Obama nos obsequia el ébola

Con la decisión unilateral de exportar hacia Puerto Rico a soldados suyos que hayan contraído el ébola, el gobierno de Estados Unidos de Norteamérica podría estar contribuyendo a hacer realidad el sueño del médico asesino Cornelius Rhoads nada menos que 83 años después.

Ninguna organización independentista en Puerto Rico, ni radical ni conservadora, ha protestado todavía públicamente ni ha dado indicios de que se proponga convocar a una masiva oposición a este macabro empeño del gobierno de Obama. Todos los políticos guardan silencio.

Tampoco se han expresado en oposición a este ultraje de nuestra nación las entidades a las que les concierne la salud de la gente a pesar de que ya han transcurrido varios días desde que se ha confirmado lo que era un lúgubre rumor.

Es que Estados Unidos no está ajeno al hecho de que los boricuas somos el Pueblo más dócil del planeta –por no decirlo de otro modo más apropiado.

Las rojas flores del flamboyán

Por Margarita Maldonado Colón — 

Las rojas flores del flamboyán es la primera novela de Pedro Aponte-Vázquez, luego de su incursión en la ficción con su libro Las memorias que don Pedro no escribió, un género híbrido entre la historiografía y la ficción, y Transición, colección de cuentos en la que asume de lleno la ficción como medio para tratar el tema político sin dejar nunca de lado la historiografía como fuente documental. Como se sabe, Pedro Aponte-Vázquez es un incansable investigador e historiador del Nacionalismo Puertorriqueño-Movimiento Libertador y a él debemos libros de gran valor histórico en los que desenmascara a los protagonistas de los movimientos represivos en contra de los independentistas, especialmente la persecución a los nacionalistas. También ha puesto al descubierto la conspiración para la tortura y asesinato de don Pedro Albizu Campos y los asesinatos confesados del Dr. Cornelius Rhoads en la década del 30. Todas sus investigaciones han producido una amplia bibliografía sobre estos temas.

No conforme con esto, el autor ha buscado nuevas avenidas que le sirven para allegar esa información a los lectores. Así nos presenta los libros que mencioné anteriormente y su novela Las rojas flores del flamboyán, un hermoso trabajo literario. Esta novela es una forma refrescante de leer una historia que no es historia, aunque parezca un contrasentido. Se trata de la narración de algunos acontecimientos ocurridos en la vida real, trasformados en material novelesco. El autor entra de lleno en la ficción, nutriendo la narración con elementos de la historia y crea un universo literario independiente de los hechos históricos. Amalgama diversos sucesos ocurridos en distintas épocas (fines del siglo XIX y primera mitad del XX), relacionados con la invasión estadounidense, la lucha nacionalista por la liberación y los hechos que marcaron esa lucha. En términos de visión de mundo, el autor crea un espacio-tiempo donde se aspira a la  posibilidad de un desenlace a esa encerrona. Ubica la trama en el espacio-tiempo imaginario de una utopía que se rompe con la invasión de bandidos que trastocan la identidad y el sentido de pertenencia desarrollado por sus habitantes. En la trama se desenvuelven algunos personajes que tuvieron claro en todo momento que habían sido despojados de lo que les pertenecía y resistieron esa invasión y, por otra parte, otros personajes que se acomodan a las normas que los nuevos amos les dictan. La hacienda La Esperanza, está enclavada en medio de la nada, en un tiempo indeterminado, lo que establece, que está a la deriva. La  alternativa queda planteada: hay que tomar acción y en la trama intenta, pero todos los intentos son sofocados (el Águila Blanca y Libertario) por el poder omnipotente y omnipresente del opresor que se vale de la manipulación, la fuerza y todos los medios posibles para exterminar cualquier intento de liberación. En términos de visión de mundo, queda establecido también que sólo una presencia sobrenatural es capaz de liberar la hacienda de sus opresores. Al momento en que la Taína, presencia sobrenatural arraigada en la rebeldía originaria vinculada con la tierra, se hace cargo del opresor y lo ultima, los presentes, en lugar de levantarse en armas, huyen despavoridos. No hay salida entonces. Es una burbuja estancada en el tiempo y el espacio. Así es nuestra historia y así lo plantea el autor. Pero queda el nombre de la hacienda: La esperanza.

