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NATIONALIST HEROINES: PUERTO RICAN WOMEN HISTORY FORGOT 1930S-1950S

NATIONALIST HEROINES

Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s

© 2016 Pedro Aponte Vázquez

(Leído el 16 noviembre de 2016 en el auditorio de la Escuela de Comunicaciones de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras).

Buenos días. Reciban un saludo fraternal y solidario en este momento histórico en el que la patria sufre los peores vejámenes a los que en su arrogancia la ha sometido El Invasor desde el impune asesinato del compañero Filiberto Ojeda Ríos el 23 de septiembre de 2005.

Le agradezco al compañero Amílcar Tirado que optara por ofrecerme el honor de presentarles el libro Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s (N.J.: Markus Wiener Publishers, Inc., 2016, 347 págs.), de la prestigiosa historiadora boricua Olga Jiménez de Wagenheim. Con ello nos demuestra que es de esos profesionales, probablemente escasos, que no temen asumir riesgos. Por mi parte, dedico mi participación en este acto a la memoria de otra distinguida historiadora cuyo recuerdo la ingratitud opaca: la compañera Miñi Seijo Bruno.

Por más de un motivo he dicho que Amílcar no teme asumir riesgos. El de mayor peso es quizás el hecho de que mi determinación de decir libremente sobre cada asunto lo que crea necesario y a cada cual lo que estime que merezca, no es algo que me haya acarreado muchas simpatías. Otro motivo, tal vez de igual volumen, es el hecho de que recientemente tuve la osadía de asumir una posición diametralmente opuesta a la que optaron por defender un puñado de académicos, además de miembros prominentes del campo independentista ―y hasta algunos auténticos albizuistas―, en torno al contenido de un libro que abiertamente vilipendia al prócer Pedro Albizu Campos. la Historia nos dirá algún día con qué propósitos. Defender de ese modo la memoria de Albizu fue para algunos compatriotas hasta peor que haberle donado mi colección de documentos, fotos y algunos libros al Archivo histórico de la Fundación Luis Muñoz Marín.

Con lo que estoy seguro de que no habrá desacuerdos es con mi afirmación en este momento de que el honor de presentar este libro debió ser para la doctora Aselar Laguna, pues ya lo reseñó detalladamente por medio de la internet con erudición y excelencia (El Post Antillano, 8 sept 2016). Espero estar hoy al menos cerca de la altura a la que habría estado su presentación.

En su reseña, la doctora Laguna alude con toda justicia a la “rigurosidad” con la que Jiménez de Wagenheim aborda y conduce sus investigaciones históricas ―virtud a la que hoy día ya hasta se le da de codo―, afirma que esta “informativa, importante y provocadora” obra disfruta del aval de la “distinguida y sólida carrera” de  la educadora Jiménez de Wagenheim “como catedrática en [la Universidad de] Rutgers” y añade que se le debe a ella, además, cito:

“[…] la introducción de los primeros cursos de historia oral, iniciando a estudiantes en esa disciplina y de paso, rescatando las contribuciones olvidadas de los puertorriqueños en las demostraciones y las manifestaciones estudiantiles en la Universidad de Rutgers y en la ciudad de Newark para los últimos años de los sesenta y principios de los setenta. Y conviene señalar ―agrega― su monumental y central desempeño en la fundación del archivo de la comunidad puertorriqueña en la Biblioteca Pública de Newark (el New Jersey Hispanic Research and Information Center), contribuyendo de modo exhaustivo a la recuperación y preservación del acervo de los puertorriqueños y otros latinos residentes en el estado de New Jersey”.

Precisamente, de rescatar del olvido y también de la indiferencia, es de lo que trata esta indispensable aportación de Jiménez de Wagenheim a nuestra historiografía y, por ende, a nuestra centenaria lucha de liberación nacional. En Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s, la historiadora que ya es parte de la indisoluble nación boricua en las entrañas del monstruo, les recuerda a sus lectores el hecho de que las mujeres boricuas no eran invisibles para nuestro opresor en el curso de nuestra lucha por liberarnos del Invasor (y todavía no lo son, permítaseme agregar). Nos provee ella una breve y vívida introducción con una impresionante narración de las condiciones objetivas que llevaron a la insurrección de 1950 contra la tiranía de EE. UU. Luego nos lleva de la mano a través de una exposición amena, profusa y rigurosamente documentada que nos provee una vista panorámica de nuestra más reciente historia política.

El libro les rinde merecido tributo a dieciséis mujeres. A Dominga de la Cruz Becerril, quien heroicamente sobrevivió la Masacre de Ponce en 1937 y otras 15 que fueron perseguidas y encarceladas por haber participado, o parecerle al Invasor que habían participado, directa o indirectamente en la lucha armada del Partido Nacionalista de Puerto Rico-Movimiento Libertador en los años de 1950. Estas son:

Blanca Canales

Leonides Díaz

Carmen María Pérez

Ruth Mary Reynolds

Isabel Rosado Morales

Doris Torresola Roura

Olga Isabel Viscal Garriga

Rosa Cortés Collazo

Lolita Lebrón Sotomayor

Carmen Dolores Otero de Torresola

Juana Mills Rosa

Juanita Ojeda Maldonado

Ramona Padilla de Negrón

Angelina Torresola de Platet y

Monserrate Valle de López de Victoria.

En alusión a esta prudente limitación que se impuso, Jiménez de Wagenheim dice estar “consciente de que otras puertorriqueñas han sido encarceladas por sus ideales políticos a partir de los años 50 y merecen también un estudio profundo de sus hazañas y contribuciones a la causa de la independencia de Puerto Rico” y con genuino pesar añade: “Lamento no ser yo la autora”.

Aunque el título nos indica que trata sobre “mujeres puertorriqueñas” Nacionalistas, justificadamente incluye a una que sin duda lo parecía mucho, pero que en realidad no fue ni borinqueña ni Nacionalista: la pacifista estadounidense Ruth M. Reynolds, oriunda de las Lomas Negras de los nativos Lakotas. Reynolds, quien perteneció al Comité Pro Defensa de don Pedro Albizu Campos que mantuve con doña Isabel Rosado y mi compañera Judith,  desempeñó un importantísimo papel en nuestra lucha, pero, pacifista al fin, no perteneció al Partido Nacionalista ―un detalle que Jiménez de Wagenheim se ocupa de mencionar. El hecho es que Ruth cumplió cárcel por parecer Nacionalista.

Por otra parte, el subtítulo del libro, Mujeres puertorriqueñas que la Historia olvidó, invita a un análisis semántico, pues sería razonable alegar que a estas compañeras no las olvidó la Historia, por cuanto los Pueblos, sus líderes, sus reseñadores, sus políticos, sus educadores y sus historiadores somos quienes olvidamos. Los lectores, por otra parte, no deberán interpretar como indicio de menosprecio de la capacidad de la mujer boricua el hecho de que Albizu le hubiera asignado un puesto de liderato en su partido a solamente  una de las mujeres aquí incluidas, toda vez que a algunas les encomendó ―y ellas no vacilaron en asumir― misiones no solo de alta confianza y responsabilidad, sino, además, de altísimo riesgo personal. Tampoco deberán los lectores conjeturar que esas militantes Nacionalistas hayan sido olvidadas o ignoradas por motivo del machismo que caracteriza a nuestra sociedad, pues no han sido pocos los hombres militantes del Partido Nacionalista de Puerto Rico-Movimiento Libertador que han sido olvidados o ignorados no solo por los historiadores, sino incluso por las pasivas y autocomplacientes organizaciones patrióticas del presente.

