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Sobre la juez Laura Taylor Swain

Basándome en mi experiencia de haber vivido unos 15 años en diversos sectores de la Ciudad de Nueva York –incluyendo los años convulsos de la década de los 70–, en principios considero menos malo, conste que a falta de dignas opciones, el que El Invasor haya escogido para partir y repartir, dentro de la debacle que nos hunde, a la juez Laura Taylor Swain, una mujer negra de Nueva York que, además, había sido nombrada a la judicatura por un presidente demócrata.

¿Qué hacemos? ¿Mugimos o embestimos?

Nuestra Patria se encuentra en este momento histórico en una encrucijada que pone a prueba la voluntad de resistencia y de defensa propia de sus hijos y sus hijas. No se trata solamente de desmanes solapados del Invasor ejecutados por traidores que han optado por desempeñar el papel no solo de lacayos, sino incluso de verdugos. Se trata nada menos que de abusos y ofensas abiertas, sin intento alguno de disimulo. Se trata de la decisión del Invasor de estrujarle en el rostro a la Patria, en presencia de quienes se supone la defendamos, la desnuda realidad de que se adueñó de ella y la ultrajó por la fuerza de las armas.

Así es, se trata de que ese Invasor nos recalca que del mismo modo que nos invadió permanece aquí, en nuestro territorio nacional y tranquilamente nos explota. De eso es de lo que trata esta encrucijada en la que estamos acorralados y en la que el Invasor nos ordena, nos exige, nos ofende, nos vapulea y nos amenaza.

En esta encrucijada, el Invasor nos ordena que seamos nosotros mismos quienes desmantelemos para beneficio de los suyos nuestras más preciadas instituciones; nos exige bajo amenazas que tomemos decisiones que irían en menoscabo de nuestro bienestar general y nos sumirían en el caos social y en la debacle económica.

Se trata de una situación similar a la de un hogar que ha sido invadido por depredadores que bajo amenazas les exigen a los miembros de la familia que les satisfagan todas sus necesidades de todo tipo.

Ante esta bochornosa situación, ¿qué habremos de hacer los herederos de Betances y de Pachín Marín; de Mariana Bracetti, de María Mercedes Barbudo; de Albizu y de Filiberto; de Lolita Lebrón y de Olga Viscal ante tan viles atropellos? ¿Mugir “como el toro acorralado” o embestir “como el toro que no muge” [De Diego]?

MI POSICIÓN ANTE EL NOMBRAMIENTO DE LA DOCTORA JULIA KELEHER

Aunque he dedicado varias décadas de mi existencia a la investigación histórica, la designación de la doctora Julia Keleher al cargo del departamento llamado de Educación me compele a inmiscuirme precisamente en el campo de lo que fue mi formación académica formal en la Universidad de Fordham: las Ciencias Sociales con concentración en la educación urbana.

Por fortuna, tanto la historia de nuestra País, como la naturaleza de nuestro sistema público de escolarización (y también el privado), van de la mano, de modo que en realidad no se trata, como he dicho, de que me inmiscuya en el asunto de la designación de la señora Keleher. Ahora bien, la honestidad intelectual me exige advertir que, al internarme en este asunto, no pretenderé mostrarme como un comentarista objetivo, sino del mismo modo en el que he dado a conocer los hallazgos de mis investigaciones microhistóricas: como luchador por la independencia de una patria invadida y subyugada.

De primera intención, me intrigó la probabilidad de que el próximo administrador colonial hubiera designado a una persona extranjera para dirigir precisamente la agencia gubernamental que se encarga de formular y ejecutar los fundamentos de lo que se supone sea la educación de nuestra niñez y de nuestra juventud. Y conste, que digo “lo que se supone sea la educación” precisamente porque “educar” no es la encomienda de ese departamento llamado “de Educación”. Su encomienda es la de “formar”, esculpir a los ciudadanos que constituimos nuestra patria. Su fin es, en realidad, desnaturalizar a los puertorriqueños y, como dijo Albizu, “corromperlos”. Su meta no es educar, puesto que “educar” desde su más antigua etimología, significa “liberar”. Cuando se le denominaba “Departamento de Instrucción” se era fiel a sus propósitos, pues el proceso que se da en el sistema de escolarización lo que hace es instruir, que significa colocar unas cosas sobre otras; o sea, en buen puertorriqueño: atacuñar.