Las rojas flores del flamboyán es una lectura que agarra, atractiva por las descripciones, la ambientación, por la trama y por la forma de narrar con una prosa nítida, ágil y cuidada. Una obra que deberían leer nuestros estudiantes en las escuelas –porque sí, tiene un fin didáctico que es una de las motivaciones que como educador manifiesta el autor en todos sus escritos, como expresión de su visión de mundo–, para que creen conciencia de que hay que desarrollar sentido de pertenencia y defender lo que es esencialmente nuestro.

Disponible en: <www.lulu.com/spotlight/albizu>  y en Librería Norberto González, en Río Piedras.

ALBIZU COMO PERSONAJE LITERARIO

 

Albizu como personaje literario

Ponencia presentada por invitación en la Primera Jornada Pedro Albizu Campos celebrada por la Junta Pedro Albizu Campos, Universidad de Puerto Rico, Recinto de Bayamón, 10 de octubre de 2014.

© 2014 Pedro Aponte Vázquez

Agradezco la invitación que la Junta Pedro Albizu Campos tuvo la cortesía de extenderme y felicito a sus fundadores por adoptar los propósitos que los llevaron a establecer esa patriótica entidad. Antes de entrar en el tema de “Albizu como personaje literario” les daré un breve trasfondo que servirá de vínculo con lo que habré de exponer.

Como algunos saben ―y muchos optan por ignorar―, a fines de la década de los años 70, autoexiliado en la ciudad de Nueva York, desenterré del olvido el caso del médico asesino Cornelius P. Rhoads. Subsiguientemente me dediqué durante décadas a localizar y examinar documentos, sobre todo de primera mano, que encontré en archivos y en bibliotecas, los que estudié detenidamente. Además, localicé en su residencia en Río Piedras a Luis Baldoni Martínez, el patriota que le llevó a Albizu la confesión de asesinato del doctor Rhoads; lo abracé, lo conocí, lo entrevisté y más de una vez lo visité. Luego de dar a conocer desde Nueva York mis primeros hallazgos en varios números de un boletín semiclandestino que bauticé con el nombre de El Postillón, publiqué en 1982 el ensayo “Necator Americanus: O sobre la fisiología del caso Rhoads”.

Poco después de empezar a exhumar esos restos históricos, asocié el caso Rhoads con la denuncia de Albizu de que en la cárcel La Princesa lo atacaban con “rayos electrónicos” de “gran precisión” (Aponte Vázquez, 1985, 10). En un artículo publicado en Claridad en enero de 1983 había expuesto la posibilidad de que Rhoads fuera el autor intelectual de la tortura de Albizu con radiación atómica, hipótesis que periodistas ajenos a estos hechos atribuyen al extinto Partido Nacionalista de Puerto Rico-Movimiento Libertador. En aquel momento opté por investigar el grave asunto y llevé ambas investigaciones simultáneamente.

Luego de poner un pie dentro del campo de la literatura con un drama bilingüe que titulé Park Avenue South, comencé hace unos diez años a internarme de lleno en la ficción, primeramente a través del guión cinematográfico, luego por medio del cuento y finalmente por medio de la novela, como medios adicionales de exponer los hallazgos de mis investigaciones. Es por esa razón que, aunque mi campo de acción ha consistido en aplicar el periodismo a la investigación histórica, he optado por hablarles sobre Albizu, no como personaje histórico, sino “como personaje literario”.

Historia y ficción

Aunque mi hábitat es la investigación y la concomitante divulgación de hallazgos, he reflexionado por algún tiempo sobre la práctica de utilizar en la literatura hechos debidamente documentados de nuestra historia política. Lo he hecho desde antes de internarme en el campo de la ficción, pero con más detenimiento desde que leí unas novelas que se distinguen por las distorsiones que propagan sobre Albizu y el caso Rhoads, mis dos áreas de estudio. Hablaré más adelante sobre esas obras, pero los invito a que antes entremos a considerar de paso un marco teórico. Éste es, cómo concibo los subgéneros de “novela histórica” y de “historia novelada” dentro del género literario llamado “novela”.

La novela histórica

Para mi concepto, la novela histórica no es otra cosa que la ficción entrelazada con historia. Es el resultado de la narración de sucesos imaginarios demarcados por las características de un período relativamente lejano del momento en que la escriben, aconteceres usualmente remotos que la magia de la literatura nos permite presenciar.