Jiménez de Wagenheim, perteneciente por muchos años a la denominada “diáspora” boricua y quien, aunque en las entrañas del monstruo, ha mantenido contra la corriente su primer apellido con todo y tilde, no es neófita en estas lides, pues ha publicado libros y artículos sobre otros importantes sucesos de la historia política de Puerto Rico, incluyendo nuestra rebelión contra el otro imperio, el español. Sobre todo, es preciso recalcar, lo ha hecho como es su estilo y su costumbre: con el debido respeto a los hechos históricos y a las fuentes de información.

A propósito del concepto de “diáspora”, y del debido respeto a los hechos históricos y a las fuentes, alguien se quejó en un artículo publicado en la red en defensa del aludido libro que vilipendia a Albizu de que, en su opinión, “la diáspora siempre tiene que humillarse ante los pies de la nación para ser recibida con los brazos abiertos” y agregó que “Es interesante como se habla de nación en estos lugares sin considerar [a] los que no tienen país, [sic] porque no hay tiempo para reflexionar en eso, porque se tiene que trabajar, porque se tiene que sobrevivir, porque vivir no es posible”. Esos comentarios son cónsonos con el que publicó meses atrás con el mismo propósito, y en estos días repitió tranquilamente, el denominado National Institute for Latino Politics and Policy con base en ese mundo saturado de historia que es la Ciudad de Nueva York. Al igual que algunos comentaristas, esa entidad ha dicho que una razón por la que en nuestra patria algunos condenamos el libro aludido es que el autor es “nuyorican” y “cruzó la línea al escribir sobre un asunto que es visto como predio exclusivo de la izquierda en Puerto Rico”. Otra razón, asegura el supuesto instituto, es la “envidia” de los críticos residentes en la Isla, de quienes dice que hemos fracasado en “hacer el cruce” a la inversa, hacia la metrópoli. Ciertamente le queda mucho por aprender sobre los boricuas a ese instituto de política pública latina, aparente heredero ideológico de Ramón S. Vélez. De paso, los que escriben y hablan en nombre de ese grupo deben abandonar la práctica de valorar la confiabilidad del contenido de los libros y su utilidad didáctica en términos de la cantidad de ejemplares vendidos.

Es forzoso aludir aquí ahora al desagradable tema del referido libro por dos buenas razones: la autora del libro que les presento forma parte de esa diáspora y su contenido es un tema “de la izquierda puertorriqueña”, dicho lo último entre comillas. Esto quiere decir, a la luz de la insostenible posición de esos voceros, que la doctora Jiménez ha cruzado esa supuesta línea imaginaria que algunos han trazado con sus infundados criterios. En su ofuscamiento ideológico, ni los políticos ni los politicastros logran ver la irrefutable realidad de que no hay razón para que la diáspora boricua tenga que humillarse ante la nación a la que pertenece, ni ante entidad alguna, ni lo ha hecho ni lo hará. Es evidente que esa diáspora, a la que me integré durante unos 15 años en Nueva York, sí tiene país, pues de otro modo no sería diáspora, y ese país es Puerto Rico.

Sépase además, aquí y allá y por doquier, que los boricuas, dondequiera que estemos, tenemos el derecho y, sobre todo, el deber de exigir respeto por nuestra historia de parte de quienquiera que opte por escribir sobre la misma sin importar desde dónde lo haga ni qué organización política, decrépita o vigorosa, lo respalde. Por otra parte, a los autores de la diáspora boricua se les reconoce, como a cualquiera otro autor o autora, el derecho de escribir y publicar en el idioma que para ello escoja.

Nadie en la diáspora boricua, ya sea honesto intelectual, o colaborador de espías o mañoso explotador de la pobreza, tiene fundamento alguno para sostener que los escritores independentistas en Puerto Rico no recibimos con el debido respeto a los colegas que en sus obras a su vez respetan la Historia misma como ciencia social. Este hecho acaba de ser confirmado una vez más por la admiración y el afecto con los que hemos recibido en su patria a la compañera autora de este libro.

La concienzuda historiadora de nuestra diáspora, quien escribió este libro luego de su jubilación de la Universidad de Rutgers, cuando no se le podía aplicar aquello de “Publish or perish”, se valió principalmente de fuentes primarias tales como documentos públicos, la mayoría de los cuales vinieron a estar disponibles recientemente, testimonios escritos y entrevistas grabadas y personales con fuentes a las que ella, contrario a gárrulos de barbería, identifica debidamente. Sin embargo, por más que uno tenga preferencia por los detalles, como evidentemente es el caso de la compañera Jiménez de Wagenheim, siempre es propenso a omitir o dejar escapar o por algún motivo no resaltar sucesos que son especialmente significativos para algunos lectores. Por eso no encontré alusiones a otros asuntos de mi especial interés, como el caso Rhoads ―muy probablemente una de las causas por las cuales el partido Nacionalista recurrió a la lucha armada―; a las denuncias de Albizu de que se le exponía a la radiación ―las cuales Carmín Pérez e Isabel Rosado mencionan en sus entrevistas para el libro como lo hace Rosa Collazo en sus Memorias―; ni al diagnóstico de locura que el gobernador Muñoz Marín en su proverbial jaibería ordenó especialmente para Albizu con el fin de contrarrestar sus denuncias de tortura a la altura de la era atómica.

No obstante, es tal la abundancia de datos biográficos sobre las compañeras a las que ella alude en este valioso libro que, aunque durante unas décadas departí informalmente de vez en cuando con nueve de las compañeras aquí incluidas y de que entrevisté formalmente a algunas de ellas, encontré un caudal de datos que he venido a conocer solamente después de leer la meticulosa narración que generosamente optó por obsequiarle a su patria la doctora Jiménez de Wagenheim.

Habrá lectores a quienes, como a este autor, les extrañará su uso del verbo “asesinar” en referencia al intento de luchadores por la libertad de ejecutar o ajusticiar al presidente Truman, además de algunas afirmaciones sobre el estado de salud de Albizu mientras estuvo en Estados Unidos. Precisamente, en lo que se refiere al concepto de “asesinar” versus “ajusticiar” dentro del contexto de una lucha de liberación nacional contra un invasor militar, surgió aquí mismo en este recinto un intercambio de ideas durante un foro reciente en torno a la insurrección de 1950. Creo procedente señalar que la base de la distinción que los independentistas hacemos entre “asesinar” y “ajusticiar” es ideológica. Es  la misma que hacemos entre “robar” o “hurtar” y “expropiar”. Por eso, mientras la prensa dice, por ejemplo, que los Macheteros cometieron un robo contra la empresa Wells Fargo, nosotros decimos que fue una expropiación. Sobre esta cuestión, es mi interés recalcar un asunto consabido: que es necesario y prudente fomentar el análisis y las discusiones de las discrepancias, el manejo de conceptos controvertibles y otros aspectos de la disciplinada narración histórica, con la debida sobriedad en civilizadas discusiones con respeto y elegancia, sin recurrir a exageraciones ni a insultos ni a afirmaciones infundadas.

Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s es, además, una confiable fuente de información en torno a los atropellos de los que hemos sido y somos víctimas bajo el abusivo imperialismo estadounidense. Por estar escrito en inglés, el libro tenderá a fortalecer aún más los lazos culturales y políticos entre los borinqueños en nuestra patria y los radicados en Estados Unidos de Norteamérica y en otros países. Además, iluminará a lectores del inglés, sean estadounidenses o de otras nacionalidades, quienes gracias a la internet están empezando a enterarse de nuestra existencia como nación caribeña subyugada.

En fin, esta nueva obra de 347 páginas de historia constituye un merecido reconocimiento de la autora a unas mujeres abnegadas, resueltas, dedicadas, que vivieron de modo cotidiano y en carne propia el postulado albizuista de organizarnos y entregarnos al rescate de nuestra soberanía con valor y sacrificio; mujeres que en el proceso ofrendaron vida y hacienda por la libertad y algunas hasta renunciaron a ser esposas y a ser madres. Constituye, de ese modo, un merecido homenaje no sólo a ellas, sino a la Mujer Boricua en general, la que con su temple, su valor, sus sacrificios y su firme determinación concebirá y alumbrará al fin una patria liberada. #

NEW BOOK DEPICTS LIFE OF PUERTO RICAN HEROINES

In Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s (N.J.: Markus Wiener Publishers, Inc., 2016, 347 pp.), Puerto Rican historian Olga Jiménez de Wagenheim not only reminds her readers of the fact that Puerto Rican women were not (and still are not, allow me to add) invisible to our oppressor in the course of our struggle for independence from Yankee imperialism, but also guides us by the hand through a profusely and adequately documented exposition that provides a panoramic view of our most recent political history.

The book pays tribute to sixteen women, fifteen of which were persecuted and incarcerated for having participated or just seeming to the Invader to have participated in the Nationalist Party of Puerto Rico’s 1950s armed struggle, plus one who heroically survived the 1937 Ponce Massacre. Regarding that self-imposed limitation, Jiménez de Wagenheim says she is “aware that other Puerto Rican women have been imprisoned for their political ideals since the 1950s and also merit an in-depth study of their deeds and contributions to the cause of Puerto Rico’s independence” and adds: “Regret not being that scholar.” In addition, she provides a brief and vivid introduction with a much needed account of the objective conditions that led to the 1950 insurrection against U. S. tyranny.

Although the title indicates that it is about Nationalist women, she justifiably includes one who was not: pacifist Ruth M. Reynolds, from The Black Hills of the Lakota natives, who played a very important role in our struggle, but was not a member of the Nationalist Party ―a point Jiménez de Wagenheim does make clear. On the other hand, the book’s subtitle, Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s, invites a semantic analysis, for it could be argued that these compañeras were not forgotten by History, insofar as the Peoples, their leaders, and their historians are the ones who forget. Furthermore, most of them seem to have been forgotten, not all of them.

Jiménez de Wagenheim, for long a member of the Puerto Rican diaspora who, although in the monster’s belly, has held fast to her own family surname and even to its graphic accent, is no newcomer to these endeavors, having published books and articles on other aspects of Puerto Rico’s political history, including our rebellion against the Spanish empire. Above all, she has done so with utmost care and respect for historical facts, a methodology some authors and even some critics seem to shun. For this book, she availed herself of primary sources such as public documents, most of them only recently made available, written testimonies, and tape-recorded as well as personal interviews with sources which, contrary to some authors, she duly identifies.

However, although evidently quite fond of details, Jiménez de Wagenheim avoids mentioning meaningful events if only, in this particular case, at least in bibliographical notes. Such is the case of the Rhoads scandal ―very likely one of the reasons the Nationalist party resorted to armed struggle―; Albizu’s claims of exposition to radiation ―which Carmín Pérez and Isabel Rosado mention in their interviews as does Rosa Collazo in her memoirs―; and the insanity diagnosis governor Muñoz Marín ordered specially for the Nationalist leader in order to counter those claims.

On the other hand, this book’s abundance of biographical data is such that, despite my having conversed now and then with nine of the women here portrayed and having interviewed most of them decades ago, there is an array of facts I have come to learn only from reading the meticulous narrative it contains.

Despite its use of the verb “assassinate” in reference to the attempt by freedom fighters to execute President Truman and to assertions regarding Albizu’s state of health while in the U.S. that can be refuted on the basis of the historical record, Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s is a reliable source of knowledge about our plight under U.S. imperialism. Written in English, it not only will tend to strengthen even more the cultural and political ties between Puerto Ricans in our motherland and those in the U. S. and elsewhere, but also will illuminate other readers who are just beginning to learn about our existence as a subjugated Caribbean nation.

Based on experience, one can reasonably expect the Puerto Rican Independentist Party to go out of its way to make sure that it is widely distributed throughout the Island.

IMPLICACIONES POLÍTICAS DEL CONCEPTO DE DIÁSPORA

IMPLICACIONES POLÍTICAS DEL CONCEPTO DE DIÁSPORA

© 2015 Pedro Aponte-Vázquez

La visión de mundo de los estadounidenses, entendiéndose por este gentilicio los ciudadanos oriundos  de Estados Unidos de Norteamérica[1], lleva a los integrantes de esa sociedad, seguramente salvo algunas excepciones, a etiquetar rigurosa y maquinalmente las manifestaciones humanas individuales y colectivas de su entorno y del distante ámbito exterior. Esta práctica perenne tiene el potencial de llevar a cada cual ―por su condición humana― a rutinariamente clasificar consciente e inconscientemente todo aquello que observa o en lo que activa o pasivamente participa, así como a aquellos con quienes interactúa. La clase dominante estadounidense, pragmática como es, no está ajena a esa realidad ni pasa por alto su utilidad. Los propietarios que componen esa relativamente pequeña y cerrada clase saben que esa visión les sirve de instrumento para dividir y separar las partes de muchos todos y no pierden oportunidad alguna de aprovecharla. Aludo a la clase dominante estadounidense no porque este proceder sea de su exclusividad, pues no lo es, sino porque es a esa clase a la que me propongo hacer referencia en esta breve exposición. En la misma habré de examinar específicamente el concepto de “diáspora” y su utilidad política.

La Real Academia Española dice en su Diccionario digital que “diáspora” viene del griego con el significado de “dispersión” y provee dos definiciones: “dispersión de los judíos exiliados de su país” y “dispersión de grupos humanos que abandonan su lugar de origen”. Adoptaré la segunda definición.

