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ASÍ FUE COMO PASÓ

El 6 de noviembre de 1950, la Policía de Puerto Rico arresta a Albizu y lo detiene en confinamiento solitario en el cuartel general de la Policía como consecuencia de la rebelión armada del Partido Nacionalista y seis días después se le traslada a la cárcel La Princesa, en el viejo San Juan, donde originalmente se le recluye también en solitaria. La rebelión fue provocada por los arrestos masivos de Nacionalistas y otros independentistas en toda la isla como lo disponía un plan del gobierno de Estados Unidos cuyo fin era evitar que Albizu y su partido entorpecieran con su prédica abstencionista el objetivo ulterior del partido de gobierno (Partido Popular Democrático) de lograr la aprobación en las urnas electorales del status llamado “estado libre asociado”. Sobre este plan, del cual el Partido Nacionalista ya tenía conocimiento, ha dicho la organización Americans for Puerto Rico’s Independence:

“Para poder participar en la consulta especial mediante la cual el Pueblo de Puerto Rico ejercería su autodeterminación para aceptar o rechazar la oportunidad de redactar una Constitución que cubra aquellos aspectos de gobierno local (sic) autorizados por el Congreso, se les requiere inscribirse expresamente para la misma. La fecha para esta consulta especial fue fijada para el primer fin de semana de noviembre de 1950. Unos días antes, sin embargo, el gobierno inició una nueva serie de arrestos de miembros del Partido Nacionalista de Puerto Rico y ese partido respondió con una revolución en toda la isla. El Partido Nacionalista había esperado que este ataque ocurriera en cualquier momento durante los seis meses anteriores, desde la visita a Puerto Rico de Louis Johnson, secretario de defensa del presidente [Harry S.] Truman, a fines de abril. Don Pedro Albizu Campos —quien había regresado a Puerto Rico en diciembre de 1947 y había seguido abogando por la no cooperación con el gobierno de Estados Unidos en Puerto Rico y por acción inmediata para alcanzar la independencia—, había recibido informes de que el viaje del secretario Johnson tenía el propósito de impartir órdenes al comando militar en Puerto Rico de que —a través de instrucciones que el gobernador Luis Muñoz Marín le transmitiría a la Policía de Puerto Rico—, el Partido Nacionalista habría de ser liquidado y sus líderes encarcelados; en caso de que resultara difícil o imposible arrestar a los líderes, estos serían asesinados”.

El gobierno de Estados Unidos en Puerto Rico había comprobado ya la eficacia de un plan de esa naturaleza a fines del año de 1935, cuando desató una ola de arrestos de Nacionalistas que culminaron con la muerte del jefe de la Policía, coronel E. Francis Riggs, el asesinato de los comandos que lo ajusticiaron, Hiram Rosado y Elías Beauchamp, y el encarcelamiento de Albizu y otros líderes del Partido Nacionalista en el año de 1936.

El 25 de octubre de 1935, al día siguiente de lo que ha sido denominado la Masacre de Río Piedras, Riggs le había declarado la guerra al Partido Nacionalista cuando, según informó el diario La Democracia, dijo que: “Nadie tiene derecho —a menos que [esté] legalmente autorizado—, a portar un arma prohibida. Si hay alguien que persista en ese delito, yo me adelanto a informar que habrá guerra, guerra sin cesar, no contra políticos, sino guerra contra criminales. Quien se niega a dejarse conducir arrestado por un agente del orden público es un criminal y un salvaje”.

A la declaración de guerra del militar norteamericano, Albizu respondió que el partido “recoge el guante” y que en efecto habría “guerra, guerra y guerra contra los yankis”.

Resultaba obvio, pues, para el gobierno de ocupación, que aquel patriota que desde sus tiempos de estudiante había rechazado las ofertas de empleo que le hizo el régimen, se había convertido ya en peligroso enemigo cuya conciencia no estaba a la venta. De hecho, en el año de 1932 Albizu ya había dicho que “el honor no está en el mercado a ningún precio.” Al ver que era imposible amedrentarlo o sobornarlo, el Gobierno de Estados Unidos lo sentenció a muerte.

Pedro Aponte Vázquez
San Juan de Puerto Rico