Es por eso que, para alguien escribir una novela cuyo tema es, digamos, la Revolución Francesa, debe nutrirse primeramente de datos sobre la cultura de la Europa de fines del siglo 18, lo que implica conocer sus características sociales, geográficas, políticas, económicas, e históricas. Sobre todo, necesita conocer esas características en torno a la Francia, así como a las causas, desarrollo y consecuencias de esa famosa revolución. Luego inventa los personajes principales que serán los protagonistas y antagonistas del conflicto que desarrollará, así como el resto de los personajes necesarios para darle vida a la trama. Es decir, que los escritores deben conocer lo suficiente del período histórico dentro del cual se desarrolla la novela que escriben, de modo tal que no excedan las limitaciones que impone el respeto que merece la Historia auténtica.

En el caso de una novela histórica en la que el tema sea, por ejemplo, la insurrección Nacionalista de 1950, excedería por mucho tales limitaciones decir, ya sea en la narración o a través de los diálogos,  que “Albizu Campos fue transferido [de la cárcel de Atlanta] al hospital Columbus luego de un ataque cardiaco” (Friedman, A. 149). Sería falso, además, decir que lo llevaron de esa cárcel a ese hospital con “las piernas hinchadas”; que allí “siempre estaba vigilado por un policía” y que desde que llegó lo estaban “inyectando con cosas” (Martínez Maldonado 107), pues sobre nada de eso hay disponible documentación alguna. Un excelente ejemplo de lo que debe ser un cuento histórico en el cual Albizu es protagonista lo encontramos en “Fragancia de rosas y jazmines” (Maldonado Colón) en el cual la autora expone de modo magistral, a través de un personaje auténtico, la genuina condición de salud del prócer poco después de ser expulsado de la cárcel La Princesa el 30 de septiembre de 1953.

La historia novelada

Por otra parte, tenemos lo que denominan historia novelada. Así como la novela histórica es la ficción entrelazada con historia, la historia novelada es la historia entrelazada con ficción. Es la narración de hechos históricos auténticos ―lo que la hace “historia”― complementada esa exposición con datos que el autor aporta de su propia creación por falta de información proveniente de la historia oral o de documentos auténticos ―de ahí que sea “novelada”, es decir, que tiene un toque de novela; un toque de ficción. Quien la escribe lo hace basándose en sus conocimientos y su interpretación de la auténtica historia, pero debe ceñirse a los hechos históricos.

Aunque en uno y otro caso es necesario que el autor, o la autora, según sea el caso, conozca en detalles los acontecimientos pretéritos sobre los cuales escribe, en la novela histórica ese conocimiento podría razonablemente limitarse a la ambientación del período objeto de la narración si las figuras históricas son meros personajes nominales. Ahora bien, es mi firme posición que en ambos subgéneros, quien escribe debe respetar la realidad histórica en la presentación de los hechos y, en especial, al exponer directamente a través de las descripciones e indirectamente por medio de los diálogos, los gestos y la acción de los personajes, los rasgos de personalidad de los personajes históricos.

Quienquiera que en una novela histórica aluda a características del pasado que resulten incompatibles, incongruentes, reñidos con lo que fue la realidad, evidencia desconocimiento de los hechos históricos pertinentes. Lo mismo podemos decir de quien en una historia novelada no sólo ubique a los personajes en lugares erróneos en el tiempo y el espacio, sino que encima presente rasgos ajenos y hasta contrarios a la conocida personalidad de las figuras históricas. Además, demuestran ese desconocimiento de acontecimientos históricos los críticos literarios que terminan despachando como excesivos aquellos diálogos cuyo contenido histórico no se han ocupado de conocer.

Desde luego, alguien podría alegar con toda sinceridad, pero sin justificación alguna, que hizo a un personaje histórico proyectar unos rasgos de personalidad que le son ajenos porque no estaba escribiendo Historia, sino literatura. Incluso podría alegar que lo hizo porque su propósito es inducir a los lectores a investigar la Historia y determinar qué es realidad en la obra y qué es ficción, lo cual es un fin legítimo de quien crea una historia novelada. Lo peor del caso podría ser que quien escribe, aunque conozca los hechos históricos auténticos, los distorsione con toda intención porque tenga una agenda oculta. A esos autores no les interesa impartirles autenticidad a sus personajes porque su interés es proyectarlos del modo que más convenga a sus propósitos.

