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The Unsolved Case of Dr. Cornelius P. Rhoads: An Indictment

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Did Doctor Kill 8?

Did doctor kill 8Find out who was “Ferdie” and see abundant references to the full record of the cover-up, the Rockefeller Foundation’s role in it, and much more in: http://www.lulu.com/…/the-u…/paperback/product-18863705.html

News item: New York Daily News, Sunday, June 20, 1982.

 

Me lanza lodo apologeta de Nelson Denis

El ciudadano presuntamente puertorriqueño Eduardo Alberto González-¿? sale en defensa del político neoyorkino Nelson Denis ante las fundamentadas críticas que como escritor he hecho del contenido de su libro y, aunque indica en su página de Facebook ser una persona con especializada formación académica universitaria, recurre a ello mediante la vulgar técnica del lanzamiento de lodo.

A Eduardo no sólo le disgusta mi selección del contenido hacia el cual llamo la atención de los lectores, sino que me condena por haber sido premiado para estudiar en la Universidad de Fordham con una beca de la Fundación Rockefeller, entidad que yo mismo luego expuse ante el mundo como una de las encubridoras de los asesinatos que cometió en Puerto Rico el asesino en serie Cornelius P. Rhoads. Opta el defensor de Denis por omitir el hecho de que yo mismo di a conocer –en la contraportada de uno de mis libros sobre el caso– que esa Fundación me otorgó una beca a través de Aspira de América, Inc. cuando todavía no sabía yo del papel de la Fundación en el caso Rhoads. De ese modo, Eduardo deja la impresión de que es un dato secreto que él y los suyos acaban de descubrir. (Lo que no he publicado hasta este momento es que obtuve esa beca como resultado de competir con miles de solicitantes de P. R. y todas las provincias de Estados Unidos).

Cuando expuse ese caso y a sus encubridores en febrero de 1982 por medio de la Revista del Colegio de Abogados de Puerto Rico, Nelson Denis ya era abogado, pero guardó silencio a pesar de que el asunto fue noticia en el diario Daily News de la ciudad de Nueva York, donde nació, se crió y estudió. Ahora en el 2015, Nelson Denis volvió a dejar afuera a esa Fundación en el libro que Eduardo defiende con sus bajunos ataques personales. Por supuesto, es comprensible que Denis guarde silencio, pues se trata de una muy influyente entidad con sede en esa ciudad donde él se desempeña como político electoral.

Por carecer de argumentos de persona inteligente con los cuales refutar mis señalamientos en torno al contenido del notorio libreto de Denis, Eduardo recurre a catalogarme de “vago profesional”. Si él se refiera a los años de desempleo que tuve como consecuencia de la persecución política de la que fuimos víctimas tantos independentistas, resulta evidente que le queda mucho que aprender sobre la historia política de nuestra patria durante las décadas entre los 60 y los 90. Por otra parte, si dedicarse alguien a escudriñar documentos viejos y a entrevistar de verdad a fuentes confiables a las que luego cita e identifica y a compartir por todos los medios posibles los hallazgos de sus investigaciones es ser “vago profesional” no hay duda de que lo soy.

Desconoce Eduardo Alberto González-¿? los resultados que trajo mi investigación del caso Rhoads. “¿Qué resultados reales trajo la investigación de Rhoads por Aponte-Vazquez?” se pregunta retóricamente. Algunos resultados, Eduardo, fueron el conocimiento que del mismo tienen hoy día miles de personas, incluyendo a aquellas que insisten en hacer creer que ese asesino no cometió los asesinatos que confesó. El propio Denis se nutrió de mis investigaciones. Además, corre de boca en boca mi teoría de que Rhoads fue el autor intelectual de la muerte de Albizu, asunto que llevé ante la ONU en 1984 y traje ante la opinión pública nacional. (Por cierto, ¿qué hizo o siquiera dijo sobre eso Denis?) Ambos asuntos son hoy de conocimiento internacional gracias a que los desenterré y a duras penas los publiqué. De no ser por mis investigaciones, Eduardo, ni tú ni tu amigo siquiera mencionarían a Rhoads ni la irradiación de Albizu.

Finalmente, el hecho de que ni Rhoads ni la Fundación “pagaron” por sus crímenes se debe a la conspiración que surgió para su encubrimiento y a la renuencia del secretario de justicia de Puerto Rico de seguir adelante con la investigación luego de que por solicitud y a insistencias mías reabrió el caso cuando todavía vivía uno de los cómplices.

Fallaste, Eduardo; tu lodo no me alcanza.

¿Historiador?

El historiador y ex coronel del ejército Héctor Andrés Negroni ha dicho aquí que el caso del médico y ex coronel del mismo ejército Cornelius P. Rhoads fue debidamente investigado por la autoridades y médicos de aquella época y “no se descubrio ninguna evidencia de que el Dr. Rhoads había exterminado a ningun puertorriqueño”.

Agregó que “el Doctor Rhodes [sic] dijo que escibio la carta cuando estaba borracho y furioso porque le habian vandalizado su automobil. (Citado textualmente). Luego me dijo que su fuente de información para llegar a esas conclusiones fue “wikipedia.org”. Le dije que esa fuente no era confiable, “al menos no para este asunto” y le sugerí leer The Unsolved Case of Dr. Cornelius P. Rhoads: An Indictment.

Le dije que las fuentes principales de ese libro son documentos del equivalente de Departamento de Justicia de P. R. así como de la propia Fundación Rockefeller y de la American Philosophical Society y responde el historiador Negroni, sin haber leído el libro y sin haber examinado mis fuentes: “pedro Aponte. Yo no confío de tus fuentes. El hecho de que no fue procesado apoya mis fuentes. Todos pueden tener opiniones pero los hechos no mienten”.

Ese historiador es el mismo que dijo en su Historia militar de Puerto Rico, publicada por el Instituto de Cultura de P. R., que en el ataque a La Fortaleza murieron “todos” los Nacionalistas que participaron (pág. 455).

THE UNSOLVED CASE OF DR. CORNELIUS P. RHOADS: AN INDICTMENT

Foreword

This work began to unfold in 1978 on the very moment that my co-worker J. Ramón Olmo-Olmo gave me what he believed was the manuscript of a letter in which an obscure North American physician nicknamed “Dusty” boasted about killing people in Puerto Rico. I worked then as a journalist in community relations functions for the National Puerto Rican Forum in New York and was contemplating quitting –which I promptly did– on account of having observed what seemed to me to be illegal administrative practices.

Once unemployed, I was free to dedicate myself to finding out what was the story behind “Dusty”. From there on, I had the benefit of the splendid services of the New York City Public Library System as well as those of the Colección Puertorriqueña of the José M. Lázaro Library of the University of Puerto Rico at Río Piedras; the Puerto Rico National Archives; the Manuscript Division of the Library of Congress, and the Rockefeller Foundation Archive Center.

