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El otro himno nacional boricua

Si los atletas que representan a la nación borinqueña escucharan antes de las competencias un himno nacional aguerrido y audaz en lugar de una bella y delicada danza, tendríamos mejores resultados. Aboguemos, pues, con osadía albizuista, por el himno con la letra de Lola Rodríguez de Tio.

Se distancian de Albizu en Tenerías

Después del Comité organizador del natalicio de don Pedro Albizu Campos haber profanado su memoria hace unos meses con la presentación ante su monumento de un libro que lo difama, ahora tenemos que la próxima conmemoración ya no será de carácter ideológico. La próxima será más bien una celebración cívica y deportiva durante la cual los admiradores de Albizu le rendirán homenaje a dos destacados jugadores boricuas de béisbol de la organización de las “Grandes Ligas” estadounidense. 

Aparentemente los miembros del Comité organizador desconocen ―o prefieren pasar por alto―, el hecho de que Albizu se manifestó públicamente en contra del béisbol por verlo como un modo más de penetración yanqui. Es decir que, como si quisieran dar a entender que se distancian del pensamiento albizuista, los miembros del Comité llevan esta vez ante su monumento el recuerdo del béisbol yanqui. Sin embargo, he aquí textualmente lo que pensaba Albizu del deporte en general y del béisbol yanqui en particular: 

El poder interventor utiliza hábilmente a la prensa y man­tiene al pueblo entretenido con el último asesinato. Cada vez que hay un asesinato, sale con letras grandes y rojas en la prensa, para que el pueblo siga por ahí. Lo mismo con los juegos de pelota; cosa de meterle un bate, una bola y una trocha en la cabeza a todo norteamericano, como están haciendo en Puerto Rico. Hasta las viejas aquí ya le hablan a uno del strike one, strike two. ¿Hasta dónde llegarán los bates y las bolas aquí? Yo me quedé espantado cuan­do regresé del destierro y me encontré con unas cuantas viejas condiscípulas mías de mi edad: “Oye, Pedro, ¿tú no sabes el último juego cómo sigue?” Que si Caguas, que si Ponce… la vieja, llena de bates y pelotas y trochas y guan­tes en la cabeza. Los ponen enloquecidos para que no piensen en su dignidad ni en la dignidad de sus hijos ni de sus nietos, ni nada; que si cocinan, se le queman los frijoles por atender el radio, porque el radio le absorbe todos sus intereses y no hay quien coma la comida esa —si es que hay un grano de arroz en la olla. Todo ha llegado a un plano completamente ridículo en la vida deportiva. Los deportes se hicieron para el embellecimiento del cuerpo, para la salud del cuerpo y para mantener al hombre en un equilibrio que le dé la pretensión de una vida superior al cuerpo, una vida llena de sabiduría y de belleza. Los deportes no se inventaron para hacer de los hombres monos, para convertir a los hombres en cuadrillas de monos, todos gritando al mismo tiempo. Ese es el sistema norteamericano. Si usted se imagina 150 millones con el strike one y el strike two en la cabeza, ese es el pueblo de Estados Unidos; no piensa en nada.

Reproducido de Las memorias que don Pedro no escribió.

 

Los años de prisión de Albizu

Según publica Democracy Now! en su artículo “Guerra contra los puertorriqueños: la represión contra Pedro Albizu Campos y el Partido Nacionalista” (21 de abril de 2015), el prócer Pedro Albizu Campos “estuvo casi 26 años en la cárcel” y, además, desde la cárcel “en reiteradas ocasiones denunció ser objeto de experimentos con radiación”. Veamos en primer lugar los casos contra Albizu, sus sentencias, y los meses naturales que cumplió.

Casos federales:

A principios de abril de 1936, Albizu y los más altos líderes del Partido Nacionalista fueron arrestados y acusados de varios cargos de conspiración sediciosa –excepto su secretario personal, a quien extrañamente le retiraron los cargos. Albizu fue sentenciado a seis años de prisión por un primer cargo de conspiración y a dos más en probatoria por cada uno de otros dos cargos por la  misma causa.

La sentencia de Albizu fue como sigue: “Seis años en la penitenciaría de Estados Unidos en Atlanta, Ga., en el primer cargo; confinamiento por dos años en la misma penitenciaría  en cada uno de los cargos  segundo y tercero a ser suspendida al terminar de cumplir la sentencia por el primer cargo, cuando se le pondrá en probatoria por cuatro años”.

El prócer apeló ante el Tribunal de Apelaciones del Circuito de Boston y, mientras tanto, fue encarcelado juntos a otros compañeros suyos en la cárcel La Princesa en San Juan. El referido tribunal confirmó las convicciones y las sentencias y el 8 de junio de 1937 fueron internados en la penitenciaría federal de Atlanta, capital del estado sureño de Georgia, Estados Unidos. Albizu cumplió seis años completos por el primer cargo, pues no aceptó la bonificación por “buena conducta” y salió en libertad el 3 de junio de 1943 a pesar de no haber aceptado las condiciones de la probatoria. (Fuente: Departamento de Justicia de Estados Unidos, Negociado Federal de Investigación, Expediente  No. 105-11898, RE: Pedro Albizu Campos, Carpeta 1).

Casos coloniales:

Caso #                        “Delito”                          Sentencia                                        

F_2796           Ataque p/c asesinato              7 a 15 años                

F_2795           Ley 53, 1948 12 cargos          54 años                        

M_6336          Ley 67, 1934, Art. 12                2 y medio años          

M_6337          Ley 67, 1934, Art.11                 6 años                        

M_6338          Posesión ilegal armas              9 meses                     

M_6340          Posesión ilegal armas              1 año                          

M_6341          Posesión ilegal armas               6 meses

(Fuente: DECLARACION  JURADA del Alcaide del presidio, capitán Gerardo  Delgado, 16 septiembre1961 ante el licenciado Francisco Agraít Oliveras, 2 págs., Archivo Nacional de Puerto Rico, Fondo: Departamento de Justicia; Serie: Documentos Nacionalistas; Tarea: 90-29).