Más aún, los editores, aquellos cuya función en las casas editoriales es escudriñar textos y, cuando procede, recomendarles a los autores modos de mejorar los mismos, deben estar atentos a las distorsiones y tergiversaciones de los hechos históricos y señalarlas. Por su parte, quienes tienen la palabra final en las editoriales deben abstenerse de publicar textos que contengan tales alteraciones aun después de los editores haber advertido sobre las mismas. Eso tal vez no es lo práctico, pero ciertamente es lo moral. De otro modo, unos y otros se convierten en cómplices del ultraje vil de la Historia, unos por ignorancia, otros por negligencia, y los más por mera indiferencia o por contubernio. En el caso de la figura de nuestros verdaderos próceres, así como de episodios y capítulos de nuestra lucha de liberación nacional, este asunto cobra aún más importancia debido a sus probables implicaciones políticas.

Ejemplos

Veamos un par de ejemplos. Últimamente, digamos, dentro de los pasados quince años aproximadamente, ha surgido interés en escribir literatura ―no siempre ficción― basada en el caso Rhoads, así como en Albizu y la insurrección de 1950. Dentro de ese contexto, hará unos seis años que Robert Friedman, un periodista estadounidense que fue reportero del diario The San Juan Star, vino de su país a decirnos que había publicado una novela de suspenso cuyo tema era el doctor Cornelius P. Rhoads. Dicho autor parte de la confesión de asesinato del doctor Rhoads, un suceso de importantes ―aunque ignoradas― implicaciones históricas que nace en 1931 y muere unos meses después, para desarrollar alrededor del mismo una intrincada madeja de eventos ficticios salpicados de escenas increíbles o, cuando menos, difíciles de creer.

Es un melodrama que comienza y continúa con graves alteraciones de importantes hechos de nuestra historia nacional que les crearán a algunos lectores nuevas dudas mientras a otros los enredarán en una vorágine de datos inventados que algunos, por ignorancia, darán por verídicos. Una grave tergiversación es el hecho de que, aunque en la realidad el fiscal José Ramón Quiñones fue uno de los principales funcionarios públicos corruptos que propiciaron el encubrimiento del caso, en esta novela aparece como el fiscal honesto que investigó las muertes, pero no encontró pruebas en contra del asesino confeso a pesar de estar disponibles los cuerpos de los delitos y una confesión manuscrita.

En esta novela, Albizu viene a ser un personaje de referencia. En la misma, un hijo ilegítimo que Rhoads en realidad no dejó en Puerto Rico, anda en busca del personaje histórico apodado “Ferdie”. Cuando lo encuentra, éste le “revela” en su ficticio lecho de muerte que Rhoads en verdad no asesinó a aquellos hombres, mujeres y niños a quienes él espontáneamente dijo por escrito que había asesinado. La insólita versión que el autor pone en boca de este personaje es que murieron por errores que Rhoads cometió. La novela tiende así a exonerar al asesino confeso y, por consiguiente, a hace ver a Albizu como un político oportunista más que mintió sobre el caso con fines puramente partidistas en medio de la campaña eleccionaria de 1932, en la que el Partido Nacionalista participó.

Por otra parte, aunque jamás ha habido serias alegaciones ni pruebas circunstanciales en el sentido de que Albizu fuera expuesto a irradiación ilegal ni a tortura de clase alguna en la prisión de Atlanta de la provincia estadounidense de Georgia ni en el hospital Columbus de Nueva York,  una recién publicada novela de suspenso nos dice que así fue.

El autor, ex presidente de la Junta de Directores del Instituto de Cultura Puertorriqueña durante la administración colonial de Sila Calderón, describe su novela como “obra de ficción basada en hechos reales” y a renglón seguido agrega que “cualquier semejanza de los personajes con personas vivas o muertas es pura coincidencia” (Martínez Maldonado 5). Además, nos advierte que los personajes, los principales de los cuales son don Pedro Albizu Campos y Cornelius P. Rhoads, “no necesariamente hicieron o dijeron lo que hacen o dicen en la novela” (Ibid.). Hechas estas “advertencia[s]”, mientras desarrolla la acción, el autor deja una estela de descripciones de Albizu que en conjunto terminan distorsionando su personalidad al presentarlo como un ser vacilante, indefenso, atemorizado y vengativo, que enloqueció debido a supuestas torturas sufridas en la cárcel de Atlanta.