While still in New York, Brooklyn College professor Antonio Nadal couldn’t help getting involved in my efforts to find out who was “Dusty” and the other persons the physician refers to in his infamous letter and what he had actually done in Puerto Rico. His enthusiasm was an asset to me in this process.

Insofar as Olmo-Olmo had told me that the Puerto Rico Nationalist Party had taken custody of the original document, I wanted to know what had been that party’s role in the matter. Fortunately, I was able to find at his home in Puerto Rico the very person who had brought the letter to Nationalist Party president Pedro Albizu-Campos and had the privilege of listening to his version of the events. Subsequently, his family has been very supportive of my continuous research and, on his death, bestowed upon me the privilege of  his eulogy.

The Revista del Colegio de Abogados de Puerto Rico, a legal journal of the Puerto Rico Bar Association, published in 1982 the findings of what I consider the first stage of my investigation, the one I carried out in the City of New York. Its editor then was University of Puerto Rico law professor and historian Carmelo Delgado Cintrón.

Then, the news media, specially El Vocero, The San Juan Star, and weekly Claridad, complemented the coverage of this historical and tragic episode in Puerto Rican history and thus made it possible for a real cross-section of Puerto Rico’s population and others beyond, to be properly informed during the course of the investigation. I was able to spread my findings also by means of radio and television interviews.

Today, this matter has come to the attention of the scientific community in the United States due to the fact that the American Association for Cancer Research (AACR) was forced to remove Dr. Cornelius P. Rhoads’s name from an award it had established in his honor. Insofar as the AACR has chosen to hide this fact from the rest of the population there by keeping it away from the news media, I have updated this English version, originally written around 1982, for the benefit of those who are not able to read Spanish.

When I thought I had finished gathering all the pertinent data on the subject, I learned of the existence of very important documents through the bibliography contained in an essay by historian Susan Lederer, of Yale University School of Medicine, discussed herein. Through the excellent professional services of Robert S. Cox, curator of the American Philosophical Society Library, I was able to examine not only the documents Lederer cited, but some more I didn’t know about.

Librarian Evangelina Pérez, of the School of Natural Sciences of the University of Puerto Rico at Río Piedras, diligently sent me a copy of a very important article I requested by mail, but after she went on vacation, acting librarian Julia Vélez refused to send me a second one consisting of a single page. Ms. Vélez told me in no uncertain terms that it was against the prevailing norms to mail copies of documents out to authors who are not employed by that public institution and gave me unsolicited advice on how to improve my working habits. I hope that the University of Puerto Rico some day reviews the policies of its Libraries System and adopts uniform measures that don’t even give the slightest impression of being unfair to independent researchers. This should include giving appropriate attention to the Digitalization Project of the enormous collection of photos it acquired from El Mundo daily after it folded.

Despite the support of the persons I have mentioned and still others in conducting this research and making this book public, I am, of course, absolutely responsible for its conclusions and assertions.

 

Pedro Aponte-Vázquez

San Juan

 

Deficiencies regarding the Rhoads case in Nelson Denis’s book WAAPR

Here are my comments about the few lines in which Nelson Denis barely covers the historical Rhoads case, a case which, in my opinion,was one of the events that exerted heavy influence upon the Nationalist Party of Puerto Rico’s decision to discard the electoral polls and resort instead to armed struggle. I expressed my views on this matter 30 years ago in “El partido Nacionalista y la lucha armada” (Claridad, 22–28 febrero 85, pp. 16-17). 

On page 34 Denis says that […] “Dr. Cornelius Rhoads arrived in Puerto Rico and made a brilliant career move”. Let’s divide this apparently innocuous statement in two parts. The first one, “Dr. Cornelius Rhoads arrived in Puerto Rico” does not say the reason for him coming; when he arrived; with whom; and under what circumstances. Thus, it omits important details. Such details are important because he was sent here with other researchers to conduct experiments with humans by none other than the notorious Rockefeller Foundation (RF), a politically influential entity based in the City of New York.

Those who have read The Unsolved Case of Dr. Cornelius P. Rhoads: An Indictment, as Denis himself has, know that there is ample evidence supporting the fact that the RF played a prominent role in the process of whitewashing the murders Rhoads committed. Of course, it is not PC for a politician involved in New York politics to expose the RF’s role in such delicate issue, a matter that even sprinkles Theodore Hesburgh, as the book mentioned above shows.

The date of his arrival is important in reference to ND’s fantastic allegations regarding the cause of the throat cancer that indeed caused Águila Blanca’s death, for at the time when Denis claims that Rhoads injected him with cancer, the serial killer had not been sent to Puerto Rico yet for the purpose of replicating here the anemia research that others had done in California. However, I have known for decades that Nationalist militants long ago strongly suspected that Rhoads had caused Águila Blanca’s cancer and subsequent death, but it has not been possible to responsibly assert that such was the case.

As to the second part of the statement, it must be connected to the one at the end of page 36, where Denis says that “Many Puerto Ricans, to their astonishment, realized that ‘exterminating eight Puerto Ricans and transplanting cancer into several more’ had been an excellent career move for Rhoads in the long run.” Keep in mind that coming to do research in P. R. was not a career move of his choice. So, on the basis of what does this author make this assertion? Is it a figment of his imagination? It seems to derive from the following quote from The Unsolved Case of Dr. Cornelius P. Rhoads: An Indictment, p. 19, where I say: “Colonel Cornelius P. Rhoads earned so much prestige in the scientific community through his involvement with the Rockefeller entities and the military establishment after literally getting away with murder, that the American Association for Cancer Research (AACR) instituted in 1979 an award on his name with money donated by an entity that, contrary to what is customary, requested and was granted anonymity”.

Furthermore, in my story “Carta de un abuelo” (Pedro Aponte Vázquez, Transición. San Juan: Los libros de la iguana, 2010, pp. 49-56), the protagonist says: “En el curso de mis investigaciones, me refiero a las que hice durante mis años con el FBI, me enteré de que él se entregó de lleno a su nueva encomienda y de que estaba bastante orgulloso cuando al final el Ejército le otorgó la Legión del Mérito por diseñar nuevos medios de matar enemigos por medio de compuestos químicos. A él no le cabía la menor duda de que tan importante reconocimiento le había abierto las puertas a los subsiguientes proyectos altamente secretos de nuestro Gobierno, pues no había duda en su mente calculadora de que  el impactante asunto de hecho había aumentado su prestigio ante la comunidad científica”.