Así, pues, si la encomienda de la designada secretaria de educación es la de continuar las doctrinas mal llamadas de asimilación o de americanización de los primeros comisionados de instrucción a partir de la invasión militar del 98, su designación es lógica, en principio, por ser estadounidense. Es lógica, en fin, si tiene ella la encomienda de mantener la intención deformadora del sistema. En ese caso, nada importa si la doctora Keleher es estadounidense de extracción irlandesa o germánica o si habla el castellano con acento de allá o si su trasfondo es de naturaleza administrativa o si su fuerte es la obtención y fiscalización de recursos económicos o si solamente conoce al departamento de “educación” desde afuera. Ya podrá ella allegarse personas que la asesoren para bien o para mal. Por otra parte, el mero hecho de que la doctora Keleher sea estadounidense no significa necesaria e ineludiblemente, que se proponga retomar las encomiendas que recibieron los primeros comisionados de instrucción.

Quienes hemos tenido ocasión de compartir con profesionales estadounidenses en las entrañas del monstruo sabemos que no todos están cortados por la misma tijera. Así pues, lo que nos debe concernir como punto de partida a los educadores, a los gremios de educadores, a los legisladrones y al Pueblo en general es si la doctora Keleher se ocupará solamente de allegar fondos y fiscalizar su utilización o si, además, se propone formular una filosofía educativa clara que defina sin lugar a dudas cuáles habrán de ser las características del ser puertorriqueño al que el departamento aspira y, por supuesto, de qué modo se propone lograrlas.

BREVE CARTA AL PADRE DE LA PATRIA BORINQUEÑA

Hace unas noches, durante el más reciente apagón general, medité en torno a la nueva situación que nos plantea la imposición de lo que llaman la Junta de Control Fiscal, la que para otros es sólo de “Supervisión” fiscal. El improvisado embeleco no es otra cosa que una agencia federal de cobro que el poder interventor ha colocado sobre la administración colonial que hace las veces de gobierno propio. Sin embargo, según dudables encuestas, esa dictadura tiene el creciente apoyo de la mayoría de quienes serán sus víctimas. Por supuesto, vino a mi mente el doctor Ramón Emeterio Betances y finalmente decidí enviarle por conducto del semanario Claridad la carta cuyo contenido reproduzco a continuación. Si, además de hacérsela llegar, Claridad la publica, entonces es forzoso concluir que todavía podemos albergar esperanzas. He aquí la carta:

Estimado doctor Betances,

Cuentan los historiadores y muchos que no lo somos repetimos, que estando muy enfermo, a apenas días de iniciada la invasión militar de nuestra patria borinqueña por fuerzas armadas estadounidenses, usted hizo angustiado la siguiente pregunta que creo ha permanecido sin adecuada respuesta: “¿Qué hacen los puertorriqueños que no se rebelan?” Creo que usted volvería a hacer su pregunta, obviamente nacida de profunda frustración, en el presente momento histórico.

Clama por respuesta su pregunta hoy día con igual angustia ante el hecho escandaloso de que aquel mismo gobierno recién ha tomado tranquilamente la iniciativa de despojarse de los mínimos visos de democracia con los que, para propio beneficio, ha estado pavoneándose ante el mundo. Se nos ha revelado, tanto ante nosotros como ante la comunidad internacional, completamente al desnudo. Se nos presenta el tirano rebosante de poder; altanero; con su característica arrogancia de imperio avasallador; hasta con espectaculares acrobacias aéreas sobre la capital; en fin, como el abusivo poder dictatorial que todo el tiempo fue y sigue siéndolo.

Pero volvamos a su histórica pregunta. Dicen algunos de esos historiadores y uno que otro los desdicen, que hubo cuando menos un fuerte afán de resistencia armada por parte de civiles en el ‘98 al margen de la que, por orgullo y disciplina, presentó el ejército del anterior invasor en defensa de su colonia. Se destacó entonces entre los civiles el boricua José Maldonado, (“Águila Blanca”), a quien usted seguramente tuvo ocasión de conocer. Aunque el Movimiento Libertador albizuista reconoció el papel patriótico de Maldonado, este aún no ha recibido la bendición de ciertos académicos ni de algunos organismos formales de lucha patriótica y lo mismo ha ocurrido hoy día con el desconocido patriota Noel Cruz Torres. Seguramente se destacaron otros patriotas más sin la necesidad de pertenecer a una organización política establecida ―requisito que parece existir hoy―, pero no lo sabemos.