Arrestan a Albizu en 6 de noviembre de 1950, lo indultan en 30 de septiembre de 1953, cuando había cumplido 34 meses de cárcel de su segunda encarcelación, y lo expulsan de la cárcel. Lo arrestan nuevamente en 6 de marzo de 1954 y está en libertad 5 meses,  pues el Gobernador le revoca el indulto como secuela del ataque armado en el Congreso. Lo encarcelan en el presidio, lo hospitalizan en marzo y noviembre de 1956 como preso en el hospital Presbiteriano. Todavía en el hospital presbiteriano en calidad de preso, el Gobernador lo indulta en noviembre de 1964 al cabo de 9 años y 8 meses (=116 meses).

Albizu murió el 21 de abril de 1965, a sólo cinco meses del último indulto. En total, cumplió en cárcel 150 meses, equivalentes a 12.5 años más 6 años en la cárcel federal, para un total de 18.5 años. La diferencia de casi ocho años de cárcel, desde luego, no es significativa ―excepto para quien los cumple.

Si Democracy Now tiene documentos o siquiera pruebas circunstanciales de que “reiteradamente”, o al menos en algún momento, Albizu dijo que era objeto de experimentación con radiación, debe compartirlas con sus lectores.

Según fiscal, Albizu fue encarcelado sin pruebas

Según Fiscal Alcides Oquendo, Albizu

Inmerecido Homenaje a José Trías Monge

Foto 4-C  Trías Monge, cropped

José Trías Monge

 

© 1996 Pedro Aponte Vázquez

(Publicado en Claridad, 31 mayo–6 junio 96, pág. 22)

El papel que el licenciado Trías Monge optó por desempeñar en la historia política y judicial de Puerto Rico no lo hace merecedor del homenaje que le rinde la prestigiosa Revista Jurídica de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico al dedicarle su próximo número.

He aquí a una persona que ha sido capaz de engañar a un gran número de personas por gran parte del tiempo y a quien, aún así, hay quienes optan por rendirle honor y sin ocultarse para ello.

Y no es cuestión de que no se le reconozcan al licenciado Trías Monge sus méritos intelectuales y las valiosas aportaciones de esa naturaleza al estudio y la historia del derecho en nuestro país. 

De lo que se trata aquí es del porqué, a pesar de haber incurrido en conducta contraria a la ley y de haber sido portaestandarte de acometidas brutales contra los derechos humanos y civiles en nuestro país, se le sigue considerando no sólo persona respetable en la nación puertorriqueña, sino hasta en la comunidad académica, en el campo del derecho y, por si fuera poco, dentro del propio movimiento independentista contra el cual tuvo el placer de arremeter.

El hecho mismo de que estudiantes de derecho le rindan un inmerecido honor a un abogado de quien se sabe que en sus funciones de Secretario de Justicia incurrió en delitos y abusos de poder, debe ser motivo de profunda preocupación y de acción afirmativa para una sociedad donde la corrupción gubernamental es rampante. ¿Es que acaso esos futuros abogados del país están ajenos a los acontecimientos históricos de antigua y reciente divulgación en torno a las fechorías del astuto político Trías Monge, o es que dan como aceptable su conducta por tratarse de un intelectual del Derecho? ¿O es que, por algún extraño sortilegio, la corrupción de funcionarios públicos deja de serlo cuando no se trata de fraude contra el erario?

Con su defensa de los proyectos de ley de “La Mordaza”, el entonces profesor de Derecho se abrió camino cínica y hábilmente dentro de las estructuras del poder político, con lo que demostró que sus ansias de poder estaban por encima del concepto de lo que es justo. De ese modo se inició en un proceso de persecución política no sólo de los luchadores por la independencia, sino de los defensores de los derechos civiles y de las reivindicaciones obreras, proceso que desató y dirigió como Secretario de Justicia en estrecho y servil vínculo con el FBI.

En su cargo de Secretario de Justicia, el abogado a quien la mencionada Revista Jurídica homenajea, tomó parte en la confección de ―que se sepa― dos documentos falsos con fines puramente de estrategia político-partidista: una carta cuya autoría el gobernador Luis Muñoz Marín le atribuyó indecorosamente al presidente José Figueres, de Costa Rica, y un diagnóstico de locura hecho a la medida para un preso político ―don Pedro Albizu Campos.

Ambos documentos públicos iban de la mano hacia un mismo fin: el de socavar la credibilidad ante el mundo de un temido adversario político que alegaba ser víctima de irradiación atómica.

Cinco meses después, cuando las circunstancias políticas requirieron una vez más los servicios de un abogado de su estirpe, el homenajeado de la Revista Jurídica de la Universidad de Puerto Rico desenfundó su ley predilecta, la de La Mordaza, para justificar la acción política de revocarle a aquel adversario político el indulto que, contra la voluntad del confinado, le había impuesto el Gobernador.

Existen pruebas circunstanciales de que el presidente Eisenhower le requirió a Muñoz Marín reencarcelar a Albizu en represalia por el ataque al Congreso, acción que Muñoz no había contemplado tomar, y había que satisfacer al imperio con otro sacrificio humano. El hecho de que ya se le había declarado loco y, por tanto era ilegal encarcelarlo, no habría de ser impedimento. Para eso estaba allí Trías Monge.

Uno de los funcionarios del Departamento de Justicia que sostuvieron ante el llamado Tribunal Supremo la decisión de Muñoz Marín de revocarle el indulto a Albizu en marzo de 1954, me dijo durante una entrevista personal que aun mientras llevaba el caso en contra de Albizu, su opinión era que el Gobierno no tenía pruebas suficientes.

El ex procurador general auxiliar Alcides Oquendo Maldonado indicó que comparte la opinión disidente de los jueces asociados Luis Blanco Lugo y Rafael Hernández Matos en el sentido de que la prueba no era suficiente para sostener la validez jurídica de la decisión de Muñoz Marín. (“Albizu y el indulto de Muñoz”, El Mundo, octubre de 1990 pág. 11-A).

Los referidos jueces disidentes dijeron que el único vínculo de Albizu con el ataque al Congreso surgía “única y exclusivamente de su condición de líder” del Partido Nacionalista.

Blanco Lugo y Hernández Matos opinaron, además, que “el calificativo de ‘sublime heroísmo’ a que tanto énfasis se ha dado podrá no corresponder con la opinión de la inmensa mayoría de los puertorriqueños, pero ni aun con el mayor esfuerzo de imaginación puede decirse que sea una incitación al uso de la fuerza y violencia”. Tal vez Trías Monge pensaba lo mismo, pero había que doblegarse ante el imperio.