Denis goes on to say on page 35 that “On the night of November 10 , 1932, Rhoads got drunk at a party. He emerged to find his car stripped and the tires flat. When he returned to his lab that night, in a foul mood and still drunk, he scrawled a note to a friend named Fred Stewart, who was a medical researcher in Boston”. These data (except for the fact that the letter was addressed to his friend Fred W. Stewart), are false. There is no evidence whatsoever to that effect, but rather to the contrary. (See: The Unsolved Case of Dr. Cornelius P. Rhoads: An Indictment, pp. 57-58). Moreover, Rhoads did not “scrawl a note”. He wrote a quite thought out and well written letter. The choice of words can’t have any other intention in this instance than to diminish the significance of the letter’s content, most of which Denis chose to omit.

Also on page 35, Denis quotes a segment of the letter and his source is the worst one available. In The Unsolved Case of Dr. Cornelius P. Rhoads: An Indictment, (pp. 132-133, 153-154) I say on pages 153-154: “Let’s turn to Dr. Truman R. Clark, who is among the worse sources ever –perhaps even the worst– on the Rhoads affair and whom Briggs mentions as one of those who ‘read parts’ of her book. He is one of those researchers who have disseminated the convenient version according to which Rhoads’s confession of murder was only a ‘playful composition’ written for his solace and entertainment, and that he ‘discarded’ the note only to be found in a waste basket by one of his ‘servants’. But Clark was not to allow anyone ever to even come close to surpassing his creativity and asserted, in anticipation, that Rhoads ‘wrote fictitious letters expressing the anti-Puerto Rican sentiments of some continental residents he knew, intending to use the material some day in a novel’ – a plot that escaped even Ivy Lee’s fertile imagination.”

On that same page 35 Denis says that “copies [of the letter] were sent to…” but he does not say by whom. It was the Nationalist Party who sent them.

Then Denis says on that very page, without mentioning his source: “Rhoads called his letter ‘a fantastic and playful composition written entirely for my own diversion’. His peers laughed along with him.” This last statement, that “his peers laughed along with him”, is Denis’s pure invention. It may have originated in my story, “Carta de un abuelo” mentioned above, in which the abuelo says: “Los agentes que vimos la carta estábamos sorprendidos por el hecho de que a él ni siquiera lo interrogaron y mucho menos lo acusaron, luego de la genial  coartada que le envió por cable desde Nueva York al Gobernador alegando que la carta en realidad no era una carta, sino meramente una parodia que había escrito para su propio y personal entretenimiento. Ese ardid permaneció por años como motivo de incontrolables risas en El Negociado”. 

 

A Debate la Muerte de Pedro Albizu Campos

Entrevista a Investigador

Por Cándida Cotto

(Claridad, 18 al 24 de octubre de 2007, páginas 4 y 5)

A raíz de la revelación hace una semana por la agencia de noticias Prensa Asociada (PA) de que el Gobierno de Estados Unidos “contempló” el uso de sustancias radioactivas para asesinar a figuras importantes catalogadas como enemigas durante los años de 1948 a 1954, el tema sobre las circunstancias de la muerte de Albizu Campos y su investigación ha vuelto a la conciencia colectiva y al debate público.

Para Pedro Aponte Vázquez, investigador de la muerte del maes­tro Pedro Albizu Campos, está más que confirmado que el máximo líder nacionalista murió como consecuencia de la exposición a la radiación atómica, mientras estuvo encarcelado en la cárcel La Princesa entre 1950 y 1953.

Rhoads “autor intelectual”

Entrevistado sobre si la información divulgada por PA puede abonar al caso de Albizu Campos, Aponte Vázquez hizo una serie de aportaciones aclaratorias. El historiador y educador indicó que, en primer lugar, es necesario establecer la existencia del médico norteamericano Cornelius P. Rhoads y el papel que desempeñó en la muerte de Albizu. “Yo le atribuyo a Cornelius Rhoads el papel de autor intelectual de las torturas con radiación a las cuales Albizu fue sometido de acuerdo con sus testimonios, con otros testimonios de aquella época y con pruebas objetivas. El Dr. Rhoads, quien estudió medicina en la Universidad de Harvard para la misma época en que Albizu estudiaba leyes, vino a Puerto Rico en el 1931 para hacer unos experimentos sobre la anemia, estudios que, dicho sea de paso, nada tenían que ver con radiación. Mientras está aquí es que escribe la carta que ya todos conocemos. Albizu lo denuncia ante el mundo luego de una investigación que hizo el Partido Nacionalista y así Rhoads se convierte en enemigo acérrimo de Albizu”.

La carta a la que se refiere es la que el Dr. Rhoads le escribió en noviembre de 1931a su amigo Fred Waldorf Stewart, alias “Ferdie”, en la cual expresa su menosprecio por los puertorriqueños y confiesa que ha asesinado a ocho personas y les ha trasplantado el cáncer a “varios más”.  Los datos de cómo Albizu Campos obtiene la citada carta, las gestiones de Albizu para que se investigara y cómo el gobierno de Puerto Rico amapuchó el caso están detallados en el libro Crónica de un encubrimiento: Albizu Campos y el caso Rhoads (1992) y con muchos más detalles en The Unsolved Case of Dr. Cornelius P. Rhoads: An Indictment (2004). Los actos de genocidio de Rhoads fueron denunciados de manera enérgica por el Partido Nacionalista tanto en Puerto Rico, como en Estados Unidos y Latinoamérica. En estos libros también se documentan las maniobras que llevaron a cabo el Instituto Rockefeller para Investigaciones Médicas y la Fundación Rockefeller para encubrir los asesinatos que Rhoads confesó haber cometido, ya que fue esa fundación la que lo envió a Puerto Rico a hacer sus experimentos.

A raíz de la denuncia y de haber dejado en evidencia ante el mundo los asesinatos que cometió Rhoads, en opinión de Aponte Vázquez, “no hay que buscar nada más, desde ahí existe una profunda enemistad entre  Rhoads y Albizu”.

 Del ejército a la Comisión de Energía Atómica

Luego de este episodio, el historiador coloca al Dr. Rhoads en el escenario de la Segunda Guerra Mundial. “Aquí, aunque Rhoads todavía sigue vinculado con los Rockefeller  a través del Memorial Hospital en Nueva York, ingresa en el Cuerpo Médico del Ejército como coronel. Ahí se destaca en el desarrollo de la guerra química y por esas aportaciones al desarrollo de la guerra química recibe la medalla de la Legión del Mérito del Ejército. Al recibir este reconocimiento de prestigio por sus contribuciones a cómo utilizar elementos químicos para matar, entra en la comunidad científica en un nivel de mayor jerarquía como es la Comisión de Energía Atómica de EU (CEA), para la cual actúa como asesor médico.