El Invasor se ha ocupado de propagar el mito del total sometimiento voluntario del invadido, en aquel momento mil veces o más agradecido por la invasión porque albergaba ingenuo inútiles esperanzas de libertad. Para eso ha estado y sigue ahí, todo indica que eficaz, un sistema público de escolarización forzada que nos desnaturaliza. Así que, una respuesta a su pregunta en aquellos días podría haber sido que estábamos preparándonos para repeler al invasor; que sí, que los boricuas sí nos rebelamos, pero fue en vano y hay quienes se regocijan con negarlo.

Se podría alegar que no hubo en aquel momento suficiente sonrojo facial en el Pueblo boricua y que por ello la nación claudicó. No obstante, hay quienes, en efecto, atribuyen la aceptación de la invasión militar del ‘98 y la subsiguiente derrota de la resistencia armada, tanto militar como civil, a la creencia de la mayoría de que aquellos personeros del país de la versión moderna de democracia eran generosos emisarios que venían solamente con la humanista encomienda de liberarnos del yugo español y de paso enseñarnos paternalmente su idioma y algo de buenos modales.

Al cabo de tres décadas y un poco más, surgió un movimiento libertador que fue bruscamente detenido cuando aún estaba en su proceso de reclutamiento, de adiestramiento militar y de acopio de armas. Sus líderes y otros militantes fueron encarcelados, algunos en la metrópoli y todavía otros aquí mismo en su patria. Una década después, ya todos o casi todos en libertad, el líder de aquel movimiento ―por cierto, admirador suyo― logró reunir a un considerable contingente de boricuas, hombres y mujeres, resueltos nuevamente a desafiar al invasor del norte armas en manos, como lo estuvieron ellos mismos y otros más en la década de los ‘30. Aquella patriótica y heroica movilización y su consiguiente insurrección fueron de inmediato sofocadas, tal vez por haber sido precipitado el levantamiento. Sus principales participantes y hasta meros simpatizantes fueron encarcelados y su máximo líder torturado hasta causarle la muerte lentamente sin dejar rastros aparentes ―asesinato que, como el de otros patriotas, ha quedado impune. De modo que sí, una vez más la respuesta a su pregunta podría ser que lo que hacíamos en esa otra época a medio siglo de la suya era organizarnos; que por segunda vez volvimos a prepararnos y a rebelarnos, pero por desgracia, una vez más la rebelión fue en vano.

Se me ocurrió escribirle esta breve carta debido a que, como dije, la nación borinqueña está pasando una vez más por una situación sumamente crítica y creo que, ante la pasmosa pasividad que estamos mostrando, usted volvería a preguntar ―esta vez con mayor énfasis― ¡qué carajo es lo que hacemos que no nos rebelamos!

Las circunstancias son muy distintas a las anteriores en esta ocasión, don Ramón, pues aunque cualquier observador incauto estaría en la creencia de que existen múltiples organizaciones de resistencia activa, tal parece que las mismas sólo existen nominalmente. Sobre una de esas organizaciones, la más antigua en vigor, se comenta con insistencia que sólo existe debido a los beneficios económicos directos e indirectos que de la misma derivan unos pocos. Da pena el comentario, sea o no cierto, pues fue una organización relativamente fuerte, claramente combativa y en cierta medida exitosa, dirigida y sostenida por hombres y mujeres intachables y de generoso patriotismo. Más aún, hasta el famoso semanario Claridad, que fue punta de lanza batallando durante décadas de incesantes luchas con excepcional valor y profundos sacrificios, ha ido destruyéndose a sí mismo con excesivos desaciertos y, sobre todo, con el gradual y sostenido abandono de la legendaria combatividad que justificó su presencia y de la que tantos aún vivimos orgullosos.

Una mirada escrutadora sin mucha penetración revelaría que los actos de firme resistencia organizada que hoy día ocurren aquí y allá no resultan de la juiciosa planificación de esas organizaciones, sino de la de grupos de indignados ciudadanos en general y de estudiantes universitarios en particular. Desde la base, aquí y en la diáspora, esos ciudadanos han tomado la iniciativa de organizarse y actuar debido, precisamente, a la falta de una militancia fuerte y resuelta de las tradicionales entidades patrióticas que defiendan a la patria con generosa entrega.