La peor de las fechorías ilegales de este héroe jurídico fue sin duda el haber persuadido y tal vez conminado al siquiatra Luis M. Morales a fabricar el diagnóstico en el cual declara paranoico a don Pedro Albizu Campos. Para ello, Trías Monge violó las disposiciones del Código de enjuiciamiento criminal de 1935, que requerían la intervención de tres peritos designados por el tribunal competente para dilucidar la cordura de un acusado o un convicto.

Fue insólito que el alegato de locura surgiera, no del penado, cual lo dispone el Código, sino de la propia rama ejecutiva del Gobierno: del gobernador Muñoz Marín y de su secretario de justicia, José Trías Monge. Es decir, si el penado no hace alegación de locura, el Gobierno toma la iniciativa.

Los miembros de la Junta Editora de la aludida Revista Jurídica harían bien en tomar nota de lo que dijo un profesor de siquiatría forense de su propia Escuela de Derecho en marzo de 1994 sobre ese diagnóstico.

El siquiatra forense Víctor J. Lladó examinó el informe del doctor Morales a Trías Monge, así como correspondencia interna del Departamento llamado de Justicia y reportajes de prensa y, en su informe a este autor, indicó que el procedimiento que siguió el doctor Morales “estuvo plagado de nulidad y representa una muestra del más despreciable mal uso y abuso de la psiquiatría por el Estado”. ¿Quién encargó y recibió semejante diagnóstico siquiátrico? José Trías Monge.

El doctor Lladó, ex presidente del capítulo de Puerto Rico de la Asociación Americana de Psiquiatría, señaló, además, que en las condiciones en que el doctor Morales hizo su alegada exploración mental de Albizu, “no es posible realizar una evaluación médica o psiquiátrica que sea válida ni confiable”.

Los conceptos de “validez” y “confiabilidad” de un instrumento o un mecanismo de medición se refieren, respectivamente, a que mida lo que se propone medir y que lo haga consistentemente. En el caso de una exploración para determinar el estado mental, lo que significa es que el procedimiento busque lo que se propone buscar y que siempre se encuentre lo mismo. En el caso de la alegada exploración siquiátrica de Albizu, pues, el carecer el procedimiento de “validez y confiabilidad” significa que el siquiatra no buscó lo que teóricamente se proponía buscar y que la repetición de una búsqueda como la que hizo arrojará resultados distintos. ¿Quién recibió y les divulgó a los medios noticiosos semejante diagnóstico? José Trías Monge.

Dice además el doctor Lladó que el doctor Morales, a quien describe como “ilustre colega” y “figura señera” de la psiquiatría en Puerto Rico, “lamentablemente en este caso erró y realizó un informe plagado de contradicciones y se aventuró a establecer diagnósticos psiquiátricos a pesar de que en su propio informe él mismo establece algunos de los parámetros fundamentales que invalidan y le restan confiabilidad a la alegada evaluación psiquiátrica. ¿Quién recibió gustosamente ese diagnóstico plagado de contradicciones? José Trías Monge.

Para el doctor Lladó resulta “incomprensible” que el doctor Morales no sólo hiciera “diagnósticos categóricos tan complicados  y severos” sin haber existido las condiciones apropiadas para una verdadera evaluación siquiátrica, sino que, además, dijo que otros dos confinados con quien Albizu compartía la celda  padecían de folie a trois, (o locura entre tres) “sin haber examinado psiquiátricamente y por separado a cada uno de los prisioneros”. ¿Quién recibió ese diagnóstico y publicó los nombres de los otros dos confinados? José Trías Monge.

El doctor Lladó señala en su informe que el folie a trois es “una extraña, rarísima y extremadamente difícil condición de diagnosticar” y agrega que el hecho de que “se prosiguiera con cualquier tipo de evaluación solapada o conversación alguna, aun a pesar del sujeto haberse negado a dar un consentimiento cabal” es “sumamente triste y sugiere treta o engaño”. ¿Quién originó y propició la treta para obtener el diagnóstico? José Trías Monge.

Concluye el doctor Lladó:

“A la luz de los principios básicos y derechos que contempla el Código de Salud Mental de Puerto Rico, la ley 116, la forma y manera que se llevó a cabo esta evaluación a Don Pedro Albizu Campos del 23 de septiembre de 1953, jamás debió ser permitida. Conviene aclarar que aunque no existiera esta legislación en aquel entonces, los principios básicos inviolables del consentimiento para los exámenes médicos sí existían desde hace muchísimos años, como el propio Dr. Morales lo hace constar en su informe del 25 de septiembre de 1953”.

¿Quién estaba detrás de esta patraña? José Trías Monge, quien no habría aceptado semejante diagnóstico si hubiera sido el abogado defensor.

Resulta evidente que así como, en palabras de Albizu, “la judicatura es el perro guardián del régimen”, Trías Monge fue por muchos años el “perro guardián” de la judicatura.

Por sus despreciables hazañas como Secretario de Justicia, cargo que ocupó entre los años de 1949 y 1957, su subsiguiente jefe político, Rafael Hernández Colón, lo premió en el 1974 con el cargo de juez presidente del mal llamado Tribunal Supremo de Puerto Rico. Será precisamente el ex gobernador Hernández Colón quién tendrá el “honor” de hacer la apología de Trías durante la presentación del especial número de la revista el 28 de mayo en la Escuela de Derecho de la UPR.

Los siguientes futuros abogados componen la Junta Editora que le rindió tributo al licenciado José Trías Monge en su edición número 3 del volumen 65 del año de 1996 de la Revista Jurídica de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico: Aníbal Espinosa Valentín, director, Carlos Candelaria Rosa, director asociado y Maricarmen Irizarry Marqués, Anabel Rodríguez Alonso y Lillian Mateo Santos, directoras asociadas.

¿Por qué un grupo de jóvenes estudiantes de Derecho, presumiblemente destacados en sus estudios, seleccionan la triste figura de quien fue un corrupto funcionario público para rendirle tributo?