El término “dispersión”, como concepto al fin, es en sí mismo abstracto y lo es aún más, si ello es posible, en alusión a personas. En esos casos se acerca peligrosamente a la idea de trulla; de fracatán; de reguero; y en el habla boricua: de reguerete. Estos conceptos llevan implícita a su vez la idea de desconexión o, cuando menos, de escasa o mínima conexión… incluso de distanciamiento y hasta de falta de propósitos comunes; de apartamiento. Por cierto, ese apartarse, esa falta de propósitos comunes, es aplicable tanto a personas en la realidad como a objetos personificados en la ficción. Es algo así como si habláramos de carencia de personalidad; es decir, de falta de esos rasgos distintivos que van más allá de meras características físicas para fuertemente asir aspectos de espiritualidad; de carácter; de modo de estar en el mundo; de identidad.

Para la clase dominante ―ese conjunto de personas que detentan el poder político con el consiguiente poder económico en una nación capitalista cualquiera―, es ventajoso buscar y encontrar modos de separar a quienes se les opongan o parezcan oponérseles o tengan el potencial para convertirse en una amenaza real para sus intereses. Con ese fin utiliza conceptos que sirvan para identificar con etiquetas excluyentes a aquellos a quienes ve como consumados o potenciales opositores o, tajantemente, como enemigos. La práctica de etiquetar comienza a lograr su propósito de excluir, de apartar, cuando unos integrantes de un mismo grupo aceptan la etiqueta con sus atribuidas definiciones y hasta se la aplican ellos mismos, mientras otros la rechazan y hasta la repudian.

En el caso de la sociedad estadounidense, resulta más fácil aplicar ese instrumento debido a lo heterogénea de la misma, a su amplia diversidad de características físicas de origen biológico y a la pluralidad de orígenes étnicos con sus respectivas religiones, idiomas y tradiciones, además de otras manifestaciones culturales. Allí, la clase dominante cuenta con todo un arsenal de etiquetas que utiliza hábilmente como cuñas con las cuales hender los grupos que se le opongan y de ese modo hacerlos vencibles. Así logra dividir entre ellos mismos a sus ciudadanos negros (un negro mató a Malcolm X); a los integrantes de los pueblos originarios (un indio mató a Sitting Bull); a los blancos pobres (blancos mataron a John y a Robert Kennedy); a los pobres en general; a los hispanos; a los orientales; a los nuevos inmigrantes; a los que buscan refugio; a los estudiantes; a los artistas, a los escritores y a cualquier grupo al que vea como una amenaza inminente o en ciernes para su más firme estabilidad ―como pueden serlo los poetas; como pueden serlo los historiadores; como puede serlo una diáspora que sea solidaria con su lugar de origen.

En el renglón de la población negra, por ejemplo, se etiqueta a unos como pacifistas y a otros como violentos; en el de los antiguos nativos del continente introducen las etiquetas de indio, indio americano, amerindio, nativo americano, pueblos originarios y primeras naciones; entre los blancos están los que son etiquetados como “basura blanca”, hillbillies, (campesinos), wasp, sureño y aún otras etiquetas según la procedencia geográfica. A los puertorriqueños nos llaman despectivamente spiks y acá en Puerto Rico se adptó en la década de los 70 el denominar despectivamente como “Nuyoricans” a los compatriotas que comenzaron a regresar de Estados Unidos aunque no vinieran necesariamente de Nueva York. Hoy día se ha popularizado tanto el concepto de diáspora para referirse a los puertorriqueños residentes allá, incluso entre ellos mismos, que comienza a fragmentarse con la utilización de “DiaspoRican” y “diasporriqueño” para describir, sobre todo, a miembros de la diáspora que optan por reintegrarse al entorno de la Isla. Entre éstos figuran profesionales e intelectuales retirados de sus respectivos empleos, quizás predominantemente independentistas, cuyo poder económico les permite regresar precisamente cuando más crítica es la condición de la colonia. No obstante, el antropólogo Jorge Duany señala que el término “se refiere a los descendientes de puertorriqueños dispersos por Estados Unidos, muchos de los cuales siguen sintiéndose boricuas”.[2] Además, ya se especula que está en proceso de gestación lo que se conocería como “Floriricans”, una subdivisión de la diáspora boricua evidentemente de la provincia de Florida que Duany describe como “fragmentada”.[3]

A esa clase dominante no le faltan motivos para querer dividir más y más y mantener dividida a la nación puertorriqueña. Tres puertorriqueños, el médico Eduardo Garrido Morales y los abogados José Ramón Quiñones y Arturo Ortiz Toro manipularon directamente el encubrimiento del caso Rhoads.[4] Por otra parte, un psiquiatra boricua, Luis M. Morales, declaró loco al líder Nacionalista Pedro Albizu Campos[5] mientras que otro abogado puertorriqueño, José Trías Monge, participó en el proceso de encubrir su tortura.[6] Además, los fiscales que enjuiciaron a los Nacionalistas luego de la insurrección de 1950 y los jueces que los mandaron a la cárcel eran todos puertorriqueños. Anteriormente, delatores puertorriqueños no faltaron para beneficio de los invasores españoles ante la insurrección de 1868, así como sobran quienes celebran jubilosos la invasión de nuestro territorio nacional por el ejército estadounidense 30 años después.

En reacción a las pésimas condiciones de vida de la nación puertorriqueña, provocadas en gran medida por la explotación económica que tranquilamente anda asida de la mano del voraz imperialismo, el invasor recurrió desde el inicio del siglo XX a la servil válvula de escape de la emigración. Pero eso sí, pintándola como un derecho que no pocos vieron como un merecido privilegio que les concedía el “benévolo” invasor. La inmensa mayoría emigró hacia los centros urbanos estadounidenses geográficamente más cercanos y todavía otros lo hicieron rumbo a Hawaii, pero todos llevaban consigo al partir su rico bagaje cultural y cada cual albergaba en lo más profundo la firme determinación de regresar al lar querido donde nació. Sin embargo, una serie de circunstancias causaron el que no todos pudieran o desearan regresar y así, de nuevas calamidades de igual procedencia, brotaron nuevas emigraciones de nuevas generaciones, principalmente hacia nuevos centros urbanos de la nueva metrópoli.

Aunque miles de boricuas comenzaron a regresar allá para la década de los 70, parecen haber sido muchos los descendientes de esos primeros desplazados quienes, por razones diversas, optaron por no regresar si es que habían ido en su niñez o infancia, o por permanecer allá en las ciudades donde nacieron. Aunque algunos de los que fueron llevados como menores de edad aprendieron a usar ambos idiomas con igual facilidad, otros no fueron tan afortunados y solamente aprendieron el inglés. De ese modo ha ido surgiendo una población puertorriqueña cuyos integrantes no dominan el español, pero no obstante se sienten parte integral de la nación puertorriqueña o, cuando menos, tienen conciencia de su puertorriqueñidad aunque algunos carezcan de puertorriqueñismo. Encontramos, pues, una población residente en la metrópoli que, si bien se ha “aculturado” en la sociedad estadounidense hasta el extremo de no dominar ―algunos de sus miembros― el idioma característico de Puerto Rico, visitan su Isla si tienen la oportunidad de hacerlo, estudian su Historia, buscan información sobre lo que allí acontece y hasta se involucran, aunque sea por medio de las nuevas tecnologías, en la perenne lucha de la nación puertorriqueña por resolver sus más complejos problemas económicos, sociales y políticos. Incluso se da el caso de que algunos muestran más interés en esos asuntos y los conocen mejor que muchos de los que ―tanto allá como acá en la Isla― sólo dominan el español. Esta circunstancia es muy propicia para cultivar fuertes vínculos ideológicos entre unos y otros; entre los puertorriqueños de acá y los de allá, entre los presentes y los ausentes, lo cual no se le escapa al ojo avizor del invasor.