Así como el triunfo de la izquierda en Chile bajo el liderato de Salvador Allende causó la errónea impresión de que un partido socialista podía constituir acá también una eficaz fuerza electoral ―lo que dio lugar a que el contundente y perseguido Movimiento Pro Independencia se convirtiera en Partido Socialista Puertorriqueño―, el triunfo de la desobediencia civil como instrumento de lucha frontal en la pequeña isla de Vieques ha causado la no menos errónea impresión de que basta con esa táctica para lograr deshacernos del yugo con el que nos sojuzga y nos humilla jubiloso ante el mundo el gobierno de Estados Unidos de Norteamérica. Tal vez sea por ello, por creer que la desobediencia civil es suficiente, que una otrora osada y combativa organización clandestina, escindida en dos, por supuesto, parece haberse conformado con observar el bochornoso espectáculo de la tiránica imposición ―nada menos que mediante legislación― de la Dictadura civil que en esta época nos esquilma.

Por otra parte, causa vergüenza ajena la existencia de otra organización independentista que, aunque compuesta como todas las otras por personas sinceramente comprometidas con la independencia, parece estar en la creencia de que lograremos la liberación de nuestra patria con tan sólo mantener vínculos con nuestras hermanas repúblicas latinoamericanas, enviar delegaciones a sus cónclaves regionales y emitir comunicados de prensa. En uno de esos cónclaves regionales, esa organización se quejó de que el gobierno de la metrópoli nos impuso la mencionada Junta dictatorial sin consultarnos ―y le aseguro que no bromeo.

No vaya a creer que decir públicamente esto que he dicho no acarrea algún tipo de represalia e incluso insultos a mi persona de parte de compatriotas independentistas y sin duda hasta de agentes provocadores profesionales. Ya tuve esa experiencia en ocasión de condenar enérgicamente a un novel autor que optó por caricaturizar maliciosamente la personalidad del líder de quien dije que fue asesinado subrepticiamente por el invasor del norte. Hubo quienes optaron por demostrar a tal extremo su aceptación de las falsedades que propagó en su libro que hasta presentaron su obra con elogios ante la estatua que el Pueblo le erigió a aquel prócer en el barrio de Ponce donde nació. Creo que no deberá haber lugar alguno para dudar de que la demostrada falta de tolerancia ante los señalamientos que no son del agrado de las aludidas organizaciones, así como su inmediato rechazo sin ponderación alguna, en no pocos casos hasta de críticas obviamente constructivas, han sido factores que han contribuido en alguna medida al general debilitamiento del movimiento independentista y a su evidente estancamiento. En fin, eso es lo que hacemos, don Ramón. Por eso es que esta vez no nos hemos rebelado todavía.

Solidariamente,

Pedro Aponte Vázquez

Claridad, por supuesto, no la publicó.

NUEVO LIBRO DESCRIBE LA VIDA DE HEROÍNAS BORICUAS

En Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s (N.J.: Markus Wiener Publishers, Inc., 2016, 347 págs.), la historiadora puertorriqueña Olga Jiménez de Wagenheim no solo les recuerda a sus lectores el hecho de que las mujeres boricuas no eran (y todavía no son, permítaseme agregar) invisibles para nuestro opresor en el curso de nuestra lucha por independizarnos del imperialismo yanqui sino que, además, nos lleva de la mano a través de una exposición profusa y adecuadamente documentada que nos provee una vista panorámica de nuestra más reciente historia política.

El libro rinde tributo a dieciséis mujeres, 15 de las cuales fueron perseguidas y encarceladas por haber participado o parecerle al Invasor que habían participado en la lucha armada del Partido Nacionalista de Puerto Rico de los años de 1950, y otra que heroicamente sobrevivió la Masacre de Ponce en 1937. En relación con esta limitación que se impuso, Jiménez de Wagenheim dice estar “consciente de que otras puertorriqueñas han sido encarceladas por sus ideales políticos a partir de los años 50 y merecen también un estudio profundo de sus hazañas y contribuciones a la causa de la independencia de Puerto Rico” y añade: “Lamento no ser yo la autora”. Además, provee una breve y vívida introducción con una imprescindible narración de las condiciones objetivas que llevaron a la insurrección de 1950 contra la tiranía de EE. UU.