“En la CEA forma parte de organismos internos que tienen que ver con el uso de la radiación, con otorgar permisos a instituciones educativas de investigación y otras que pueden ser entidades comerciales que usan isótopos radiactivos. También ahí había un comité que llamaban de armas especiales y bajo ese programa de armas especiales es que, según el cable de PA, establecen el asunto de la utilización de la radiación, primero por el Ejército como arma de guerra y luego por la CIA a partir del 1948 como un arma para eliminar individuos, ya no en combates colectivos, sino para la eliminación física de personas destacadas, prominentes, contrarios en ideología, considerados enemigos. Ahí entonces sigue habiendo razón para ver a Rhoads como autor intelectual y ahora no sólo contra Albizu, sino genéricamente contra otras personas. Además, se ha sabido que Rhoads hacía experimentos de radiación con humanos para el ejército de su país”.

Hay que recordar que la CEA promovió y auspició experimentos de radiación de diversas índoles lo mismo con pilotos de aviones de guerra, con soldados de infantería, e incluso mujeres embarazadas y niñas y niños con discapacidad mental. El lector debe recordar además que entre estos experimentos están los de radiación y de agentes defoliadores en el Yunque.

El historiador aclaró que los experimentos con radiación en humanos hay que separarlos del caso de Albizu.

“Esa es una de las conclusiones equivocadas, cuando se está hablando de la exposición de Albizu a la radiación siempre se cae en el concepto de experimentos. Con Albizu no hubo experimentación. No se debe seguir diciendo que fue un experimento. Una cosa es que ellos en el proceso de exponerlo a la radiación con fines de causarle la muerte lentamente y supuestamente sin dejar rastros, al menos rastros visibles, puedan obtener datos de utilidad,  puedan derivar conocimientos, pero el propósito no es ese. Con Albizu no era un experimento, podían haber estado experimentando con otra gente y, en efecto, experimentaron con otros presos, pero en el caso de Albizu no se trataba de experimentar, se trataba de una agresión con el propósito de eliminarlo físicamente del panorama, causarle la muerte, asesinarlo”, reiteró enfático.

 ¿Hay necesidad de prueba?

Ante la insistencia que expresan algunas personas de que se necesita prueba adicional  sobre la muerte del líder nacionalista, Aponte Vázquez apuntó que en su libro, ¡Yo Acuso! y en la secuela, ¡Yo acuso! Y lo que pasó después,  alude a pruebas científicas obtenidas por los nacionalistas en aquella época. Una de estas pruebas es el relato de la experiencia con el uso de un artefacto que se utiliza para detectar la existencia e intensidad de  radiación en un lugar o en una persona (geiger counter). En el libro se describe cómo se usó este artefacto en el cuerpo de don Pedro, su resultado positivo e incluso que se rompió debido a la intensidad de la radiación.  Otra prueba que se obtuvo fueron unas placas dentales que el nacionalista Manuel Caballer le hizo llegar a Albizu a La Princesa y luego fueron retiradas de allí y examinadas por una radióloga. La persona que las examinó dijo que las placas habían sido expuestas a radiación. Para el investigador estas son dos pruebas objetivas de mucho peso.

Otro episodio de la investigación de Aponte Vázquez es el relatado en torno a su conversación con el científico norteamericano Dr. Gordon Gould.

“Esta persona estaba haciendo un doctorado en física para el año de 1957 y como parte de los estudios para su tesis encontró que se podía hacer lo que ahora ha derivado en los rayos Láser, término que el propio Gould acuñó.  LASER quiere decir “Light Amplification by Stimulated, Emisión of Radiation”. (En español, Ampliación de la Luz por la Emisión Estimulada de la Radiación).  Mientras hacía su tesis, Gould asistía a un grupo de estudio del marxismo, al cual asistían puntualmente dos agentes del FBI. Debido a que Gould, además de estudiar, trabajaba parte de el tiempo con una entidad vinculada con el Departamento de Defensa, al saber el FBI que está en ese grupo, le hacen un allanamiento y le llevan todos sus papeles que tienen que ver con los rayos Láser”.

Aponte Vázquez señaló que le consultó por teléfono a Gould si un aparato de medir radiación como el contador geiger se rompería si se le aplicaba a una persona que hubiera sido expuesta a altas dosis de radiación. El científico le contestó en la afirmativa y que dependía  de la calidad del aparato y de la cantidad de radiación que estuviera presente. Aponte Vázquez añadió que Gould “desafortunadamente no quiso seguir hablando del asunto, probablemente porque tuvo momentos muy difíciles desde el allanamiento de su morada y la incautación de sus papeles por el FBI”.

El historiador, graduado de la Universidad de Puerto Rico y la de Fordham, reiteró que ha investigado las causas de la muerte de Albizu con esmero y que obtuvo testimonios y documentos de varios nacionalistas con quienes compartió durante varios años, algunos ya fenecidos. Entre otros mencionó a don Pepe Rivera Sotomayor, doña Rosa Cortez de Collazo, don Erasmo Velázquez Olmedo, Manuel Caballer, doña Isabel Rosado Morales, doña Juanita Ojeda Maldonado, Carmín Pérez, don Paulino Castro Abolafia, José “Ñin” Negrón y la pacifista Ruth M. Reynolds. De este grupo sólo sobreviven doña Isabel y Caballer. Existe, además, el testimonio de la puertorriqueña Herminia Rijos, también fenecida, quien vino de vacaciones de Nueva York y aprovechó para visitar a don Pedro “por curiosidad”, pues no era nacionalista. Su conmovedor testimonio aparece también en el libro, Yo acuso y lo que pasó después.

“La investigación está hecha y los datos recopilados me han llevado a concluir que Albizu fue expuesto a la radiación de alguna substancia radiactiva de una vida media relativamente corta, de algunos meses, que le fue administrada subrepticiamente. Datos no han faltado, lo que no ha habido es la voluntad para echar esto pa´ lante”, reiteró en relación a fijar responsabilidades. Recordó que “durante la presidencia del Colegio de Abogados del licenciado Héctor Lugo Bougal, se aprobó una resolución para respaldar una investigación científica interdisciplinaria por parte de una comisión creada por el Colegio de Abogados, pero la familia Albizu Meneses se opuso a la exhumación del cadáver y el Colegio de Abogados, bajo la presidencia de la licenciada Nora Rodríguez, disolvió la comisión que ya había creado.

El historiador obtuvo copia del expediente del FBI sobre don Pedro en el 1988 mediante el “Fredom Information Act”.  De los hallazgos en estos documentos es su libro, Albizu:  su persecución por el FBI

Aponte Vázquez advirtió sobre lo que describió como una  “impresión errónea” en torno  a la poca o ninguna utilidad que algunos atribuyen a los documentos que tienen tachaduras, como los del FBI. Reiteró que su libro sobre la persecución de Albizu por el FBI está basado en el expediente de esa agencia y contiene 300 páginas en las que resume 20 carpetas. “Ahí hay información importante que no se conocía, así como muchísimos datos conocidos sólo por algunos nacionalistas y, por supuesto, por los propios protagonistas”. Al insistir en que estos documentos sí son útiles dijo que suele ocurrir que puede haber una tachadura en una página y más adelante aparecer el segmento que estaba tachado con la información sin tachar. Dijo que hay que fijarse en el tamaño de la tachadura y en el contexto, “hay que examinar todos los documentos del expediente – no una muestra — y hacerlo con detenimiento; nada de prisa”.