¿De qué les valen a los lectores las advertencias que les hace el autor? Con advertirnos que Albizu “no necesariamente” hizo o dijo en la realidad lo que en la novela hizo y dijo, solamente nos dice que tal vez sí lo hizo y lo dijo, pero tal vez no. De igual modo, con implicar que “cualquier semejanza” del personaje nacionalista llamado Albizu con el verdadero Albizu nacionalista es “pura coincidencia” el autor, un reconocido nefrólogo, causa la impresión de que tiene en muy baja estima la inteligencia de sus lectores.

El Albizu de esta novela no sólo es un Albizu que en su lucha por la independencia de Puerto Rico solamente utilizó la violencia, contrario a la realidad histórica. El autor, de quien un crítico literario ha osado decir que “ha explorado como ningún escritor contemporáneo los acontecimientos que definieron y marcaron tres décadas del siglo XX en Puerto Rico, ese periodo que inicia en los años 30 y culmina en los emblemáticos 60’s” (Cana), va más allá y reescribe a su gusto aspectos fundamentales del período del confinamiento de Albizu en Atlanta, de las condiciones legales en las que sale de esa prisión y de su reclusión en el hospital Columbus. Con ello establece para los incautos algo que es políticamente conveniente para el Partido Popular Democrático (PPD) en este peculiar momento histórico: que fue allá en la metrópoli y no acá bajo la administración colonial de Luis Muñoz Marín y su PPD, donde el prócer sufrió torturas con radiación, asunto que hoy día corre de boca en boca.

Pero eso no es todo. Al final, los lectores estarán en la creencia de que el nefasto doctor Eduardo Garrido Morales quien “se había graduado del Medical College de Virginia y luego obtuvo un doctorado en epidemiología de la universidad de Johns Hopkins, con una beca de la Fundación Rockefeller” (Galenus), no fue el médico corrupto que manipuló metódicamente, día a día el encubrimiento de los asesinatos que Rhoads confesó, sino que actuó de un modo contrario. Incluso tendrán la impresión de que el doctor Cornelius P. Rhoads, a quien la Fundación Rockefeller envió a Puerto Rico en 1931, sí era abusivo y arrogante, pero probablemente no cometió los asesinatos que de su puño y letra se jactó de haber cometido sin que se lo preguntaran.

Afirmo y sostengo que no hay motivo legítimo alguno para que un narrador de ficción deje consignado en una obra literaria que un acontecimiento histórico transcurrió de un modo distinto al que ya ha sido debidamente documentado. Sin embargo, eso es lo que hace el autor de esta novela cuando alude a la estadía de Albizu en Atlanta y en Nueva York. Más aún, inventar que el patriota Gregorio Hernández Rivera intentó suicidarse en medio del ataque a La Fortaleza (Martínez Maldonado 305), es sólo un elemento de dramatismo ficticio que el autor trae arrastrado sin piedad por sus pocos pelos. Por si fuera poco, dos autores estadounidenses (Hunter & Bainbridge) han distorsionado hechos pertinentes a Albizu y al caso Rhoads en un libro sobre el ataque a la Casa Blair el cual, aunque parece ficción, se supone que sea historia.

Conclusión

La detestable práctica de falsear los hechos históricos en el proceso de crear ficción podría deberse a desconocimiento de esos hechos por falta de investigación histórica o a una investigación deficiente, pero tal no es el caso con la novela del prestigioso galeno. Un motivo para un narrador de ficción adulterar nuestra Historia nacional podría ser el hecho de que no le otorgue credibilidad a los datos históricos publicados en ensayos, columnas periodísticas, revistas o libros, porque el autor de los mismos no haya sido auspiciado por una casa editora y/o no haya recibido elogios de la crítica, sobre todo, de críticos que tal vez saben mucho de teoría literaria, pero dramáticamente poco sobre nuestra historia. Otra causa podría ser el propósito utilitario de que tales distorsiones sirvan para impartirle a la narración un dramatismo que de otro modo exigiría mayor esfuerzo creativo. Una mezquina razón sería la de falsificar la Historia intencionalmente con el fin de contrarrestar la influencia que puedan ejercer los hechos históricos sobre las convicciones ideológicas de los ciudadanos y en las decisiones que tomen como electores. En fin, tratar con distorsiones a Albizu como personaje literario es una mera utilización mercantilista de su nombre que nadie debe tolerar.