Aunque el título nos indica que trata sobre mujeres Nacionalistas, justificadamente incluye a una que no lo era: la pacifista Ruth M. Reynolds, oriunda de las Black Hills de los nativos Lakotas, quien desempeñó un importantísimo papel en nuestra lucha, pero no perteneció al Partido Nacionalista ―un detalle que Jiménez de Wagenheim deja claro. Por otra parte, el subtítulo del libro, Mujeres puertorriqueñas que la Historia olvidó, 1930s-1950s, invita a un análisis semántico, pues se podría alegar que a estas compañeras no las olvidó la Historia, por cuanto los Pueblos, sus líderes y sus historiadores son los que olvidan. Más aún, tal parece que muchas de ellas han sido olvidadas, no todas.

Jiménez de Wagenheim, perteneciente por muchos años a la diáspora boricua y quien, aunque en las entrañas del monstruo ha mantenido con firmeza su primer apellido con su tilde, no es una neófita en estas lides, pues ha publicado libros y artículos sobre otros aspectos de la historia política de Puerto Rico, incluyendo nuestra rebelión contra el imperio español. Sobre todo, lo ha hecho con extremo cuidado y con respeto a los hechos históricos, metodología esta a la que algunos autores y hasta algunos críticos parecen darle de codo. Para este libro se valió principalmente de fuentes primarias tales como documentos públicos, la mayoría de los cuales vinieron a estar disponibles recientemente, testimonios escritos y entrevistas grabadas y personales con fuentes a las que, contrario a algunos autores, ella identifica debidamente.

Sin embargo, aunque es evidente su predilección por los detalles, Jiménez de Wagenheim evade mencionar sucesos significativos aunque fuera solamente, en este caso en particular, al menos en notas bibliográficas. Tal es el caso del escándalo Rhoads ―muy probablemente una de las causas por las cuales el partido Nacionalista recurrió a la lucha armada―; las denuncias de Albizu de que se le exponía a la radiación ―las cuales Carmín Pérez e Isabel Rosado mencionan en sus entrevistas como lo hace Rosa Collazo en sus Memorias―; y el diagnóstico de locura que el gobernador Muñoz Marín ordenó especialmente para el líder Nacionalista con el fin de contrarrestar sus alegaciones.

Por otra parte, es tal la abundancia de datos biográficos de este libro que, aunque conversé de vez en cuando con nueve de las mujeres aquí incluidas y de que entrevisté a muchas de ellas hace unas décadas, encontré un caudal de datos que he venido a conocer solamente después de leer la meticulosa narración que contiene.

A pesar de su uso del verbo “asesinar” en referencia al intento de luchadores por la libertad de ejecutar al presidente Truman y de afirmaciones sobre el estado de salud de Albizu mientras estuvo en Estados Unidos las cuales podemos refutar sobre la base de documentación histórica, Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s es una confiable fuente de información en torno a los atropellos de los que hemos sido y somos víctimas bajo el imperialismo estadounidense. Por estar escrito en inglés, el libro no sólo tenderá a fortalecer aún más los lazos culturales y políticos entre los puertorriqueños en nuestra patria y los de Estados Unidos y otros países, sino también iluminará a otros lectores que están empezando a enterarse de nuestra existencia como nación caribeña subyugada.

Basado en la experiencia, uno puede razonablemente suponer que el Partido Independentista Puertorriqueño dejará de lado algunas tareas para asegurarse de que el libro sea ampliamente distribuido a lo largo y lo ancho de la Isla.

 

 

 

NEW BOOK DEPICTS LIFE OF PUERTO RICAN HEROINES

In Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s (N.J.: Markus Wiener Publishers, Inc., 2016, 347 pp.), Puerto Rican historian Olga Jiménez de Wagenheim not only reminds her readers of the fact that Puerto Rican women were not (and still are not, allow me to add) invisible to our oppressor in the course of our struggle for independence from Yankee imperialism, but also guides us by the hand through a profusely and adequately documented exposition that provides a panoramic view of our most recent political history.

The book pays tribute to sixteen women, fifteen of which were persecuted and incarcerated for having participated or just seeming to the Invader to have participated in the Nationalist Party of Puerto Rico’s 1950s armed struggle, plus one who heroically survived the 1937 Ponce Massacre. Regarding that self-imposed limitation, Jiménez de Wagenheim says she is “aware that other Puerto Rican women have been imprisoned for their political ideals since the 1950s and also merit an in-depth study of their deeds and contributions to the cause of Puerto Rico’s independence” and adds: “Regret not being that scholar.” In addition, she provides a brief and vivid introduction with a much needed account of the objective conditions that led to the 1950 insurrection against U. S. tyranny.