¿Qué elementos todavía quedan por esclarecer sobre la muerte de Albizu Campos?

Ninguno. Ya el pueblo está convencido de que esto sucedió, la mayor parte del pueblo, la gente común y corriente, los estudiantes universitarios en general, están convencidos. He tenido la experiencia de personas que me hablaban cuando estábamos vendiendo los libros (se refirió a él y a su esposa Judith)  que no sabían que soy el autor y me decían en referencia a Albizu ‘a ese señor lo mataron con radiación’ y me hablan de los hallazgos que he divulgado. Además, me hablan del caso Rhoads. Eso me causa una gran satisfacción. Eso es lo que yo quería que sucediera cuando comencé a usar el periodismo para la investigación histórica, que la gente me hablara a mí de eso, que fuera algo de lo cual la gente me hablara y ya no yo a la gente. Es decir que, en realidad, en términos prácticos, ya no hay necesidad alguna de investigar. Esto me recuerda el título de una columna de don José Antonio Torres Martinó en alusión a la admisión del Departamento de Energía de Estados Unidos en diciembre de 1993 de que la CEA había estado experimentando con radiación en humanos. ‘Cuando lo dice el americano sí se puede cre­er’ fue el título sarcástico de su columna, publicada en El Nuevo Día el 30 de marzo de 1994. Ahora le tomo prestada su jíbara afirmación para aplicarlo a la nueva admisión del gobierno de Estados Unidos y digo: Cuando el americano habló, ya el Pueblo había hablado”.

“Comencé la investigación alrededor de 1980, luego de la del caso Rhoads. Mi propósito principal era encontrar qué pasó y divulgarlo, pero a la vez quería que la gente se fuera enterando según iba encontrando datos, por eso es que he publicado consistentemente artículos [de periódicos y columnas a lo largo de los años. Gran parte de esos escritos han sido publicados en Claridad, pero los hay también en otros medios. El primer artículo que escribí y con el cual comencé mi campaña de divulgación, de título ‘¿Asesinó Rhoads a Albizu?’ lo publicó Claridad en enero de 1983].#

El texto entre corchetes no apareció por error en el reportaje y Claridad lo publicó subsiguientemente.

ALBIZU COMO PERSONAJE LITERARIO

 

Albizu como personaje literario

Ponencia presentada por invitación en la Primera Jornada Pedro Albizu Campos celebrada por la Junta Pedro Albizu Campos, Universidad de Puerto Rico, Recinto de Bayamón, 10 de octubre de 2014.

© 2014 Pedro Aponte Vázquez

Agradezco la invitación que la Junta Pedro Albizu Campos tuvo la cortesía de extenderme y felicito a sus fundadores por adoptar los propósitos que los llevaron a establecer esa patriótica entidad. Antes de entrar en el tema de “Albizu como personaje literario” les daré un breve trasfondo que servirá de vínculo con lo que habré de exponer.

Como algunos saben ―y muchos optan por ignorar―, a fines de la década de los años 70, autoexiliado en la ciudad de Nueva York, desenterré del olvido el caso del médico asesino Cornelius P. Rhoads. Subsiguientemente me dediqué durante décadas a localizar y examinar documentos, sobre todo de primera mano, que encontré en archivos y en bibliotecas, los que estudié detenidamente. Además, localicé en su residencia en Río Piedras a Luis Baldoni Martínez, el patriota que le llevó a Albizu la confesión de asesinato del doctor Rhoads; lo abracé, lo conocí, lo entrevisté y más de una vez lo visité. Luego de dar a conocer desde Nueva York mis primeros hallazgos en varios números de un boletín semiclandestino que bauticé con el nombre de El Postillón, publiqué en 1982 el ensayo “Necator Americanus: O sobre la fisiología del caso Rhoads”.

Poco después de empezar a exhumar esos restos históricos, asocié el caso Rhoads con la denuncia de Albizu de que en la cárcel La Princesa lo atacaban con “rayos electrónicos” de “gran precisión” (Aponte Vázquez, 1985, 10). En un artículo publicado en Claridad en enero de 1983 había expuesto la posibilidad de que Rhoads fuera el autor intelectual de la tortura de Albizu con radiación atómica, hipótesis que periodistas ajenos a estos hechos atribuyen al extinto Partido Nacionalista de Puerto Rico-Movimiento Libertador. En aquel momento opté por investigar el grave asunto y llevé ambas investigaciones simultáneamente.

Luego de poner un pie dentro del campo de la literatura con un drama bilingüe que titulé Park Avenue South, comencé hace unos diez años a internarme de lleno en la ficción, primeramente a través del guión cinematográfico, luego por medio del cuento y finalmente por medio de la novela, como medios adicionales de exponer los hallazgos de mis investigaciones. Es por esa razón que, aunque mi campo de acción ha consistido en aplicar el periodismo a la investigación histórica, he optado por hablarles sobre Albizu, no como personaje histórico, sino “como personaje literario”.

Historia y ficción

Aunque mi hábitat es la investigación y la concomitante divulgación de hallazgos, he reflexionado por algún tiempo sobre la práctica de utilizar en la literatura hechos debidamente documentados de nuestra historia política. Lo he hecho desde antes de internarme en el campo de la ficción, pero con más detenimiento desde que leí unas novelas que se distinguen por las distorsiones que propagan sobre Albizu y el caso Rhoads, mis dos áreas de estudio. Hablaré más adelante sobre esas obras, pero los invito a que antes entremos a considerar de paso un marco teórico. Éste es, cómo concibo los subgéneros de “novela histórica” y de “historia novelada” dentro del género literario llamado “novela”.

La novela histórica

Para mi concepto, la novela histórica no es otra cosa que la ficción entrelazada con historia. Es el resultado de la narración de sucesos imaginarios demarcados por las características de un período relativamente lejano del momento en que la escriben, aconteceres usualmente remotos que la magia de la literatura nos permite presenciar.

Es por eso que, para alguien escribir una novela cuyo tema es, digamos, la Revolución Francesa, debe nutrirse primeramente de datos sobre la cultura de la Europa de fines del siglo 18, lo que implica conocer sus características sociales, geográficas, políticas, económicas, e históricas. Sobre todo, necesita conocer esas características en torno a la Francia, así como a las causas, desarrollo y consecuencias de esa famosa revolución. Luego inventa los personajes principales que serán los protagonistas y antagonistas del conflicto que desarrollará, así como el resto de los personajes necesarios para darle vida a la trama. Es decir, que los escritores deben conocer lo suficiente del período histórico dentro del cual se desarrolla la novela que escriben, de modo tal que no excedan las limitaciones que impone el respeto que merece la Historia auténtica.