La clase dominante estadounidense es consciente de que el concepto de diáspora en sí mismo, al desnudo, no acarrea necesariamente aspecto negativo alguno. Por consiguiente, le es indispensable promover y explotar el sentido de dispersión, elemento esencial del concepto. En ese sentido fomenta el percatarse de la distancia física que nos separa y facilita introducir y divulgar ideas discordantes que permitan aprovechar prejuicios existentes y crearlos donde no existan para con ellos provocar contradicciones, rivalidades, disputas, tensiones, separación…

Estos conflictos han mostrado su feo rostro recientemente como resultado del hecho de que algunos autores puertorriqueños, residentes casi todos en la Isla, han señalado algunas minucias, además de graves y constatables fallas de contenido histórico, en un libro que recién publicó un autor cubano-puertorriqueño natural y residente de Nueva York sobre, a grandes rasgos: la invasión, colonización y explotación económica estadounidense de Puerto Rico con sus concomitantes persecuciones políticas.

Relatan William García Medina, et al. sobre la presentación de dicho libro en el Ateneo Puertorriqueño que una persona de entre el público que se describió a sí misma como “nuyorican” dijo, citada textualmente: “…bueno y como yo era Nuyorican, no entendía mucho sobre ser puertorriqueña. Pero, [a]prendí español y ahora sé más de mi historia y eso de nuyorican pues ya no…”[7]  Afirma luego García Medina: “En sí, yo aún no entiendo por qué es que la diáspora siempre tiene que humillarse ante los pies de la nación para ser recibida con los brazos abiertos” y más adelante agrega: “Es interesante como se habla de nación en estos lugares sin considerar los que no tienen país, porque no hay tiempo para reflexionar en eso, porque se tiene que trabajar, porque se tiene que sobrevivir, porque vivir no es posible”.[8]

En referencia a la cita atribuida a la persona que dijo de sí misma que había sido “Nuyorican”, procede reconocer que, si bien hubo en un momento histórico una disposición de algunos de los boricuas nacidos y/o criados en Nueva York a autodenominarse de ese modo, me consta que en la Isla hubo quienes utilizaron el concepto despectivamente, como un dar de codo, si bien otros lo hacían de manera amigable. De ese fenómeno surgió el aparente desafío de poetas boricuas de Nueva York de autodenominarse “Nuyorican”.[9] Además, es significativo el hecho de que la persona citada se consideraba a sí misma “Nuyorican” porque, según dijo, “no entendía mucho sobre ser puertorriqueña”, no sabía español y no conocía lo suficiente sobre su historia, la de Puerto Rico. No obstante, después de aprender español y saber más de su historia, ya no se considera “Nuyorican”. Este hecho sugiere, si no lo establece fuera de duda, que el concepto de “Nuyorican” es en último análisis un modo descartable de ser dentro de otro modo de ser de naturaleza permanente. Ello da lugar a dos afirmaciones axiomáticas: ser “Nuyorican” requiere ser boricua y se puede dejar de ser “Nuyorican”, pero siempre se es boricua.

Por otra parte, García Medina et al. no dicen por qué razón consideran, por un lado, que los boricuas de allá “no tienen país” y, por otro lado, que “tiene[n] que trabajar para sobrevivir”, lo que implica que los de la Isla no tenemos que hacerlo. Más aún, ¿por qué están García Medina y sus colaboradores en la creencia de que “la diáspora” no sólo “tiene que humillarse ante los pies de la nación para ser recibida con los brazos abiertos” sino que, además, tiene que hacerlo “siempre”? No lo sabemos y ellos no lo dicen. Esa categórica afirmación queda tirada ahí en ese artículo sin misericordia, sin fundamento alguno que la sostenga, como de paso, cual se descarta lo inservible.

Por si fuera poco, esos autores dan por sentado que los boricuas que han emigrado no forman parte de “la nación” puertorriqueña, pues, como ellos dicen: esos boricuas “no tienen país”. Aún más, su postura podría causar la impresión de que no toman en consideración el hecho de que las estadísticas del flujo migratorio de boricuas sugiere que cada familia puertorriqueña tiene o ha tenido familiares distantes y cercanos que residen o han residido en Estados Unidos. No sólo eso, ni siquiera dejan abierta la posibilidad de que algunos de esos historiadores a quienes acusan de actuar en contra de la diáspora boricua, hayan sido desde mucho antes integrantes de esa diáspora, como es el caso de este autor. Además, García Medina y sus colaboradores pasan por alto el hecho de que debe de ser sumamente baja la probabilidad de que los residentes de la Isla les exijan a los ausentes, entre los cuales están amistades y familiares suyos, “humillarse ante los pies de la nación” si quieren que se les reciba “con los brazos abiertos”. Comoquiera que sea, ello no sería posible toda vez que la diáspora no es un ente que está fuera de la nación puertorriqueña, sino que forma parte integrante de la misma. Sobre la migración boricua a Estados Unidos planteaba el Partido Socialista Puertorriqueño: “El puertorriqueño que se traslada a Estados Unidos lo hace con las mismas expectativas, forjadas por su realidad material, que el que se traslada del campo a San Juan, con unas particulares ilusiones o sueños. Además, no se traslada como individuo, sino que, de forma simultánea en perspectiva histórica, se traslada una porción significativa de la nación […]”.[10]

Tal vez las personas que aseguran que existe una actitud de desprecio de los boricuas residentes en la Isla hacia los que se han establecido en la metrópoli no han escuchado la plena que popularizó la orquesta de César Concepción con Joe Valle titulada “Pa’ los boricuas ausentes”.[11] La misma dice al inicio: “A los boricuas que están ausentes yo les dedico esta canción/porque no hay duda que ustedes quieren/a su Borinquen de corazón/si un jibarito en su islita triunfa/ustedes saben darle valor/lo quieren todos, lo felicitan/y lo bendicen de corazón”. Más adelante dice la plena: “Esos boricuas tienen bandera/y esa bandera es su corazón/sin franjas rojas y sin estrellas/pero repleta de bendición”. Cabe recordar que se trata de una plena, género que recoge y transmite el íntimo sentir de la población sobre aconteceres que considera importantes.