Nos corresponde, pues, a quienes honramos la memoria de Albizu, rechazar en todo momento, pública y enérgicamente, por todos los medios posibles, el que los escritores proyecten imágenes contrarias a lo que, según la documentación y la historia oral confiable, haya sido la realidad. Además, invito a los reseñadores y a los críticos literarios, ya sean de alquiler o aficionados, así como a la Asociación Puertorriqueña de Historiadores y al capítulo de Puerto Rico del Club Pen Internacional, a promover activamente el que los escritores de ficción sean fieles en sus obras a los rasgos de personalidad de las figuras históricas y a los hechos debidamente documentados de la Historia en general. #

BIBLIOGRAFÍA

Aponte Vázquez, Pedro. “Necator Americanus: O sobre la fisiología del caso Rhoads”. Revista del Colegio de Abogados de Puerto Rico 43 (1982): 117-142.

― “¿Asesinó Rhoads a Albizu?” Claridad. 14–20  ene 1983: 16.

¡Yo acuso!: Tortura y asesinato de don Pedro Albizu Campos. Bayamón, P.R.: Movimiento Ecuménico Nacional de Puerto Rico (PRISA, Inc.), 1985.

Cana, Carlos Esteban. “Manuel Martínez Maldonado presentará su más reciente novela”. El Post Antillano. Web. 10 sep 2014.

Friedman, Andrea. Citizenship in Cold War America: The National Security State and the Possibilities of Dissent. Amherst & Boston: University of Massachusetts Press, 2014.

Friedman, Robert. Shadow of the Fathers. Moorpark, CA: Floricanto Press, 2007

Galenus: Revista para los médicos de Puerto Rico. “Dr. Eduardo Garrido Morales.” Web. 26 sep 2014.

Hunter, Stephen & Bainbridge Jr., John. American Gunfight: The Plot to Kill Harry Truman and the Shoot-out that Stopped it. N.Y.: Simon & Schuster, 2005.

Maldonado Colón, Margarita. “Fragancia de rosas y jazmines”. Facebook.com. Web. 11 sep 2014.

Martínez Maldonado, Manuel. Del color de la muerte. San Juan, PR: Publicaciones Gaviota, 2014.

¿Quién es?

En el palacio de la palabra escrita se agazapa tras una columna un siniestro personaje impune.

Versión yanqui del ataque a la Casa Blair

Versión yanqui del ataque a la Casa Blair

(Stephen Hunter and John Bainbridge,Jr., American Gunfight: The Plot to kill Harry Truman and the Shoot-out that Stopped itN.Y.: Simon & Schuster, 2005, 368 pp., 16 fotos).

Reseña

Por Pedro Aponte Vázquez

En este libro sobre lo que la casa editora cataloga de “acto terrorista”, los autores nos presentan una versión más o menos balanceada del intento de los patriotas boricuas Oscar Collazo y Griselio Torresola de darle muerte en 1950 al presidente de Estados Unidos Harry S. Truman. En la misma entrelazan datos de fuentes documentales y orales con sus respectivas interpretaciones y opiniones personales. 

Hunter, novelista y crítico de cine, y Bainbridge, abogado y periodista independiente, incluyen semblanzas de Oscar Collazo y Griselio Torresola – a quienes llaman “asesinos” – así como del presidente Truman y de los agentes con quienes los patriotas  intercambiaron disparos – los que vienen a ser, como decimos en Puerto Rico, “los cheches de la película”.  

El relato del extraordinario suceso histórico narrado con ribetes de novela, presenta a los protagonistas – a los de aquí y a los de allá – como los seres humanos que eran (o que son) y los ubica dentro de sus correspondientes contextos históricos. No obstante, los autores insisten una y otra vez en llamar “asesinos” a Oscar y a Griselio cuando pudieron haberlos denominado “luchadores por la libertad”. Pero claro, hay que ver que Bainbridge es un ex procurador general (auxiliar).

