o de lo que siquiera lo pareciera se entronizó en mi hogar y dio lugar a que en Nueva York renunciara al puesto de Relaciones con la Comunidad que ocupé en el Foro Nacional Puertorriqueño. Ante la imposibilidad de que El Diario-La Prensa publicara lo que ocurría allí, opté por escribir un drama bilingüe en dos actos que titulé Park Avenue South. Por cierto, había substituido al compañero Antonio Gil de La Madrid en El Diario-La Prensa por recomendación expresa suya al momento de su jubilación y al cabo del primer mes, si recuerdo bien, me botaron como bolsa luego que el notorio exiliado cubano Manuel de dios Unanue me vinculó con el movimiento independentista de Puerto Rico. Volviendo a las vivencias, aunque en un régimen militar no puede irle bien a quien, como te dije, no le gusta que lo restrinjan ni le digan cómo conducirse, mis problemas allí se debieron primordialmente a mi reacción contra el racismo del cual fui objeto. El servicio militar me proveyó la oportunidad de vivir el racismo yanqui en carne propia durante el adiestramiento básico; mientras viajé por las provincias del sur de la nación desde San Antonio, Texas a Alexandria, Virginia; en la base misma en Francia; y todo el tiempo que pasé en la base aérea Patrick en Cocoa Beach, Florida. Por supuesto, pude conocer mejor al yanqui y su modo de pensar y de actuar, lo que le habría venido bien a los generales argentinos ante la breve guerra de Las Malvinas.
―¿A qué se refiere específicamente?
―Me refiero específicamente a que los generales argentinos, debido quizás a que habían sido aprovechados discípulos de los militares yanquis en materia de represión y tortura en la notoria Escuela de Las Américas, no contaron con que sus mentores habrían de proveerle valiosos detalles de espionaje militar al Gobierno inglés, lo que cualquiera que conociera siquiera un poco a los yanquis habría podido dar por sentado que ocurriría. A propósito, Judy y yo vivíamos entonces en Queens, en Nueva York, y a tenor con una campaña que hubo entonces, nos inscribimos para donar sangre en caso de que fuera necesaria para los combatientes argentinos en el curso de la guerra.
―¿Cuál es ese cuento que escribió basado en un tiroteo en el que estuvo involucrado su papá?
―Ese es “El teniente y el capitán”, pero además, refleja la conducta que te dije que él observaba; su firme y constante rechazo de invitaciones de políticos para las bebelatas, lo que a su vez lo hacía antipático para ellos y para los oficiales de igual y más alto rango que sí las aprovechaban para convertirse en tontos útiles.
―¿Hubo otras razones por las cuales no se arrepiente de haber servido en las fuerzas armadas de Estados Unidos además del hecho de que Albizu también lo hizo?
―Sí, claro, no es tan sólo el que Albizu también lo hizo, sino que él lo vio como una oportunidad de un Pueblo prepararse militarmente para enfrentar a un enemigo. Fíjate que si el Regimiento 65 de Infantería hubiera sido más bien un ejército puertorriqueño, podría decirse que Puerto Rico tuvo una fuerza armada capaz de enfrentar al ejército invasor yanqui en una guerra convencional y derrotarlo. Eso quedó demostrado más de una vez, no sólo en los ejercicios en Vieques, sino en el auténtico teatro de guerra en Corea, cuando rescató a tropas de la Infantería de Marina yanqui a las que su enemigo tenía acorraladas. Puerto Rico llegó a tener miles de soldados distribuidos en múltiples niveles en la jerarquía no sólo con adiestramiento y teoría en estrategias y tácticas militares, sino con experiencia directa en los más rigurosos combates en condiciones climáticas extremas, en artillería e infantería y en combate aéreo y naval. Lo menos que se podía adquirir de ingresar en las fuerzas armadas enemigas era disciplina militar, una disciplina que era factible transferir al ámbito civil y ponerla en práctica en nuestras luchas de liberación nacional. Ahora bien, las otras razones para no arrepentirme las mencioné a grandes rasgos. Esas razones fueron el estar expuesto a la sociedad yanqui; a interactuar con miembros de esa sociedad de una gran diversidad de trasfondos étnicos y sociales. Supe por mí mismo lo que era la separación de la gente por razones de raza: negros y blancos separados en lugares públicos, en guaguas, en escuelas, en restaurantes, hasta en las fuerzas armadas. A principios de 1956 vi fuentes de agua separadas en una plaza de recreo en San Antonio, Texas. El mismo día, en esa misma ciudad, varios compatriotas abandonamos un restaurante donde se negaron a servirle a uno de los nuestros por ser negro. Por otra parte, todos, incluso él, nos sentamos en los asientos de enfrente en una guagua y sin consecuencia negativa alguna nos mofamos de los letreros que anunciaban dónde debían sentarse los pasajeros según su raza. En el poblado de Cocoa en la Florida entramos un grupo de boricuas, todos militares, pero vestidos de civil, a una barra en el sector residencial de los negros donde sabíamos que frecuentaban amistades negras, separado del sector de los blancos por la vía ferroviaria. No habían transcurrido más de unos diez minutos cuando entraron dos agentes negros de la Policía. Nos dijeron cortésmente que no podíamos estar allí porque era un sector de negros. Un compatriota que se había criado en la ciudad de Nueva York y manejaba el inglés mejor que los otros, se ocupó de hacerles ver a los agentes que éramos puertorriqueños y que en nuestra cultura no existe la separación legalizada de la gente por su trasfondo racial, etcétera. Los agentes aceptaron sus planteamientos y nos permitieron permanecer en el lugar para regocijo de todos los presentes, sobre todo, del nuestro. Me adelanto a recalcar que no he dicho que no existe el prejuicio racial en Puerto Rico.
―Para terminar, don Pedro, hay un cuento que me ha intrigado particularmente porque en realidad es enigmático desde el título hasta el final y es “El día antes”.
―(Ríe). No, Wence, “don Pedro” es Albizu; yo soy “Pedro”. Lo que pasa con esa narración es que es el mejor ejemplo de uno de mis propósitos: el de provocar la investigación; el de entusiasmar a quienes lo lean a querer, precisamente, resolver el enigma y eso solamente se consigue hurgando en el pasado; en la historia. Las personas que conozcan la microhistoria a la que el cuento alude, sabrán de qué se trata. “El día antes” demuestra que soy capaz de escribir tramas complejas, sinuosas y enigmáticas. Es todo lo contrario de “La hacienda”, donde mi intención es sacudir con fuerza a quienes lo lean y para ello les pongo de frente y claramente toda la información que a mi juicio hará que se sientan profundamente los insultos que les lanza el invasor. Claro está, el crítico que vive encajonado (y cuidado, que dije encAjonado) dentro de unos esquemas aprendidos en la Academia, los cuales considera por el hecho mismo que son irrompibles, inviolables, inmodificables; el que, además, parte de la insostenible premisa de que todo lo escrito va dirigido exclusivamente al gusto de su especie, encuentra desagradable al paladar intelectual una narración directa que se codea con el artículo de fondo. Un relato de esa naturaleza le sabe mal porque carece de complejidad, no es sinuoso, intrincado, misterioso, casi indescifrable; pero eso no es mi problema, sino el suyo.
―Le agradezco el tiempo que me ha dedicado y el que haya compartido tan interesantes vivencias conmigo y con los lectores de El Postillón en su nuevo viaje. Le aseguro que habré de meditar mucho sobre sus convicciones. #