La directora asociada Anabel Rodríguez Alonso me informó durante una entrevista telefónica que la Junta Editora acordó en el verano pasado dedicarle un número a un puertorriqueño que se hubiera destacado en el campo del derecho, ya que anteriormente se le había dedicado un número a un jurista extranjero. Dijo que escogieron al licenciado Trías Monge, a pesar de ser una figura controvertible, por haber sido (1) miembro de la llamada Convención Constituyente de Puerto Rico, (2) Secretario de Justicia y (3) presidente del Tribunal Supremo de Puerto Rico.

Señaló Rodríguez Alonso que los miembros de la Junta visitaron al licenciado Trías Monge y le notificaron sus planes y él les dijo que el mayor honor que ellos podían hacerle era el incluir artículos de sus críticos en el número de la Revista que habrían de dedicarle. (O sea, que se curó en salud). Agregó la directora asociada de la Revista Jurídica que los autores invitados seleccionaron los temas sobre los cuales habrían de escribir y que, de los 15 artículos incluidos, sólo uno llena ese requisito. Esa falta de críticos del homenajeado la atribuyó a que en la Junta Editora “no conocemos a todo el mundo en Puerto Rico”.

Trías Monge tuvo la enorme oportunidad de contribuir a que esos estudiantes conocieran a más personas en Puerto Rico exhortándolos a hurgar hasta encontrar un candidato más apropiado, o una candidata más apropiada, en lugar de conformarse con echar mano al más popular. Además, pudo haberles recalcado que ha habido y hay muchos abogados puertorriqueños que los jóvenes de hoy quizás no conocen, o de cuyas ejecutorias no se han percatado, que consistentemente han prestigiado la profesión… incluso aunque hayan participado activamente en la vida política. Pero bendito, es que la oportunidad de ser grande se les escapa siempre a los pequeños de espíritu.

THE UNSOLVED CASE OF DR. CORNELIUS P. RHOADS: AN INDICTMENT

Foreword

This work began to unfold in 1978 on the very moment that my co-worker J. Ramón Olmo-Olmo gave me what he believed was the manuscript of a letter in which an obscure North American physician nicknamed “Dusty” boasted about killing people in Puerto Rico. I worked then as a journalist in community relations functions for the National Puerto Rican Forum in New York and was contemplating quitting –which I promptly did– on account of having observed what seemed to me to be illegal administrative practices.

Once unemployed, I was free to dedicate myself to finding out what was the story behind “Dusty”. From there on, I had the benefit of the splendid services of the New York City Public Library System as well as those of the Colección Puertorriqueña of the José M. Lázaro Library of the University of Puerto Rico at Río Piedras; the Puerto Rico National Archives; the Manuscript Division of the Library of Congress, and the Rockefeller Foundation Archive Center.

While still in New York, Brooklyn College professor Antonio Nadal couldn’t help getting involved in my efforts to find out who was “Dusty” and the other persons the physician refers to in his infamous letter and what he had actually done in Puerto Rico. His enthusiasm was an asset to me in this process.

Insofar as Olmo-Olmo had told me that the Puerto Rico Nationalist Party had taken custody of the original document, I wanted to know what had been that party’s role in the matter. Fortunately, I was able to find at his home in Puerto Rico the very person who had brought the letter to Nationalist Party president Pedro Albizu-Campos and had the privilege of listening to his version of the events. Subsequently, his family has been very supportive of my continuous research and, on his death, bestowed upon me the privilege of  his eulogy.

The Revista del Colegio de Abogados de Puerto Rico, a legal journal of the Puerto Rico Bar Association, published in 1982 the findings of what I consider the first stage of my investigation, the one I carried out in the City of New York. Its editor then was University of Puerto Rico law professor and historian Carmelo Delgado Cintrón.

Then, the news media, specially El Vocero, The San Juan Star, and weekly Claridad, complemented the coverage of this historical and tragic episode in Puerto Rican history and thus made it possible for a real cross-section of Puerto Rico’s population and others beyond, to be properly informed during the course of the investigation. I was able to spread my findings also by means of radio and television interviews.

Today, this matter has come to the attention of the scientific community in the United States due to the fact that the American Association for Cancer Research (AACR) was forced to remove Dr. Cornelius P. Rhoads’s name from an award it had established in his honor. Insofar as the AACR has chosen to hide this fact from the rest of the population there by keeping it away from the news media, I have updated this English version, originally written around 1982, for the benefit of those who are not able to read Spanish.

When I thought I had finished gathering all the pertinent data on the subject, I learned of the existence of very important documents through the bibliography contained in an essay by historian Susan Lederer, of Yale University School of Medicine, discussed herein. Through the excellent professional services of Robert S. Cox, curator of the American Philosophical Society Library, I was able to examine not only the documents Lederer cited, but some more I didn’t know about.

Librarian Evangelina Pérez, of the School of Natural Sciences of the University of Puerto Rico at Río Piedras, diligently sent me a copy of a very important article I requested by mail, but after she went on vacation, acting librarian Julia Vélez refused to send me a second one consisting of a single page. Ms. Vélez told me in no uncertain terms that it was against the prevailing norms to mail copies of documents out to authors who are not employed by that public institution and gave me unsolicited advice on how to improve my working habits. I hope that the University of Puerto Rico some day reviews the policies of its Libraries System and adopts uniform measures that don’t even give the slightest impression of being unfair to independent researchers. This should include giving appropriate attention to the Digitalization Project of the enormous collection of photos it acquired from El Mundo daily after it folded.

Despite the support of the persons I have mentioned and still others in conducting this research and making this book public, I am, of course, absolutely responsible for its conclusions and assertions.

 

Pedro Aponte-Vázquez

San Juan

 

Cese ya, Rosa Meneses

Rosa Meneses Albizu (El Nuevo Día)

Rosa Meneses Albizu (El Nuevo Día)

Rosa Meneses Albizu debe cesar ya de usufructuar en el plano personal los apellidos y la gesta de su abuelo materno y, sobre todo, de utilizarlos ambos para metódicamente sabotear los intentos de lucha libertaria de esta patria nuestra que no es la suya.

WAR AGAINST WHO?

© 2015 Pedro Aponte-Vázquez

(Translated from Spanish by its author).

It is surprising to realize that the book War Against all Puerto Ricans has been defended “with tooth and nails” by people who haven’t even read it and even by others who are well aware of the fallacies, exaggerations, and half-truths it contains and describes, as well as of the fact that its author defames the Nationalist leader Pedro Albizu-Campos. Perhaps there will be in the Academy students and professors who will study this event as a monumental phenomenon of marketing, public relations, and open and effective manipulation of the mass media.