Además, algunos de esos boricuas ausentes llevaron su ideología nacionalista a Nueva York y a otros centros urbanos allá y se las arreglaron para asegurarse de mantener nexos con compatriotas independentistas y otros ciudadanos que no compartían su ideología, así como con entidades sindicales y organizaciones políticas similares, aunque no idénticas.[12] Esa interacción dio lugar a la creación de la versión bilingüe del periódico independentista Claridad en 1972.[13] Sobre la publicación del Claridad bilingüe nos cuenta una de sus ex reporteras: “Nuestro producto no era perfecto. Muchos de nosotros nos habíamos criado en Nueva York y era una lucha y un triunfo escribir en español, rescatar el idioma que el Imperialismo nos había arrebatado. Más de una vez supimos que los compañeros en la Isla decían que nuestra edición, más que bilingüe, era ‘trilingüe’. Para nosotros era parte de nuestra militancia luchar por reclamar y rescatar nuestro idioma al comunicar ideas revolucionarias. El producto no era perfecto, pero era nuestro esfuerzo máximo y ahí radicaba la satisfacción”.[14]

Afín con esa línea de supuesto rechazo en la Isla a nuestros compatriotas establecidos allá, el profesor Héctor Meléndez también trae arrastrada por los pelos a la llamada “diáspora” en una de dos reseñas que hace del libro aludido. Dice Meléndez sobre los aspectos negativos del libro: “Los errores sugieren la distancia entre los intelectuales de la diáspora y los de la Isla, en tanto una falta de colaboración parece haber impedido que se detectaran y corrigieran”. Y agrega: “Acaso por algún menosprecio hacia la diáspora entre la intelectualidad isleña, los errores han provocado críticas duras al libro, quizá incluso con alguna hostilidad, obviándose sus importantes contribuciones. Pero la relación entre los intelectuales debe ser de cooperación en vez de competencia”.[15] Es decir, que si no hubo colaboración de los intelectuales de la Isla con el autor natural de Nueva York, la forzada conclusión es que unos y otros están distanciados. Ese razonamiento dicta que aquellos historiadores residentes en Puerto Rico que encontraron en el libro exageraciones, falacias y minucias, fueron los causantes de lo que señalan por no haber sabido de la existencia del autor y no haberlo buscado para ofrecerle su colaboración si resultaba que estaba escribiendo un libro sobre Puerto Rico. Según Meléndez, por estar distanciados del autor, los autores residentes en la Isla no le ofrecieron su colaboración y por eso no pudo detectar y corregir a tiempo las fallas que le señalaron.

Afirma Meléndez que “las duras críticas” que ha recibido el libro de parte de la intelectualidad boricua se deben a que hay intelectuales que sienten “algún menosprecio hacia la diáspora” ―en obvia alusión a los autores de “las duras críticas”. Dicho lo mismo de otro modo, nada hay en el libro, más allá de errores y minucias, que justifique tales críticas. Pasa por alto Meléndez el hecho irrefutable de que el libro, más allá de errores que cualquier autor está propenso a cometer, contiene exageraciones, falsedades y datos espectaculares no verificables, así como fuentes a las que no identifica ni describe.[16] Por otra parte, difícilmente puede usted colaborar con una persona de cuya existencia no sabe y que, encima, para nada le ha pedido colaboración.

La más reciente exposición sobre la llamada diáspora en relación con el aludido libro es el artículo que Marisol Lebrón optó por titular “Diaspora, Insular Expertise, and the War Over War Against All Puerto Ricans”.[17] Brota del título cual saeta una carga negativa al contraponer “diáspora” como la tesis contra “peritaje insular” (entiéndase “la Isla”) como la antítesis y con ello concluir que la síntesis de esa contradicción es una “guerra” en torno al libro cuyo contenido defiende. Sin proveer fundamentos, Lebrón da por sentado que ese espinoso conflicto entre la “diáspora” y la Isla existe y sobre esa arbitraria suposición elabora una retahíla de insostenibles afirmaciones.

Comienza su citado escrito despachando como meras “alegaciones” (claims) el comprobado y fehaciente hecho histórico de que el jefe de la Policía colonial Elisha Francis Riggs nunca dijo lo que el autor del libro le atribuye en ocasión de la masacre que en 1936 cometieron agentes de su Policía. (Toda vez que es imposible demostrar que Riggs sí dijo que habría “guerra contra todos los puertorriqueños”, el autor y sus defensores procuran justificar la falacia con el infantil argumento de que hemos sido y somos víctimas de una guerra económica). A renglón seguido afirma que al otro extremo de esas supuestas “alegaciones” de los historiadores figuran “insinuaciones” ―las que obviamente serían absurdas por demás― en el sentido de que si alguien ha sido “periodista y ex asambleísta [sic] estatal”, como lo es el autor del libro objeto de las críticas, “no está equipado”, por el hecho mismo, “para desempeñar el papel de historiador”.

Lebrón asegura que algunas de las críticas que en la Isla le han hecho al libro tienen que ver menos con corregir errores de traducción y de contenido “y más con erigir fronteras” que delimiten a quienes se propongan investigar, teorizar y escribir sobre la situación socio-política en la Isla”. Aunque en Estados Unidos y en la diáspora boricua allá no abundan los trabajos de investigación sobre asuntos similares a los que aborda el libro en controversia, a lo largo del pasado siglo y lo que va del actual han sido escritas y/o publicadas allá obras de autores estadounidenses y boricuas sobre aspectos políticos de la Isla, además de la obra poética de contenido ideológico de boricuas de la diáspora. Algunos ejemplos de lo uno y de lo otro son Ruth M. Reynolds; los novelistas Stephen Hunter y John Bainbridge, Jr. y Robert Friedman (éste último periodista residente por años en Puerto Rico); en la diáspora: Bernardo Vega, cuyas Memorias editó el periodista y novelista César Andreu Iglesias; los periodistas Antonio Gil de La Madrid y Alfredo López; así como los poetas Emilio Pagán García, y Julia de Burgos. A ninguno de estos le erigieron fronteras los escritores residentes en Puerto Rico, aunque algunos hayan sido criticados como es usual y conveniente que suceda entre escritores. Lo que sí suele exigirse cuando de relatar la Historia se trata, es documentar adecuadamente, norma que se supone se adopte por iniciativa propia en la práctica del oficio o se adquiera en el rigor de la Academia.

Procede tener presente que “documentar” los relatos no es lo mismo que coincidir en sus interpretaciones. Por eso vemos que, al reseñar el popular libro Puerto Rico: Freedom and Power in the Caribbean, del escritor galés establecido en la Isla, Gordon K. Lewis, nos dice el historiador Manuel Maldonado Denis[18]:

Si algún defecto tiene el libro ―y yo creo que los tiene― éste no radica en la “impertinencia” intelectual del autor; en él no encontramos ese tono condescendiente y paternalista que revela sin ambages la mentalidad del “colón” frente al país colonizado. Al contrario. El libro se halla escrito con sentido agudo de nuestra idiosincrasia, con una profunda simpatía y empatía por todo lo nuestro, y con una no menos significativa solidaridad con la causa de nuestra independencia nacional. En auténtica vena radical, el doctor [Gordon] Lewis ha ido a las raíces de nuestra condición de pueblo dependiente, contribuyendo así a la desmitificación de toda una serie de problemas que se hallaban cubiertos de la maraña urdida por los elementos interesados en perpetuar nuestra situación colonial. Alejado de la objetividad espúrea que es la marca de fábrica del “Establishment” sociológico norteamericano, el autor considera como su obligación pronunciarse en favor de una determinada fórmula política para Puerto Rico: la independencia. Su libro, documentado sólidamente, es una de las mejores defensas que se han hecho en pro de dicho ideal. Que haya sido un extranjero su autor es, no sólo un reflejo de nuestra realidad, sino testimonio elocuente de la bancarrota intelectual que padecemos.[19]