En el caso de una novela histórica en la que el tema sea, por ejemplo, la insurrección Nacionalista de 1950, excedería por mucho tales limitaciones decir, ya sea en la narración o a través de los diálogos,  que “Albizu Campos fue transferido [de la cárcel de Atlanta] al hospital Columbus luego de un ataque cardiaco” (Friedman, A. 149). Sería falso, además, decir que lo llevaron de esa cárcel a ese hospital con “las piernas hinchadas”; que allí “siempre estaba vigilado por un policía” y que desde que llegó lo estaban “inyectando con cosas” (Martínez Maldonado 107), pues sobre nada de eso hay disponible documentación alguna. Un excelente ejemplo de lo que debe ser un cuento histórico en el cual Albizu es protagonista lo encontramos en “Fragancia de rosas y jazmines” (Maldonado Colón) en el cual la autora expone de modo magistral, a través de un personaje auténtico, la genuina condición de salud del prócer poco después de ser expulsado de la cárcel La Princesa el 30 de septiembre de 1953.

La historia novelada

Por otra parte, tenemos lo que denominan historia novelada. Así como la novela histórica es la ficción entrelazada con historia, la historia novelada es la historia entrelazada con ficción. Es la narración de hechos históricos auténticos ―lo que la hace “historia”― complementada esa exposición con datos que el autor aporta de su propia creación por falta de información proveniente de la historia oral o de documentos auténticos ―de ahí que sea “novelada”, es decir, que tiene un toque de novela; un toque de ficción. Quien la escribe lo hace basándose en sus conocimientos y su interpretación de la auténtica historia, pero debe ceñirse a los hechos históricos.

Aunque en uno y otro caso es necesario que el autor, o la autora, según sea el caso, conozca en detalles los acontecimientos pretéritos sobre los cuales escribe, en la novela histórica ese conocimiento podría razonablemente limitarse a la ambientación del período objeto de la narración si las figuras históricas son meros personajes nominales. Ahora bien, es mi firme posición que en ambos subgéneros, quien escribe debe respetar la realidad histórica en la presentación de los hechos y, en especial, al exponer directamente a través de las descripciones e indirectamente por medio de los diálogos, los gestos y la acción de los personajes, los rasgos de personalidad de los personajes históricos.

Quienquiera que en una novela histórica aluda a características del pasado que resulten incompatibles, incongruentes, reñidos con lo que fue la realidad, evidencia desconocimiento de los hechos históricos pertinentes. Lo mismo podemos decir de quien en una historia novelada no sólo ubique a los personajes en lugares erróneos en el tiempo y el espacio, sino que encima presente rasgos ajenos y hasta contrarios a la conocida personalidad de las figuras históricas. Además, demuestran ese desconocimiento de acontecimientos históricos los críticos literarios que terminan despachando como excesivos aquellos diálogos cuyo contenido histórico no se han ocupado de conocer.

Desde luego, alguien podría alegar con toda sinceridad, pero sin justificación alguna, que hizo a un personaje histórico proyectar unos rasgos de personalidad que le son ajenos porque no estaba escribiendo Historia, sino literatura. Incluso podría alegar que lo hizo porque su propósito es inducir a los lectores a investigar la Historia y determinar qué es realidad en la obra y qué es ficción, lo cual es un fin legítimo de quien crea una historia novelada. Lo peor del caso podría ser que quien escribe, aunque conozca los hechos históricos auténticos, los distorsione con toda intención porque tenga una agenda oculta. A esos autores no les interesa impartirles autenticidad a sus personajes porque su interés es proyectarlos del modo que más convenga a sus propósitos.

Más aún, los editores, aquellos cuya función en las casas editoriales es escudriñar textos y, cuando procede, recomendarles a los autores modos de mejorar los mismos, deben estar atentos a las distorsiones y tergiversaciones de los hechos históricos y señalarlas. Por su parte, quienes tienen la palabra final en las editoriales deben abstenerse de publicar textos que contengan tales alteraciones aun después de los editores haber advertido sobre las mismas. Eso tal vez no es lo práctico, pero ciertamente es lo moral. De otro modo, unos y otros se convierten en cómplices del ultraje vil de la Historia, unos por ignorancia, otros por negligencia, y los más por mera indiferencia o por contubernio. En el caso de la figura de nuestros verdaderos próceres, así como de episodios y capítulos de nuestra lucha de liberación nacional, este asunto cobra aún más importancia debido a sus probables implicaciones políticas.

Ejemplos

Veamos un par de ejemplos. Últimamente, digamos, dentro de los pasados quince años aproximadamente, ha surgido interés en escribir literatura ―no siempre ficción― basada en el caso Rhoads, así como en Albizu y la insurrección de 1950. Dentro de ese contexto, hará unos seis años que Robert Friedman, un periodista estadounidense que fue reportero del diario The San Juan Star, vino de su país a decirnos que había publicado una novela de suspenso cuyo tema era el doctor Cornelius P. Rhoads. Dicho autor parte de la confesión de asesinato del doctor Rhoads, un suceso de importantes ―aunque ignoradas― implicaciones históricas que nace en 1931 y muere unos meses después, para desarrollar alrededor del mismo una intrincada madeja de eventos ficticios salpicados de escenas increíbles o, cuando menos, difíciles de creer.

Es un melodrama que comienza y continúa con graves alteraciones de importantes hechos de nuestra historia nacional que les crearán a algunos lectores nuevas dudas mientras a otros los enredarán en una vorágine de datos inventados que algunos, por ignorancia, darán por verídicos. Una grave tergiversación es el hecho de que, aunque en la realidad el fiscal José Ramón Quiñones fue uno de los principales funcionarios públicos corruptos que propiciaron el encubrimiento del caso, en esta novela aparece como el fiscal honesto que investigó las muertes, pero no encontró pruebas en contra del asesino confeso a pesar de estar disponibles los cuerpos de los delitos y una confesión manuscrita.

En esta novela, Albizu viene a ser un personaje de referencia. En la misma, un hijo ilegítimo que Rhoads en realidad no dejó en Puerto Rico, anda en busca del personaje histórico apodado “Ferdie”. Cuando lo encuentra, éste le “revela” en su ficticio lecho de muerte que Rhoads en verdad no asesinó a aquellos hombres, mujeres y niños a quienes él espontáneamente dijo por escrito que había asesinado. La insólita versión que el autor pone en boca de este personaje es que murieron por errores que Rhoads cometió. La novela tiende así a exonerar al asesino confeso y, por consiguiente, a hace ver a Albizu como un político oportunista más que mintió sobre el caso con fines puramente partidistas en medio de la campaña eleccionaria de 1932, en la que el Partido Nacionalista participó.