Were it the plot of a novel based upon a handful of twisted historical facts, we could state that don Pedro Albizu-Campos is the protagonist and the U. S. Government is the antagonist with numerous secondary characters who nonetheless are also important. On the other hand, if it was the purpose of the author to write an authentic historiography about the invasion and military occupation of Puerto Rico and the armed resistance by the Nationalist Party, it is a forced conclusion that it does not meet the indispensable conditions of the rigorous account that he promised.

Nelson A. Denis, a New York politician who was a state assemblyman during four years and lost his seat in 2000, is marketing a history book for which he claims having spent forty years just gathering data. Denis, born in New York City on September 10, 1954 of a Cuban father and a Puerto Rican mother, says that, in addition to reading a a great number of historiographical sources, he examined the file that the FBI kept on Albizu and interviewed many Nationalists and veterans of the 65 Infantry Regiment, a U. S. Army unit known as the Borinqueneers (after Borinquen, Puerto Rico’s Indian name). He says that he became interested in writing this book after meeting in the city of Caguas, Puerto Rico, a relative who told him he had been Albizu’s “bodyguard”.

Those of us who have spent years researching Albizu and the Puerto Rico Nationalist Party-Liberating Movement through the examination of documents, often original ones, in addition to personal interviews, know that the persons who have claimed having been Albizu’s bodyguards, drivers, barbers, and even prison guards without showing any documentary evidence and without their claims having been corroborated by other means have not been scarce. That Denis accepted his relative’s claim without any corroboration, would not be relevant were it not for the fact that such is his way of not only interviewing, but also of reporting the outcome of his interviews.

Of course, oral history is a valuable resource in historical research when there are no documentary sources or the existing ones are not available. This author not only has used it, but also established on his own initiative an Oral History Center at the Polytechnic University of Puerto Rico, where I was a professor and Dean of Students. However, it is a must that those who resort to oral history research ascertain that the persons interviewed are highly credible sources whose vital experiences clearly show that they do deeply know the matter about which they report. In War Against all Puerto Ricans, the author used this resource, but he does not tell us who were the persons he interviewed, why he considers them to be credible, or where or when he conducted the interviews. Granted that it is reasonable to omit a source’s name if the person requires beforehand to remain anonymous as a condition to reveal information, but such was not the case with the many persons Denis claims to have interviewed.

There are other serious deficiencies. Too many bibliographical notes don’t respond to the text with which they are linked in the body of the book or in which the sources mentioned are not the correct ones. It is not prudent to enumerate them in this so limited space, so I will only mention some examples that are not necessarily the most eloquent, but rather the ones readily at hand.

In note # 20, page 333, the author provides as bibliographical source magazine Verdad, February 1953 edition, No. 8, Year I, but if you look that up, you won’t find the quoted  article, for the right year is II. Something similar happens regarding note No. 5, page 333, Pedro Aponte Vázquez, Yo acuso y lo que pasó después. (Bayamón, P. R.: Movimiento Ecuménico Nacional de P.R., 1985, 41). Number 41 refers to page 41 of that book, but the edition of the book with that title was not published by the Movimiento Ecuménico Nacional de P.R., for which reason, if you look for page 41 you won’t find the pertinent data. That organization published only the book titled ¡Yo acuso!: Tortura y asesinato de don Pedro Albizu Campos. There have been several editions with the same title and several more with the subtitle Y lo que pasó después, but there is no text whatsoever on page 41 or, if there is any text, it does not correspond to note No. 5.

Moreover, the author provides the FBI file as reference for plenty of data and, although he does mention the section where they are supposed to be, he does not say who originates the document, its date, subject, and to whom it was addressed. Instead of providing those data in order to facilitate the search for the document, Denis provides the section number followed by a figure which readers will interpret as page number. For instance, in note 25 of page 334, the author refers the reader to “Section No. VIII, 66-67”; that is: pages 66 to 67 of that Section. The problem is that that file is not set up that way, as consecutive pages as in a book, but on the basis of individual documents. Indeed, some documents may have several pages (in which case it is advisable to say how many), but the reader needs to know what kind of document is involved, its date, who sends it and to whom and even about what subject in order to be able to find it. This deficiency causes the impression that the person who wrote the book does not know how the quoted file is organized and, still worse, it impedes the reader to verify where the data came from.

Besides those notes not being useful, the author makes surprising statements which trusting readers will accept at face value without knowing whether they are true or not, unless, having researched those specific events or historical figures or for some other reason, they know if the statements are true or not. Let’s see some examples without any pretense of being exhaustive:

  1. In relation to the book’s title itself, the author gives a false quote and refuses to admit it. In the course of his publicity campaign, he started by saying that the title was based on statements by chief of Puerto Rico Police Elisha Francis Riggs to the effect that there would be “war to death against all Puerto Ricans”, which Denis knows is not true. Riggs did say that there would be “war, ceaseless war, not against politicians, but war against criminals” (See: La Democracia, 26 oct 1935). The news item begins on page 1 and continues on page 8. At the end of the column on page 1, reference is made to statements by colonel Riggs, but they begin and end on page 8).
  2. In the Preface to his book, Denis mentions contradictory data about what supposedly happened to his father when he, Denis, was a child. Then, during his publicity campaign, he adopts one of the two, to wit: That “it was 3:00 in the morning of an October day in 1962 when FBI agents knocked at the door in building 600, 161st street where he lived with his family in Washington Heights. His father, an elevator operator who admired the Cuban Revolution, was arrested on alleged spying charges. Without an audience or trial, Antonio Denis Jordán was deported to La Habana”. (El Nuevo Día interview with Nelson Denis, 18 May 2015). This is not true, for Antonio Denis Jordán was neither arrested nor deported, but instead left the country for La Habana spontaneously (See: http://archive.org/…/annu…/annualreportofim1963unit_djvu.txt).
  3. On pages 129-130, besides putting Albizu to crawl on the floor and then accept being the subject of a vulgar joke and take part in it, the author did not care about the known fact that Albizu did not drink alcoholic beverages and says that, when he sat at the Salón Boricua barber shop for a haircut, he would “take a shot of rum”.
  4. Relatives of José (Águila Blanca) Maldonado, including his granddaughter, author Margarita Maldonado Colón, stress that they have no knowledge regarding Denis’s claim that Maldonado was the owner of Salón Boricua barber shop and that he had ceded it to Vidal Santiago. Furthermore, they ascertain that Maldonado did not die there, but at his home (Article by Maldonado Colón in this author’s files).
  5. Some of Denis’s data pertaining to Vidal Santiago do not agree with reality. According to information obtained from reliable sources by a researcher of Albizu and of other Nationalists, “Vidal’s father did not die in a sugar cane field, neither was he a Reader for the workers, nor did he ever go to Ybor City in Florida; Vidal did not graduate from high school; there was no hole or hiding place between the barber shop and his living quarters; Vidal didn’t drink and neither did don Pedro; Águila Blanca did not cede Vidal that property and did not die in Salón Boricua nor did he write a book about the barber shop (Edwin Rosario, quoted in Iris Zavala Martínez, “Observaciones acerca de War Against All Puerto Ricans de Nelson Denis”, sent by electronic mail, July 1, 2015).
  6. On page 164, Denis says that, on September, 1930, doctor Cornelius Rhoads injected Maldonado something that caused the throat cancer of which he in fact died. However, by that date, Rhoads was not in Puerto Rico, having arrived on June, 1931. (Pedro Aponte Vázquez, “Necator Americanus: O sobre la fisiología del caso Rhoads”. Revista del Colegio de Abogados de Puerto Rico, Vol. 43, Núm. 1, febrero, 1982, pp. 117-142). Apropos of doctor Rhoads, it stimulates curiosity to realize that Denis dedicates only the equivalent of a page to that case and describes Rhoads as “a new physician” at Presbyterian Hospital. He thus omits the fact that the notorious and influential Rockefeller Foundation, with headquarters in the City of New York, sent him with other physicians to San Juan to experiment with women, men, and children and participated in the cover up of the murders he confessed.
  7. In note # 24, chapter 21, “Atomic Lynching”, pages 333-334, the author says that Herminia Rijos, who visited Albizu in his place of residence on the corner of Del Sol and De La Cruz streets, had visited him in La Princesa jail and that she was a friend of Albizu’s family. None of this is true. I interviewed Rijos at her home and she told me that she had gone to see him at his place of residence because, having been married to a Nationalist, she was aware of his allegations [of torture] and felt “curiosity”. It does not follow, from the document Denis quotes and of which Reynolds had given me a copy, that Rijos had visited Albizu at La Princesa nor that she was a friend of his family (See: Testimonio de Herminia Rijos en NY, 1 Feb 54, about her visit to Albizu in 1953 regarding burns on his whole body, Colección Pedro Aponte Vázquez-Judith Ortiz Roldán, Archivo de la Fundación Luis Muñoz Marín (FLMM), Box 1, folder No. 101). Later, I gave TV reporter Sylvia Gómez this information when she visited me for an interview on July 4, 1985 at my home for a television documentary to which Denis refers on that note (audio tape of our conversation in Colección Puertorriqueña, Biblioteca Lázaro, UPR, Río Piedras and in FLMM).
  8. It is curious that, in addition, Denis omits very important data, as is the case pertaining to Braverman vs. United States (317 U. S. 49). Whoever knows the Puerto Rico Nationalist Party-Liberation Movement with reasonable depth and has carefully examined the FBI file on Albizu, can’t miss the significant legal and historical implications of the opinion of Chief Justice Harlan Stone of the U. S. Supreme Court in that historical case ―without having studied Law, contrary to Denis (See: http://pedroapontevazquez.com/opinion-de-un-constitucionalista-sobre-braverman-vs-united-states/). Those implications affected Albizu directly and, indirectly, the subsequent development of our political history, for Stone’s opinion was the reason Albizu was able to walk out of the Atlanta federal penitentiary without accepting any conditions, to stay in New York for as long as he wanted to, and to return to Puerto Rico when he deemed it convenient, all of this without federal Judge Robert Cooper revoking the four-year probation he had imposed upon him in addition to the six years in prison (See: Pedro Aponte Vázquez, Pedro Albizu Campos: Su persecución por el FBI. San Juan: Publicaciones RENÉ, 1991 y Albizu: Su persecución por el FBI. San Juan: Publicaciones RENÉ, 2,000. Augmented edition).

Denis went overboard when he affirmed that there was no armed resistance in Puerto Rico to the invasion by the U. S. Army in July, 1898. Finally, for the benefit of all the interested parties, the author ought to closely revise his book and make all the corrections that have been pointed out to him, both publicly and in private, before it is translated into Spanish and before the English version is published as paperback.#

 

¿Guerra contra quién?

© 2015 Pedro Aponte Vázquez

Me sorprende que el libro War Against all Puerto Ricans, haya sido defendido “con uñas y dientes” por personas que ni siquiera lo han leído y hasta por otras que están conscientes de las falacias, exageraciones y verdades a medias que narra y describe, así como del hecho de que el autor difama al líder Nacionalista Pedro Albizu Campos. Tal vez en la Academia habrá estudiantes y profesores que estudiarán este acontecimiento como un monumental fenómeno de mercadeo, de relaciones públicas y de abierta y eficaz manipulación de los medios de comunicación masiva.

Si fuera la trama de una novela basada en un puñado de hechos históricos distorsionados, podríamos afirmar que don Pedro Albizu Campos es el protagonista y el gobierno estadounidense es el antagonista con numerosos personajes secundarios que no por ello dejan de ser importantes. Por otra parte, si el autor intentó escribir una auténtica obra de historiografía sobre la invasión y ocupación militar de Puerto Rico y la resistencia armada del Partido Nacionalista, es forzoso concluir que no reúne las condiciones indispensables de la rigurosa narración histórica que nos anticipó.

Nelson A. Denis, un político de Nueva York que fue asambleísta estatal durante cuatro años y perdió su escaño en el 2000, mercadea un libro de historia para el cual nos dice que estuvo haciendo acopio de datos nada menos que durante 40 años. Nos dice Denis, nacido el 10 de septiembre de 1954 en Nueva York de padre cubano y madre boricua, que además de leer una gran diversidad de fuentes historiográficas, examinó el expediente que el FBI mantuvo sobre Albizu y entrevistó a muchos Nacionalistas y a veteranos del Regimiento 65 de Infantería. Su interés en escribir el libro dice él que surgió luego de conocer en Caguas, Puerto Rico, a un pariente suyo que le dijo haber sido “guardaespaldas” de Albizu.