Although the title indicates that it is about Nationalist women, she justifiably includes one who was not: pacifist Ruth M. Reynolds, from The Black Hills of the Lakota natives, who played a very important role in our struggle, but was not a member of the Nationalist Party ―a point Jiménez de Wagenheim does make clear. On the other hand, the book’s subtitle, Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s, invites a semantic analysis, for it could be argued that these compañeras were not forgotten by History, insofar as the Peoples, their leaders, and their historians are the ones who forget. Furthermore, most of them seem to have been forgotten, not all of them.

Jiménez de Wagenheim, for long a member of the Puerto Rican diaspora who, although in the monster’s belly, has held fast to her own family surname and even to its graphic accent, is no newcomer to these endeavors, having published books and articles on other aspects of Puerto Rico’s political history, including our rebellion against the Spanish empire. Above all, she has done so with utmost care and respect for historical facts, a methodology some authors and even some critics seem to shun. For this book, she availed herself of primary sources such as public documents, most of them only recently made available, written testimonies, and tape-recorded as well as personal interviews with sources which, contrary to some authors, she duly identifies.

However, although evidently quite fond of details, Jiménez de Wagenheim avoids mentioning meaningful events if only, in this particular case, at least in bibliographical notes. Such is the case of the Rhoads scandal ―very likely one of the reasons the Nationalist party resorted to armed struggle―; Albizu’s claims of exposition to radiation ―which Carmín Pérez and Isabel Rosado mention in their interviews as does Rosa Collazo in her memoirs―; and the insanity diagnosis governor Muñoz Marín ordered specially for the Nationalist leader in order to counter those claims.

On the other hand, this book’s abundance of biographical data is such that, despite my having conversed now and then with nine of the women here portrayed and having interviewed most of them decades ago, there is an array of facts I have come to learn only from reading the meticulous narrative it contains.

Despite its use of the verb “assassinate” in reference to the attempt by freedom fighters to execute President Truman and to assertions regarding Albizu’s state of health while in the U.S. that can be refuted on the basis of the historical record, Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s is a reliable source of knowledge about our plight under U.S. imperialism. Written in English, it not only will tend to strengthen even more the cultural and political ties between Puerto Ricans in our motherland and those in the U. S. and elsewhere, but also will illuminate other readers who are just beginning to learn about our existence as a subjugated Caribbean nation.

Based on experience, one can reasonably expect the Puerto Rican Independentist Party to go out of its way to make sure that it is widely distributed throughout the Island.

¿LA META YANQUI? DESPOBLAR A PUERTO RICO

El placentero sueño de algunos de que el Gobierno yanqui está empujándonos hacia la independencia no es más que un sueño y ya nos dijo el poeta español que “los sueños, sueños son”. Sí parece altamente razonable conjeturar, partiendo de los conocimientos que hemos acumulado sobre el proceder yanqui tras más de un siglo de coloniaje, que ha estado urdiendo un plan para provocar que prácticamente desalojemos el archipiélago. Para ello ha creado condiciones económicas, sociales y ambientales que promueven y aceleran el abandono voluntario del país, estimulan la reducción de la natalidad y aumentan la mortalidad.

El aedes aegypti ha venido a ser, directa e indirectamente, un fuerte aliado del gobierno yanqui para lograr su meta final de despoblar a Puerto Rico. A ese aliado lo superan solamente la aparentemente innata corrupción de numerosos líderes políticos y nuestro consabido terror a la libertad, el cual se esmeró en inculcarnos durante un siglo el terrorista invasor. Solamente deberá residir aquí la dócil peonada escolarizada para la obediencia ciega que se ocupe de hacer todo aquello que al yanqui le incomode o le repugne hacer.

Alguien podrá razonablemente preguntar: ¿Por qué querría el Gobierno yanqui despoblar a Puerto Rico? Es que el surgimiento al sur de nosotros de regímenes opuestos a los intereses económicos de la clase dominante yanqui y la prevista escasez de agua a nivel mundial, hacen imprescindible utilizar al archipiélago de Puerto Rico como sólida base de agresión militar. Su presencia aquí le permitirá, por una parte, lanzar invasiones a la América del Sur, controlar a los dictadores títeres que imponga o que ya ha impuesto así como ejercer dominio del continente en general y de toda su región amazónica en particular. Para lograr esos fines será imprescindible militarizar nuestro territorio nacional, como ha ido haciendo en las repúblicas hermanas nuestras donde gobiernan títeres suyos.