Por otra parte, aunque jamás ha habido serias alegaciones ni pruebas circunstanciales en el sentido de que Albizu fuera expuesto a irradiación ilegal ni a tortura de clase alguna en la prisión de Atlanta de la provincia estadounidense de Georgia ni en el hospital Columbus de Nueva York,  una recién publicada novela de suspenso nos dice que así fue.

El autor, ex presidente de la Junta de Directores del Instituto de Cultura Puertorriqueña durante la administración colonial de Sila Calderón, describe su novela como “obra de ficción basada en hechos reales” y a renglón seguido agrega que “cualquier semejanza de los personajes con personas vivas o muertas es pura coincidencia” (Martínez Maldonado 5). Además, nos advierte que los personajes, los principales de los cuales son don Pedro Albizu Campos y Cornelius P. Rhoads, “no necesariamente hicieron o dijeron lo que hacen o dicen en la novela” (Ibid.). Hechas estas “advertencia[s]”, mientras desarrolla la acción, el autor deja una estela de descripciones de Albizu que en conjunto terminan distorsionando su personalidad al presentarlo como un ser vacilante, indefenso, atemorizado y vengativo, que enloqueció debido a supuestas torturas sufridas en la cárcel de Atlanta.

¿De qué les valen a los lectores las advertencias que les hace el autor? Con advertirnos que Albizu “no necesariamente” hizo o dijo en la realidad lo que en la novela hizo y dijo, solamente nos dice que tal vez sí lo hizo y lo dijo, pero tal vez no. De igual modo, con implicar que “cualquier semejanza” del personaje nacionalista llamado Albizu con el verdadero Albizu nacionalista es “pura coincidencia” el autor, un reconocido nefrólogo, causa la impresión de que tiene en muy baja estima la inteligencia de sus lectores.

El Albizu de esta novela no sólo es un Albizu que en su lucha por la independencia de Puerto Rico solamente utilizó la violencia, contrario a la realidad histórica. El autor, de quien un crítico literario ha osado decir que “ha explorado como ningún escritor contemporáneo los acontecimientos que definieron y marcaron tres décadas del siglo XX en Puerto Rico, ese periodo que inicia en los años 30 y culmina en los emblemáticos 60’s” (Cana), va más allá y reescribe a su gusto aspectos fundamentales del período del confinamiento de Albizu en Atlanta, de las condiciones legales en las que sale de esa prisión y de su reclusión en el hospital Columbus. Con ello establece para los incautos algo que es políticamente conveniente para el Partido Popular Democrático (PPD) en este peculiar momento histórico: que fue allá en la metrópoli y no acá bajo la administración colonial de Luis Muñoz Marín y su PPD, donde el prócer sufrió torturas con radiación, asunto que hoy día corre de boca en boca.

Pero eso no es todo. Al final, los lectores estarán en la creencia de que el nefasto doctor Eduardo Garrido Morales quien “se había graduado del Medical College de Virginia y luego obtuvo un doctorado en epidemiología de la universidad de Johns Hopkins, con una beca de la Fundación Rockefeller” (Galenus), no fue el médico corrupto que manipuló metódicamente, día a día el encubrimiento de los asesinatos que Rhoads confesó, sino que actuó de un modo contrario. Incluso tendrán la impresión de que el doctor Cornelius P. Rhoads, a quien la Fundación Rockefeller envió a Puerto Rico en 1931, sí era abusivo y arrogante, pero probablemente no cometió los asesinatos que de su puño y letra se jactó de haber cometido sin que se lo preguntaran.

Afirmo y sostengo que no hay motivo legítimo alguno para que un narrador de ficción deje consignado en una obra literaria que un acontecimiento histórico transcurrió de un modo distinto al que ya ha sido debidamente documentado. Sin embargo, eso es lo que hace el autor de esta novela cuando alude a la estadía de Albizu en Atlanta y en Nueva York. Más aún, inventar que el patriota Gregorio Hernández Rivera intentó suicidarse en medio del ataque a La Fortaleza (Martínez Maldonado 305), es sólo un elemento de dramatismo ficticio que el autor trae arrastrado sin piedad por sus pocos pelos. Por si fuera poco, dos autores estadounidenses (Hunter & Bainbridge) han distorsionado hechos pertinentes a Albizu y al caso Rhoads en un libro sobre el ataque a la Casa Blair el cual, aunque parece ficción, se supone que sea historia.

Conclusión

La detestable práctica de falsear los hechos históricos en el proceso de crear ficción podría deberse a desconocimiento de esos hechos por falta de investigación histórica o a una investigación deficiente, pero tal no es el caso con la novela del prestigioso galeno. Un motivo para un narrador de ficción adulterar nuestra Historia nacional podría ser el hecho de que no le otorgue credibilidad a los datos históricos publicados en ensayos, columnas periodísticas, revistas o libros, porque el autor de los mismos no haya sido auspiciado por una casa editora y/o no haya recibido elogios de la crítica, sobre todo, de críticos que tal vez saben mucho de teoría literaria, pero dramáticamente poco sobre nuestra historia. Otra causa podría ser el propósito utilitario de que tales distorsiones sirvan para impartirle a la narración un dramatismo que de otro modo exigiría mayor esfuerzo creativo. Una mezquina razón sería la de falsificar la Historia intencionalmente con el fin de contrarrestar la influencia que puedan ejercer los hechos históricos sobre las convicciones ideológicas de los ciudadanos y en las decisiones que tomen como electores. En fin, tratar con distorsiones a Albizu como personaje literario es una mera utilización mercantilista de su nombre que nadie debe tolerar.

Nos corresponde, pues, a quienes honramos la memoria de Albizu, rechazar en todo momento, pública y enérgicamente, por todos los medios posibles, el que los escritores proyecten imágenes contrarias a lo que, según la documentación y la historia oral confiable, haya sido la realidad. Además, invito a los reseñadores y a los críticos literarios, ya sean de alquiler o aficionados, así como a la Asociación Puertorriqueña de Historiadores y al capítulo de Puerto Rico del Club Pen Internacional, a promover activamente el que los escritores de ficción sean fieles en sus obras a los rasgos de personalidad de las figuras históricas y a los hechos debidamente documentados de la Historia en general. #

BIBLIOGRAFÍA

Aponte Vázquez, Pedro. “Necator Americanus: O sobre la fisiología del caso Rhoads”. Revista del Colegio de Abogados de Puerto Rico 43 (1982): 117-142.

― “¿Asesinó Rhoads a Albizu?” Claridad. 14–20  ene 1983: 16.

¡Yo acuso!: Tortura y asesinato de don Pedro Albizu Campos. Bayamón, P.R.: Movimiento Ecuménico Nacional de Puerto Rico (PRISA, Inc.), 1985.

