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BREVE CARTA AL PADRE DE LA PATRIA BORINQUEÑA

Hace unas noches, durante el más reciente apagón general, medité en torno a la nueva situación que nos plantea la imposición de lo que llaman la Junta de Control Fiscal, la que para otros es sólo de “Supervisión” fiscal. El improvisado embeleco no es otra cosa que una agencia federal de cobro que el poder interventor ha colocado sobre la administración colonial que hace las veces de gobierno propio. Sin embargo, según dudables encuestas, esa dictadura tiene el creciente apoyo de la mayoría de quienes serán sus víctimas. Por supuesto, vino a mi mente el doctor Ramón Emeterio Betances y finalmente decidí enviarle por conducto del semanario Claridad la carta cuyo contenido reproduzco a continuación. Si, además de hacérsela llegar, Claridad la publica, entonces es forzoso concluir que todavía podemos albergar esperanzas. He aquí la carta:

Estimado doctor Betances,

Cuentan los historiadores y muchos que no lo somos repetimos, que estando muy enfermo, a apenas días de iniciada la invasión militar de nuestra patria borinqueña por fuerzas armadas estadounidenses, usted hizo angustiado la siguiente pregunta que creo ha permanecido sin adecuada respuesta: “¿Qué hacen los puertorriqueños que no se rebelan?” Creo que usted volvería a hacer su pregunta, obviamente nacida de profunda frustración, en el presente momento histórico.

Clama por respuesta su pregunta hoy día con igual angustia ante el hecho escandaloso de que aquel mismo gobierno recién ha tomado tranquilamente la iniciativa de despojarse de los mínimos visos de democracia con los que, para propio beneficio, ha estado pavoneándose ante el mundo. Se nos ha revelado, tanto ante nosotros como ante la comunidad internacional, completamente al desnudo. Se nos presenta el tirano rebosante de poder; altanero; con su característica arrogancia de imperio avasallador; hasta con espectaculares acrobacias aéreas sobre la capital; en fin, como el abusivo poder dictatorial que todo el tiempo fue y sigue siéndolo.

Pero volvamos a su histórica pregunta. Dicen algunos de esos historiadores y uno que otro los desdicen, que hubo cuando menos un fuerte afán de resistencia armada por parte de civiles en el ‘98 al margen de la que, por orgullo y disciplina, presentó el ejército del anterior invasor en defensa de su colonia. Se destacó entonces entre los civiles el boricua José Maldonado, (“Águila Blanca”), a quien usted seguramente tuvo ocasión de conocer. Aunque el Movimiento Libertador albizuista reconoció el papel patriótico de Maldonado, este aún no ha recibido la bendición de ciertos académicos ni de algunos organismos formales de lucha patriótica y lo mismo ha ocurrido hoy día con el desconocido patriota Noel Cruz Torres. Seguramente se destacaron otros patriotas más sin la necesidad de pertenecer a una organización política establecida ―requisito que parece existir hoy―, pero no lo sabemos.

El Invasor se ha ocupado de propagar el mito del total sometimiento voluntario del invadido, en aquel momento mil veces o más agradecido por la invasión porque albergaba ingenuo inútiles esperanzas de libertad. Para eso ha estado y sigue ahí, todo indica que eficaz, un sistema público de escolarización forzada que nos desnaturaliza. Así que, una respuesta a su pregunta en aquellos días podría haber sido que estábamos preparándonos para repeler al invasor; que sí, que los boricuas sí nos rebelamos, pero fue en vano y hay quienes se regocijan con negarlo.

Se podría alegar que no hubo en aquel momento suficiente sonrojo facial en el Pueblo boricua y que por ello la nación claudicó. No obstante, hay quienes, en efecto, atribuyen la aceptación de la invasión militar del ‘98 y la subsiguiente derrota de la resistencia armada, tanto militar como civil, a la creencia de la mayoría de que aquellos personeros del país de la versión moderna de democracia eran generosos emisarios que venían solamente con la humanista encomienda de liberarnos del yugo español y de paso enseñarnos paternalmente su idioma y algo de buenos modales.

Al cabo de tres décadas y un poco más, surgió un movimiento libertador que fue bruscamente detenido cuando aún estaba en su proceso de reclutamiento, de adiestramiento militar y de acopio de armas. Sus líderes y otros militantes fueron encarcelados, algunos en la metrópoli y todavía otros aquí mismo en su patria. Una década después, ya todos o casi todos en libertad, el líder de aquel movimiento ―por cierto, admirador suyo― logró reunir a un considerable contingente de boricuas, hombres y mujeres, resueltos nuevamente a desafiar al invasor del norte armas en manos, como lo estuvieron ellos mismos y otros más en la década de los ‘30. Aquella patriótica y heroica movilización y su consiguiente insurrección fueron de inmediato sofocadas, tal vez por haber sido precipitado el levantamiento. Sus principales participantes y hasta meros simpatizantes fueron encarcelados y su máximo líder torturado hasta causarle la muerte lentamente sin dejar rastros aparentes ―asesinato que, como el de otros patriotas, ha quedado impune. De modo que sí, una vez más la respuesta a su pregunta podría ser que lo que hacíamos en esa otra época a medio siglo de la suya era organizarnos; que por segunda vez volvimos a prepararnos y a rebelarnos, pero por desgracia, una vez más la rebelión fue en vano.