El Invasor yanqui sabe que nunca más volverá a enfrentar siquiera propaganda armada de parte nuestra pero, como contrario a nosotros, él aprende de la Historia, quiere asegurarse de que tampoco habrá probabilidad alguna de masivos actos de desobediencia civil como los que obligaron a su Marina de guerra a abandonar las islas de Culebra y Vieques.

Además, a la clase dominante yanqui le conviene tener un archipiélago con las características geográficas del nuestro por otras razones de peso, como lo son desarrollar un modificado Plan 2020 que mantendrá la explotación minera, pero omitirá lo tocante al aumento poblacional y agregará su utilización como enorme laboratorio para la experimentación científica, su explotación agrícola para el sustento de sus tropas, la explotación de sus bosques y hasta meramente disfrutar de su clima y sus encantos naturales.

En fin, la clase dominante yanqui, esa misma que explota y atropella día a día a su propio Pueblo, podría de paso “saborear la dulce venganza” por el magno bochorno que le hicimos pasar ante el mundo cuando los obligamos a desalojar ellos nuestra “Isla Nena”. Ahora se propone devolvernos el golpe con el apoyo de los serviles colonizados de siempre y bajo la nada disimulada dictadura de la llamada Junta de Control Fiscal de su ley PROMESA. Desalojarnos de nuestra patria es su promesa.

Sobre el libre acceso a los documentos públicos en Puerto Rico

La ley 5 de 1955 sobre la conservación y disposición de documentos públicos, según ha sido enmendada, define el término “documento”  como  “todo papel, libro, folleto, fotografía, fotocopia, película, microforma, cinta magnetofónica, mapa, dibujo plano, cinta magnética, disco, videocinta, o cualquier otro material leído por máquina y cualquier otro material informativo sin importar su forma o características físicas”.

Según la referida ley, “Documento público es todo documento que se origine, conserve, o reciba en cualquier dependencia del Estado de acuerdo con la ley o en relación con el manejo de los asuntos públicos y que se haya de conservar permanente o temporalmente como prueba de las transacciones o por su utilidad administrativa, valor legal, fiscal, cultural, o informativo según sea el caso, o que se haya de destruir por no tener ni valor permanente ni utilidad administrativa, legal, fiscal, cultural, o informativa y una copia de todas las publicaciones de las publicaciones de las dependencias gubernamentales”.

Dice esta ley, además, que “Dependencia incluye todo departamento, agencia, o entidad corporativa, junta, comisión, cuerpo, negociado, oficina y todo otro organismo gubernamental de las tres Ramas del Gobierno del Estado y los municipios”. Se entenderá por “documento público todo documento que expresamente así se declare por cualquier ley vigente o que en el futuro se apruebe”. La referida Ley 5 establece que “es necesario aclarar que las disposiciones del Código Penal de 1974, enmendado, relativas a documentos públicos, son de aplicación a los documentos a que se refiere esta ley […]”.

Por consiguiente, Puerto Rico no necesita nueva legislación con el anunciado propósito de crear o fomentar la “transparencia” tocante al acceso que deberá tener toda persona a los documentos que generan las entidades públicas, pues es ese, precisamente, el propósito de conservar los documentos. Lo que Puerto Rico necesita es que las entidades pertinentes ―comenzando con el llamado Archivo General del Instituto de Cultura―, así como el Pueblo mismo, se ocupen de que se cumpla esa ley y de que se cumpla estrictamente.

Lo que sí podría proceder es examinar con cuidado esta ley que ya existe y ver si es necesario enmendarla, pero sin menoscabo de las garantías que ya provee.

Breve texto contra la Junta de Control Dictatorial yanqui

Texto sugerido para pegadizos y pancartas, etc.

Boricua: PONTE EN DOS o la Junta

TE PONE EN CUATRO.

¡QUÉ FÁCIL!

Algunas de las personas que sostienen que quienes optan por emigrar debido a estar en una situación económica adversa han debido permanecer aquí y ayudar dentro de sus propias crisis a resolver la que nos han causado directamente los políticos del patio e indirectamente algunas poderosas empresas capitalistas extranjeras, tienen resuelta su propia situación económica y, por consiguiente, de todos modos no tienen necesidad alguna de siquiera sentarse cómodamente a contemplar desde sus nichos la distante idea de emigrar.