Aunque Maldonado Denis encontró que el libro de Lewis está “documentado sólidamente”, más adelante en su reseña discrepó de las “observaciones” de éste sobre Albizu y el Nacionalismo. Analizó el término “fascista” y afirmó que “la mera parafernalia [en alusión a las camisas negras de los Cadetes de la República] no convierte a un movimiento político en “fascista” o “comunista”. Afirmó que era “imperativo ir más allá de lo que se decía en la época sobre el movimiento nacionalista para no caer en errores básicos de perspectiva histórica” y agregó:

Asimismo es forzoso pedirle a un intelectual como el doctor Lewis mayor precisión en el uso de los términos. De otra parte, creo que el profesor Lewis no ha comprendido el carácter específicamente latinoamericano del nacionalismo de Albizu Campos, de ese mismo nacionalismo que representan en el campo intelectual Rodó, Darío o Vasconcelos, y en el campo de la acción aquel contemporáneo de Albizu Campos que se llamó Augusto César Sandino. Es éste un nacionalismo que mira con recelo hacia el Norte y ve al Sur como guardián de los valores espirituales. Su carácter conservador es consecuencia directa de su romanticismo y de su repudio del Roosevelt de la famosa Oda de Darío. Pero es el nacionalismo precursor de los movimientos de liberación nacional hoy emergentes en todo el Sur del Hemisferio. Sandino y Albizu Campos son precursores de Fidel Castro ―aun cuando hubiesen estado en conflicto con la ideología de éste.

Lebrón alude a la supuesta existencia de “viejas tensiones” entre “los escritores/intelectuales de la isla y los de la diáspora”, tensiones que en su opinión “incluyen la territorialidad, la desconfianza y el antagonismo, en lugar de la colaboración, que a menudo marcan el intercambio intelectual entre la isla y la diáspora […]”. Para Lebrón, las críticas al libro han sido caracterizadas por un “enorme nivel de escrutinio y hostilidad” de parte de “individuos” con interés desmesurado en “corregir [la] narrativa” del autor. Se trata meramente, según Lebrón, de intelectuales con “inversiones específicas” (léase “intereses creados”) en torno a cómo se narra la historia de Luis Muñoz Marín y de Pedro Albizu Campos, por lo que se empeñan en “desacreditar el libro y a su autor”. Mientras tanto, el documental en progreso que orgullosamente exhibe el título de Nuyorican Basquet [20] es un elocuente reconocimiento de la valiosa aportación de la diáspora boricua en Estados Unidos al desarrollo del baloncesto de hombres y un merecido homenaje a los talentosos baloncestistas denominados entonces “nuyoricans” sin carga negativa alguna, los que no sólo nos obsequiaron su peculiar estilo de juego, sino que en 1979 constituyeron nuestra selección nacional.

Además, Lebrón señala categóricamente que no hay fundamento alguno para “tomar en serio” las “correcciones” de los historiadores en la Isla pues, a su juicio, el propósito de esos historiadores es el de “cuestionar implícita y explícitamente el derecho de la diáspora a involucrarse en la política de la Isla”. Según la citada educadora universitaria, dos de esos historiadores se han autoproclamado “los protectores de la Verdad Histórica” al tiempo que proyectan al autor como un “astuto buscón [sly con-man, (sic)] de Nueva York” enfrascado en vender libros.[21] Su propósito, sostiene, es el de “mantener a la diáspora en su sitio, como quien dice ―o sea, fuera de la Isla, afuera”. En momento alguno dentro de su extensa apología y su catálogo de especulaciones insostenibles siquiera intenta Lebrón refutar punto por punto o siquiera selectivamente cada uno de los señalamientos de estricto contenido histórico que como estudioso de las luchas de Albizu  le he hecho al libro en lo que a este personaje histórico concierne. Tampoco ha intentado refutar los señalamientos, también de orden histórico, que ha hecho públicamente la escritora Margarita Maldonado Colón, nieta de otro de esos personajes de nuestra Historia, conocido como Águila Blanca.[22] Incluso ha optado por ignorar por completo, como lo han hecho muchos líderes independentistas puertorriqueños ―sobre todo, prominentes abogados―, el vínculo profesional del autor del libro con la firma de abogados Donovan, Leisure, Newton & Lombard que fundó en la ciudad de Nueva York William (“Wild Bill”) Donovan, iniciador de la OSS (Office of Strategic Services) y considerado “el padre de la CIA”. En ese bufete prestó servicios también, entre 1947 y 1950, William Colby, director de la CIA entre 1973 y 1975.[23] En 1950 Colby dejó el bufete de Donovan para ingresar en la CIA. Aunque estos datos históricos podrían cuando menos darles una voz de alerta a historiadores y a otros conocedores de la represión del independentismo puertorriqueño, Lebrón más bien insiste en su posición de que las críticas al libro se deben al prejuicio de los escritores de la Isla contra los “de afuera”, los de “la diáspora”, más aún porque el autor en cuestión es “mitad cubano”.

Por si fuera poco, Lebrón incluso le atribuye malas intenciones al hecho de que dos de esos historiadores escribieran sus comentarios, además, en inglés. Sus juicios previos le impiden pensar que el propósito de escribir los comentarios, además de en español, en inglés, haya sido para beneficio de aquellas personas de esa diáspora, compatriotas nuestros, que no dominan el español. Mientras insiste en imprimir en sus lectores la idea de que la diáspora boricua y sus compatriotas residentes en la Isla son enemigos, con esta alusión a la condición de cubano-boricua del autor del criticado y elogiado libro, Lebrón añade, prefiero suponer que sin proponérselo, un elemento que podría sembrar discordia, además, en la diáspora cubana hacia los boricuas de la Isla. A propósito de la diáspora cubana, concentrada en la provincia de la Florida, es de esperarse que su fragmentación por causas ideológicas se profundice luego de los significativos cambios del gobierno estadounidense en su política hacia Cuba, los que el sector conservador rechaza de plano y de los cuales el partido demócrata espera ser uno de los directos beneficiarios. Toda vez que Lebrón opta por no ofrecernos los fundamentos de sus espectaculares afirmaciones, las mismas no pasarán de ser una mera ristra de especulaciones introducidas en su escrito a puros marronazos. Está por verse cómo habrán de figurar en el andamiaje los recién autodenominados “diasporicans”.