Cana, Carlos Esteban. “Manuel Martínez Maldonado presentará su más reciente novela”. El Post Antillano. Web. 10 sep 2014.

Friedman, Andrea. Citizenship in Cold War America: The National Security State and the Possibilities of Dissent. Amherst & Boston: University of Massachusetts Press, 2014.

Friedman, Robert. Shadow of the Fathers. Moorpark, CA: Floricanto Press, 2007

Galenus: Revista para los médicos de Puerto Rico. “Dr. Eduardo Garrido Morales.” Web. 26 sep 2014.

Hunter, Stephen & Bainbridge Jr., John. American Gunfight: The Plot to Kill Harry Truman and the Shoot-out that Stopped it. N.Y.: Simon & Schuster, 2005.

Maldonado Colón, Margarita. “Fragancia de rosas y jazmines”. Facebook.com. Web. 11 sep 2014.

Martínez Maldonado, Manuel. Del color de la muerte. San Juan, PR: Publicaciones Gaviota, 2014.

Sobre la novela DEL COLOR DE LA MUERTE

Sobre la novela DEL COLOR DE LA MUERTE

©2014 Pedro Aponte Vázquez

En la novela Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota, 2014, 326 págs.) la que su autor Manuel Martínez Maldonado describe como “obra de ficción basada en hechos reales”, los lectores podrán disfrutar de una narración extensa y entretenida que los pondrá en conocimiento de diversos sucesos, algunos históricos, del Puerto Rico de la primera mitad del pasado siglo. Los mismos destacan la experimentación científica antiética, la ambivalencia de gente oportunista y la persecución política, tanto abierta como solapada. No falta, por supuesto, el aderezo de un nada común romance.

Dentro de ese amplio contexto, se toparán con un Albizu indefenso, atemorizado, vengativo, débil, físicamente frágil, enfermizo, de precaria salud física y mental, enloquecido por consecuencia de torturas sufridas en la cárcel de la provincia estadounidense de Atlanta; un Albizu que, contrario a la Historia, solamente utilizó la violencia en su lucha por la independencia de Puerto Rico. Para colmar, conocerán a un Gregorio Hernández Rivera que intentó suicidarse durante el ataque Nacionalista a La Fortaleza.

Para en caso de que todo eso resultare poco, tendrán la impresión de que el doctor Cornelius P. Rhoads era abusivo y arrogante, pero probablemente no cometió los asesinatos que de su puño y letra confesó haber cometido. De todos modos, si usted no está muy familiarizado con la vida y las luchas de Albizu ni con las interioridades del caso Rhoads, disfrutará la lectura, pues no se percatará de las incongruencias ni de las conspicuas distorsiones de los hechos históricos que algunas personas identificarán.

Distorsionar sucesos históricos con el fin de que sirvan de base a la ficción nos plantea el siguiente dilema a los historiadores y a quienes como el Dr. Martínez Maldonado, poeta, novelista y prestigioso médico, cultivamos la “ficción basada en hechos reales”: ¿Es aceptable alterar los hechos históricos en aras de la ficción?

Es imperativo observar que el asunto no se refiere a si es legítimo usar acontecimientos históricos como fundamento para desarrollar una trama y hasta crear nuevos personajes aun reteniendo algunos de la realidad histórica. El asunto es si ha de ser aceptable descomponer un suceso histórico sin importar que la Historia quede retorcida y proyecte imágenes contrarias a lo que, según la documentación, fue la realidad.

En el proceso de desarrollar una trama basada en una figura histórica, los autores tenemos estas dos opciones en lo que atañe a los hechos históricos pertinentes:

*retener algunos de los atributos auténticos de su personalidad, pero con un nombre ficticio o

*representarlo con su verdadero nombre, pero con los verdaderos atributos de su persona.

La primera opción nos permite manejar al personaje a nuestro antojo porque ha sido objeto de nuestra creación. La segunda opción, no obstante, no admite atribuirle, directa o indirectamente, características de personalidad ajenas a la realidad. Por el contrario, requiere no alterar ni de modo alguno modificar las características de la personalidad de la figura histórica en respeto al propio personaje histórico y a sus descendientes, a la Historia misma como disciplina y a sus lectores. Lo mismo es aplicable al uso de un suceso histórico para desarrollar una trama. Si en el proceso de la creación el acontecimiento no retiene su nombre ni sus principales características, el desarrollo de la trama no tiene que circunscribirse a los hechos históricos, pero en caso contrario los autores no debemos alterarlos por las razones ya expuestas.

La alteración de los hechos en el proceso de crear una obra de ficción podría deberse a desconocimiento de esos hechos debido a una mera falta de investigación; a una investigación deficiente; o a no otorgarle credibilidad a los datos históricos publicados o de otro modo disponibles. En el peor de los casos, un autor puede recurrir a distorsionar los hechos históricos en el proceso de crear una obra de ficción con el propósito de provocar cambios en el modo como los lectores y subsiguientemente la opinión pública o los electores en una sociedad conciben a un personaje histórico o un acontecimiento significativo de un pasado relativamente remoto.

Nada de lo dicho está reñido con el interés que solemos tener los autores de historias noveladas de incitar a los lectores a investigar, toda vez que esa invitación a indagar, a escudriñar el pasado, a tratar de averiguar qué es historia y qué es ficción, no requiere como condición ineludible la alteración de los hechos. #

CORRECCIÓN epílogo novela: Del color de la muerte

En un epílogo a su novela Del color de la muerte, el Dr. Manuel Martínez Maldonado dice que: “A raíz de las gestiones de los doctores Edwin Vásquez (sic) y Héctor Pesquera y el periodista Pedro Aponte Vázquez, la AAIC le encargó al bioético y abogado Dr. Jay Katz de la Universidad de Yale, un estudio sobre el caso Rhoads, que culminó en abril de 2003. La Junta de Directores de AAIC votó unánimemente eliminar el nombre de Rhoads del premio” que esa entidad había establecido en 1979 con el nombre de Cornelius P. Rhoads.

Las gestiones en reclamo de que la Asociación Americana para la Investigación del Cáncer eliminara el nombre del médico asesino del referido premio las hizo por propia iniciativa el doctor Edwin Vázquez. Mi papel fue el de expresar mi respaldo a sus gestiones como la persona que había desenterrado el caso en 1979 y lo había expuesto desde entonces en sus justas dimensiones por medio de artículos y columnas periodísticas, conferencias, charlas informales y libros. El doctor Pesquera, por otra parte, respaldó el reclamo del doctor Vázquez y presentó en una conferencia de prensa copias de documentos históricos que le presté con ese fin.

Durante conferencia de prensa en el Ateneo, octubre de 2002, sobre petición del Dr. Edwin Vázquez de que la AAIC eliminara el nombre de Rhoads del premio que otorgaba desde 1979. (Primera Hora).