Se me ocurrió escribirle esta breve carta debido a que, como dije, la nación borinqueña está pasando una vez más por una situación sumamente crítica y creo que, ante la pasmosa pasividad que estamos mostrando, usted volvería a preguntar ―esta vez con mayor énfasis― ¡qué carajo es lo que hacemos que no nos rebelamos!

Las circunstancias son muy distintas a las anteriores en esta ocasión, don Ramón, pues aunque cualquier observador incauto estaría en la creencia de que existen múltiples organizaciones de resistencia activa, tal parece que las mismas sólo existen nominalmente. Sobre una de esas organizaciones, la más antigua en vigor, se comenta con insistencia que sólo existe debido a los beneficios económicos directos e indirectos que de la misma derivan unos pocos. Da pena el comentario, sea o no cierto, pues fue una organización relativamente fuerte, claramente combativa y en cierta medida exitosa, dirigida y sostenida por hombres y mujeres intachables y de generoso patriotismo. Más aún, hasta el famoso semanario Claridad, que fue punta de lanza batallando durante décadas de incesantes luchas con excepcional valor y profundos sacrificios, ha ido destruyéndose a sí mismo con excesivos desaciertos y, sobre todo, con el gradual y sostenido abandono de la legendaria combatividad que justificó su presencia y de la que tantos aún vivimos orgullosos.

Una mirada escrutadora sin mucha penetración revelaría que los actos de firme resistencia organizada que hoy día ocurren aquí y allá no resultan de la juiciosa planificación de esas organizaciones, sino de la de grupos de indignados ciudadanos en general y de estudiantes universitarios en particular. Desde la base, aquí y en la diáspora, esos ciudadanos han tomado la iniciativa de organizarse y actuar debido, precisamente, a la falta de una militancia fuerte y resuelta de las tradicionales entidades patrióticas que defiendan a la patria con generosa entrega.

Así como el triunfo de la izquierda en Chile bajo el liderato de Salvador Allende causó la errónea impresión de que un partido socialista podía constituir acá también una eficaz fuerza electoral ―lo que dio lugar a que el contundente y perseguido Movimiento Pro Independencia se convirtiera en Partido Socialista Puertorriqueño―, el triunfo de la desobediencia civil como instrumento de lucha frontal en la pequeña isla de Vieques ha causado la no menos errónea impresión de que basta con esa táctica para lograr deshacernos del yugo con el que nos sojuzga y nos humilla jubiloso ante el mundo el gobierno de Estados Unidos de Norteamérica. Tal vez sea por ello, por creer que la desobediencia civil es suficiente, que una otrora osada y combativa organización clandestina, escindida en dos, por supuesto, parece haberse conformado con observar el bochornoso espectáculo de la tiránica imposición ―nada menos que mediante legislación― de la Dictadura civil que en esta época nos esquilma.

Por otra parte, causa vergüenza ajena la existencia de otra organización independentista que, aunque compuesta como todas las otras por personas sinceramente comprometidas con la independencia, parece estar en la creencia de que lograremos la liberación de nuestra patria con tan sólo mantener vínculos con nuestras hermanas repúblicas latinoamericanas, enviar delegaciones a sus cónclaves regionales y emitir comunicados de prensa. En uno de esos cónclaves regionales, esa organización se quejó de que el gobierno de la metrópoli nos impuso la mencionada Junta dictatorial sin consultarnos ―y le aseguro que no bromeo.

No vaya a creer que decir públicamente esto que he dicho no acarrea algún tipo de represalia e incluso insultos a mi persona de parte de compatriotas independentistas y sin duda hasta de agentes provocadores profesionales. Ya tuve esa experiencia en ocasión de condenar enérgicamente a un novel autor que optó por caricaturizar maliciosamente la personalidad del líder de quien dije que fue asesinado subrepticiamente por el invasor del norte. Hubo quienes optaron por demostrar a tal extremo su aceptación de las falsedades que propagó en su libro que hasta presentaron su obra con elogios ante la estatua que el Pueblo le erigió a aquel prócer en el barrio de Ponce donde nació. Creo que no deberá haber lugar alguno para dudar de que la demostrada falta de tolerancia ante los señalamientos que no son del agrado de las aludidas organizaciones, así como su inmediato rechazo sin ponderación alguna, en no pocos casos hasta de críticas obviamente constructivas, han sido factores que han contribuido en alguna medida al general debilitamiento del movimiento independentista y a su evidente estancamiento. En fin, eso es lo que hacemos, don Ramón. Por eso es que esta vez no nos hemos rebelado todavía.

Solidariamente,

Pedro Aponte Vázquez

Claridad, por supuesto, no la publicó.