Quienes hemos dedicado largos años a estudiar a Albizu y el Partido Nacionalista de Puerto Rico-Movimiento Libertador mediante el examen de documentos, muchas veces originales, además de entrevistas personales, sabemos que no han sido pocas las personas que han alegado ser guardaespaldas, choferes, barberos, y hasta custodios del prócer sin mostrar prueba documental alguna y sin que sus alegaciones hayan podido ser corroboradas por otros medios. El Denis aceptar como un hecho lo que le dijo su pariente sin pedirle ni obtener prueba alguna carecería de importancia si no fuera porque luego vemos que ese es su modo no sólo de entrevistar, sino también, de narrar el producto de sus entrevistas.

Desde luego que la historia oral puede ser un valioso recurso de investigación histórica cuando no existen o no están accesibles genuinas fuentes documentales. Este autor no sólo la ha utilizado, sino que estableció por propia iniciativa un Centro de Historia Oral en la Universidad Politécnica de Puerto Rico, donde laboró. No obstante, es preciso que quien investiga se asegure de que sus fuentes son personas de alta credibilidad en cuyas vivencias existan indicios fehacientes de que conocen a fondo el asunto sobre el cual informan. En War Against all Puerto Ricans, el autor utiliza ese recurso, pero no nos dice quiénes son las personas que entrevistó, por qué las considera fuentes fidedignas, ni dónde, ni cuándo hizo las entrevistas. Por supuesto, es razonable omitir el nombre de la fuente que uno como autor cita si la persona entrevistada requiere de antemano permanecer en el anonimato como condición para dar la información, pero ese no fue el caso con las muchísimas personas a las que Denis dice haber entrevistado.

Hay otras serias deficiencias. Son numerosas  las notas bibliográficas que no responden al texto al cual están vinculadas las llamadas en el cuerpo del libro o en las que la fuente mencionada no es la correcta. No es prudente enumerarlas en este limitadísimo espacio, de modo que mencionaré sólo algunos ejemplos que no son necesariamente los más elocuentes, sino los que de pronto pude corroborar.

En la nota # 20, pág. 333, el autor ofrece como ficha bibliográfica la Revista Verdad, edición de febrero de 1953, Núm. 8, Año I, pero si usted busca ese número de la Revista, no encuentra el reportaje aludido, pues el año correcto es el II. Algo parecido sucedería en relación con la nota Núm. 5, en la pág. 333, Pedro Aponte Vázquez, Yo acuso y lo que pasó después. (Bayamón, P. R.: Movimiento Ecuménico Nacional de P.R., 1985, 41). El 41 se refiere a la página del libro a la cual alude la nota, pero la edición del libro con ese título no la publicó el Movimiento Ecuménico Nacional de P.R., por lo que, si usted busca la página 41 no encontrará la información correspondiente. Esa organización publicó solamente el libro titulado ¡Yo acuso!: Tortura y asesinato de don Pedro Albizu Campos. Luego ha habido varias ediciones con el mismo título y varias más con el subtítulo “Y lo que pasó después”, pero en la página 41 no hay texto o el que hay no corresponde a la mencionada nota Núm. 5.

Además, para algunos datos el autor provee como referencia el expediente del FBI y, aunque menciona la carpeta donde se supone que están los mismos, no dice quién origina el documento, la fecha, el asunto y a quién o quiénes va dirigido. En  lugar de proveer esos datos que facilitarían la localización del documento, Denis provee el número de la carpeta, seguido de un número que el lector interpretará como número de página. Por ejemplo, en la nota 25 de la pág. 334, el autor refiere al lector a la “Carpeta Núm. VIII, 66-67”; es decir, las páginas de la 66 a la 67 de esa Carpeta. El problema es que ese expediente no está organizado a base de páginas consecutivas, como las de un libro, sino a base de documentos individuales. Algunos documentos, sí pueden contener más de una página (en cuyo caso conviene decir cuántas son), pero el lector necesita saber de qué tipo de documento se trata y de qué fecha y quién lo envía y a quién y hasta sobre qué asunto, para poder encontrarlo. La deficiencia señalada causa la impresión de que la persona que redactó el texto no sabe cómo está organizado el citado expediente y, peor aún, le impide al lector verificar la procedencia de la información.

Además de esas notas bibliográficas no ser de utilidad, el autor hace sorprendentes afirmaciones que los lectores confiados aceptarán como hechos constatados sin saber si lo son o no a menos que, por ser estudiosos de los sucesos específicos o de los personajes históricos o por alguna otra razón, sepan si tales afirmaciones son verídicas o si carecen de veracidad. Veamos algunos ejemplos sin pretensión alguna de ser exhaustivo:

  1. En relación con el título mismo del libro el autor provee un dato falso y rehúsa admitirlo. Durante sus entrevistas comenzó a decir que el título se basa en declaraciones del coronel E. Francis Riggs, a los efectos de que habría “guerra a muerte contra todos los puertorriqueños”, lo cual sabe que es falso. Riggs dijo que habría “guerra, guerra sin cesar, no contra políticos, sino guerra contra criminales”. (Vea: La Democracia, 26 oct 1935). La noticia comienza en la página de portada y termina en la página 8. Al final de la información en la página 1, se alude a las declaraciones del coronel y jefe de la Policía de Puerto Rico Elisha Francis Riggs, pero las mismas comienzan y terminan en la página de continuación, la 8).
  2. En el prefacio de su libro Denis ofrece datos contradictorios sobre lo que supuestamente le sucedió a su padre cuando él era niño. Luego, durante la propaganda de su libro, adopta una de las versiones, a saber: Que “eran las 3:00 de la mañana de un día de octubre de 1962 cuando agentes del FBI tocaron a la puerta del edificio 600 de la calle 161 en que vivía con su familia en Washington Heights. Arrestaron a su padre, un operador de elevador admirador de la revolución cubana, por supuesto espionaje político. Sin audiencia o juicio, Antonio Denis Jordán fue deportado a La Habana”. (El Nuevo Día entrevista a Nelson Denis, 18 mayo 2015). Este dato es falso, pues Antonio Denis Jordán no fue arrestado ni deportado, sino que abandonó el país espontáneamente. (Vea http://archive.org/…/annu…/annualreportofim1963unit_djvu.txt).
  3. En las páginas 129-130, además de poner a Albizu a arrastrarse por el piso para luego aceptar ser objeto de una broma vulgar y ser parte de la misma, al autor nada le importó que don Pedro nunca tomaba bebidas alcohólicas y aquí dice que cuando éste se sentaba en la barbería Salón Boricua para recortarse “se daba un palo de ron”.
  4. Familiares de José (Águila Blanca) Maldonado, incluyendo a su nieta, la escritora Margarita Maldonado Colón, afirman desconocer que éste fuera el dueño de la barbería Salón Boricua y que se la hubiera traspasado a Vidal Santiago. Además, aseguran que no murió allí, sino en su hogar. (Artículo de Maldonado Colón en el archivo de este autor).
  5. No concuerdan con la realidad algunas afirmaciones de Denis sobre el patriota Vidal Santiago. Según información que un estudioso de la vida de Albizu y de otros Nacionalistas obtuvo de fuentes bien informadas, “el papá de Vidal no murió en el cañaveral ni fue Lector para los obreros ni fue a Ybor City en la Florida; Vidal no obtuvo un diploma de Escuela Superior; no había ningún hueco o escondite entre la barbería y su casa familiar al lado; Vidal no bebía ni Don Pedro; Águila Blanca no le dejó esa propiedad a Vidal ni murió en el Salón Boricua ni escribió un libro sobre la barbería.”. (Edwin Rosario, citado en Iris Zavala Martínez, “Observaciones acerca de War Against All Puerto Ricans de Nelson Denis”, enviado por correo electrónico, 1ro jul 15).
  6. En la página 164, Denis afirma que en septiembre de 1930 el doctor Cornelius Rhoads le inyectó a Maldonado algo que le causó el cáncer de la garganta del cual en efecto murió. No obstante, para esa fecha Rhoads no estaba en Puerto Rico, pues llegó en junio de 1931. (Pedro Aponte Vázquez, “Necator Americanus: O sobre la fisiología del caso Rhoads”. Revista del Colegio de Abogados de Puerto Rico, Vol. 43, Núm. 1, febrero, 1982, págs. 117-142). A propósito del doctor Rhoads, estimula la curiosidad el que solamente le dedica una página a ese caso y sobre él dice que era “un nuevo médico” del Hospital Presbiteriano. Omite el hecho de que la notoria  e influyente Fundación Rockefeller, con sede en la Ciudad de Nueva York, lo envió a San Juan con otros médicos a experimentar con mujeres, hombres y niños y que tomó parte activamente en el encubrimiento de los asesinatos que Rhoads confesó.
  7. En la Nota # 24 del capítulo 21, “Atomic Lynching”, pág. 333, la que continúa en la pág. 334, el autor dice que la señora Herminia Rijos, quien visitó a Albizu en su lugar de residencia en la esquina de las calles Del Sol y De La Cruz, lo había visitado en la cárcel La Princesa y que era amiga de la familia del prócer. Ni lo uno ni lo otro es correcto. Entrevisté a la señora Rijos en su residencia y me dijo que fue a verlo en su lugar de residencia porque, por haber sido esposa de un Nacionalista, sabía de las quejas de Albizu y “tenía curiosidad”. Del documento al que Denis alude, del cual Reynolds me proveyó copia, no se desprende que Rijos visitara a Albizu en La Princesa ni que fuera amiga de su familia. (Vea: Testimonio de Herminia Rijos en NY, 1 feb 54, sobre su visita a Albizu en 1953 (en inglés) sobre quemaduras en todo el cuerpo, Colección Pedro Aponte Vázquez-Judith Ortiz Roldán, Archivo de la Fundación Luis Muñoz Marín (FLMM), Caja 1, cartapacio Núm. 101) Le di esta información luego a Sylvia Gómez en ocasión de entrevistarme el 4 de julio 1985 en mi residencia para el documental televisivo al cual Denis alude en esa misma nota (grabación audio de nuestra conversación en la Colección Puertorriqueña, Biblioteca Lázaro, UPR, Río Piedras y en FLMM).
  8. Es curioso que, además, Denis omitió importantísimos datos, como lo son los pertinentes a Braverman vs. United States (317 U. S. 49). Nadie que conozca al Partido Nacionalista de Puerto Rico-Movimiento Libertador con razonable profundidad y haya examinado detenidamente el expediente del FBI sobre Albizu, puede evitar percatarse de las significativas implicaciones legales e históricas de la opinión del juez presidente de la corte suprema de Estados Unidos Harlan Stone en ese histórico caso ―aun sin haber estudiado Derecho, contrario a Denis (http://pedroapontevazquez.com/opinion-de-un-constitucionalista-sobre-braverman-vs-united-states/). Las mismas afectaron directamente a Albizu e indirectamente el subsiguiente desarrollo de nuestra historia política, pues la opinión de Stone fue la causa de que Albizu pudiera salir de la cárcel de Atlanta sin aceptar condiciones, permanecer en Nueva York a su antojo y regresar cuando lo estimó prudente, todo ello sin que el Juez Robert Cooper le revocara la libertad condicional de cuatro años que le impuso sobre los seis de prisión. (Pedro Aponte Vázquez, Pedro Albizu Campos: Su persecución por el FBI. San Juan: Publicaciones RENÉ, 1991 y Albizu: Su persecución por el FBI. San Juan: Publicaciones RENÉ, 2,000. Ed. ampliada).

Colma la copa la afirmación de Denis de que en nuestra patria no hubo resistencia a la invasión del 98. En fin, para bien de todas las partes interesadas, el autor haría bien en revisar minuciosamente este libro y corregir las fallas que se le han señalado públicamente y en privado antes de que se le traduzca al español y de que salga su tirada en inglés en rústica. #

Nota del autor: Esta versión contiene algunas modificaciones de estilo. Artículo publicado originalmente en el semanario Claridad, suplemento “En Rojo”, págs. 14-15, 16-22 julio, 2015.