Cito a continuación a Lebrón sin traducirla al español de modo de conservar intactos el talante y el tono con los que opta por implicar que tanto los escritores de la Isla que hemos criticado el libro aludido como los periodistas que han estado documentando el período que el mismo cubre, padecemos de una especie de complejo de inferioridad. Afirma Lebrón:

Despite the flaws in Ferrao and Aponte Vázquez’s approaches towards Denis, it is important to note that scholars from the island are routinely marginalized by U.S.-based academics and journalists who often rely almost exclusively on U.S.-based Puerto Ricans as “experts.” Perhaps we can understand Ferrao and Aponte Vázquez’s reactions to the unquestioned acclaim of War Against All Puerto Ricans as a frustration over the fact that island-based scholars and journalists who have been documenting this period in Puerto Rican history have received scant attention outside of Puerto Rico. And indeed, island-based scholars hoping to break into the mainstream U.S. publishing market would most likely not be forgiven for making some of the errors that Denis makes in his book. In this sense, it is easy to understand some of the anger and frustration emanating from island-based intellectuals, which forces us to ask how we in the diaspora might contribute to the marginalization of island-based Puerto Ricans by not working to amplify their voices as knowledge producers. Nonetheless, it is unfortunate that Ferrao and Aponte Vázquez draw attention to Denis’ errors in a way that attacks Denis’ subjectivity in order to reassert their own expertise.

En fin, negar que hayan existido y hasta que todavía puedan existir prejuicios y conductas discriminatorias hacia los boricuas “de allá” de parte de insensibles boricuas de la Isla sería tan ilusorio como descabellada es la arbitraria insistencia de los apologetas del susodicho libro en que no importa cuán documentadamente un escritor residente en Puerto Rico critique a un escritor boricua establecido en las entrañas del monstruo, su crítica se debe meramente a que está en contra de la diáspora boricua ―así como a un complejo de inferioridad. Semejante posición, venga de la calle o de la Academia, sólo logra sembrar discordia donde no exista y cultivarla donde haya germinado.

Ante la honda crisis económica, política y social que corroe a la nación boriqueña y profundiza el desasosiego entre los más vulnerables de sus miembros doquiera que estén, la solidaridad entre los presentes y los ausentes es tanto más necesaria. La dispersión, la desconexión, el apartamiento que la discordia y los antagonismos nos causen en el actual momento histórico, beneficiarán solamente a la clase dominante estadounidense. #

[1] En adelante, el término “Estados Unidos” se refiere a Estados Unidos de Norteamérica.

[2] Jorge Duany, “Juan Flores y los ‘diasporicans’”, en “Punto Fijo”, http://www.elnuevodia.com/opinion/columnas/juanfloresylosdiasporicans-columna-9882/, 10 dic 2014. Accedido en 1ro dic 2015. Duany atribuye el neologismo a la poeta María Teresa Fernández.

[3] http://www.elnuevodia.com/opinion/columnas/florirricansencrecimiento-columna-2111621/, 14 oct 2015. Accedida en 1ro dic 2015.

[4] Véase: Pedro Aponte Vázquez, The Unsolved Case of Dr. Cornelius P. Rhoads: An indictment. San Juan: Publicaciones RENÉ, 2005.

[5] Véase: Pedro Aponte Vázquez, ¡Yo acuso! Y lo que pasó después. San Juan: Publicaciones RENÉ, 2008, edición ampliada.

[6] Véase: Pedro Aponte Vázquez, Locura por decreto: El papel de Luis Muñoz Marín y José Trías Monge en el diagnóstico de locura de don Pedro Albizu Campos. San Juan: Publicaciones RENÉ, 2005, 2da edición, ampliada.

[7] <http://www.latinorebels.com/2015/05/26/histeriografia-de-la-primera-venida-war-against-all-puerto-ricans/: (Extraído en 23 nov 15. Subrayado nuestro).

[8] Ibid.

[9] Véase: http://www.enciclopediapr.org/esp/article.cfm?ref=06082920. Accedido en 27 nov 2015.

[10] “Claridad bilingüe, Introducción”, Claridad, 14 julio 2009. http://www.claridadpuertorico.com/content.html?news=7B1581F6304856266FC99C288EB0DECD. Accedido en 28 nov 2015.

[11] https://www.youtube.com/watch?v=_eS8LzJoQR8

[12] Así lo demuestran los nexos con el congresista de ascendencia italiana Vito Marcantonio y con el partido comunista de Estados Unidos. Un informe confidencial dirigido a Hoover el 29 de di­ciembre de 1943 cita textualmente en toda su extensión un mensaje de solidaridad con Albizu, Juan Antonio Corretjer y el Pueblo de Puerto Rico, que apareció publicado en la edi­ción del 19 de junio de 1943 de Pueblos Hispanos, bajo las firmas de William Z. Foster y Earl Browder, Presidente y Secretario General, respectivamente, del Partido Comunista de Estados Unidos. Indicó el autor del informe que dicho artículo demos­traba la “estrecha conexión” entre ambos partidos. Pedro Aponte Vázquez, Albizu: Su persecución por el FBI. San Juan: Publicaciones RENÉ, 3ra ed., 2010, pág. 54.

[13] Comenzó a circular en marzo de 1972. Véase: Digna Sánchez, “Claridad bilingüe: la voz de la diáspora Boricua en lucha en ‘las entrañas’”, en Claridad, 14 julio 2009. http://www.claridadpuertorico.com/content.html?news=7B129A9D304856266F6327AE520F4B47. Accedido en 28 nov 2015.

[14] Maritza Arrastia, “Las amanecidas de Claridad bilingüe”, Claridad, 14 julio 2009.  http://www.claridadpuertorico.com/content.html?news=7B0DA8BF304856266F544370929ABD55.   Accedido en 28 nov 2015.

[15] <http://www.80grados.net/war-against-all-puerto-ricans/> (Accedido en 23 nov 2015. Subrayado nuestro).

[16] Véase: http://pedroapontevazquez.com/guerra-contra-quien/ y http://pedroapontevazquez.com/sobre-la-novela-guerra-contra-todos-los-puertorriquenos/

[17] Marisol Lebrón, “Diaspora, Insular Expertise, and the War Over War Against All Puerto Ricans”, <http://larespuestamedia.com/diaspora-war-ricans>. Accedido en 20 nov 2015.

[18] Maldonado Denis fue profesor de Ciencias Políticas y Director de la Revista de Ciencias Sociales, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Puerto Rico. En su libro, Lewis se autodenominó “impertinente” por escribir sobre la historia política de Puerto Rico.

[19] Gordon K. Lewis, Puerto Rico, Freedom and Power in the Caribbean (New York: Monthly Review Press, 1963), 626 págs. http://rcsdigital.homestead.com/files/Vol_VIII_Nm_2_1964/Maldonado.pdf, pág. 201. Obtenido en 26 nov 2015. Subrayado nuestro.

[20] Véase: <http://centropr.hunter.cuny.edu/centrovoices/current-affairs/nuyorican-basketball-Puerto-rico-game-changing-documentary>. Accedido en 1ro dic 2015.

[21] Me abstengo de refutar cada una de las afirmaciones de Lebrón contra mi persona. Dejaré que mi labor de investigación histórica lo haga por mí.

[22] Comentarios colgados en su página de Facebook, 19 julio 2015.

[23] http://www.nytimes.com/1996/05/07/us/william-e-colby-76-head-of-cia-in-a-time-of-upheaval.html?pagewanted=2. Accedido en 2 ene 2015.