Este abogado con inclinaciones de fiscal vino a Puerto Rico cinco veces (Hunter una vez) y entrevistó a varias personas, algunas de ellas fuentes de primera mano en lo pertinente a Oscar y a Griselio. Ambos – o tal vez sólo Bainbridge – consultaron documentos del notorio FBI y numerosas obras publicadas sobre temas tales como, entre otros, los dos juicios de Albizu, uno de los cuales lo llevó a la cárcel de Atlanta en 1937; sus años en Nueva York, incluyendo su temporada en el hospital Columbus; el caso del doctor Rhoads de 1931, al cual Oscar aludió durante su juicio; la emigración de los boricuas hacia Estados Unidos y nuestras inevitables experiencias con el racismo y la explotación; la explotación económica en general de Puerto Rico por el imperialismo yanqui con sus dolorosas consecuencias económicas y sociales, y la Masacre de Ponce de 1937.

El libro está organizado en 48 capítulos, la mayoría relativamente cortos y amenos y algunos pesados y empalagosos. Tiene, además, un epílogo, un índice y 16 fotos, la mayoría harto conocidas en Puerto Rico.

Una de las principales debilidades de este relato es el hecho de que carece de notas bibliográficas al pie de página o al final de capítulo. En lugar de ello, tiene una sección al final del libro en la que los autores se conforman con mencionar las fuentes que usaron para cada capítulo sin importar que hayan citado directamente o hayan parafraseado a otros autores. Lo que es peor, no señalan a qué datos específicos corresponden las fuentes que mencionan en esa sección. Este recurso, que constituye una seria deficiencia, disimula el hecho de que los autores han optado por hacer  muchísimas afirmaciones sin fundamento alguno.

Muchas de esas afirmaciones que Hunter y Bainbridge procuran hacer pasar como comprobados datos históricos, los encontré en lo pertinente al caso Rhoads, a la persecución de Albizu, a su hospitalización en Nueva York y a otros asuntos relacionados con su sentencia, así como en lo concerniente a la insurrección del 30 de octubre y al ataque a La Fortaleza. Seguramente otros las encontrarán en lo pertinente a otros asuntos.

En lo que a este autor concierne, esos, digamos, desaciertos, le restan credibilidad al trabajo de investigación y al relato mismo de los hallazgos, pues ¿cómo habremos de saber los lectores si en lo tocante a aspectos que no dominamos ha habido iguales o hasta peores falsedades?

En una de sus afirmaciones más descabelladas pertinentes al caso Rhoads, Hunter y Bainbridge dicen que, a pesar de que Rhoads ya había dicho que su confesión de asesinato no era otra cosa que una broma, en la época de los sucesos (1932) hubo con todo y eso “muchas investigaciones”, cuando en realidad sólo hubo una y fue con el propósito de encubrir los asesinatos.  Uno de los investigadores, dicen los referidos autores, fue el entonces gobernador James R. Beverley, aunque nada existe que siquiera lo sugiera. Dicen los autores a renglón seguido que “Otro investigador, Pedro Aponte Vázquez, descubrió  una carta de 1932 de Beverley” y citan su contenido. Lo grave de estas afirmaciones es que Beverley no hizo investigación alguna, que la única mal llamada investigación la hizo el epidemiólogo Eduardo Garrido Morales sin ser fiscal, y que este autor no fue otro de los investigadores de aquella época, pues ni siquiera había nacido para el año de 1932.

En aras de la brevedad que el medio periodístico requiere, he hecho un gran esfuerzo para eliminar de aquí datos específicos que ya había incluido y que refutan las extrañas alegaciones de los dos autores en referencia al caso Rhoads, a Albizu y al ataque a La Fortaleza. En torno al primero me limitaré a advertir que quien no conozca los pormenores del caso, quedará con la colosal mentira que ellos propagan en el capítulo titulado “El coloso Rhoads” y que ha vuelto a estar de moda entre la intelectualidad en Estados Unidos: que todo fue una broma del racista, pero grandioso doctor Rhoads.

Además, Hunter y Bainbridge se sacan de la manga como magos que a Albizu le dio un ataque al corazón en la cárcel en 1943 y que por ese “golpe de suerte” (break, dicen los autores) fue “sacado (“removed”) de la cárcel y transferido al hospital Columbus” a terminar de cumplir allí su sentencia de cárcel. Semejante ficción podría esperarse del novelista Hunter, pero no del fiscal Bainbridge. Lo que se insinúa con ese invento es que así de bondadosos fueron con Albizu los compatriotas de Hunter y Bainbridge de ayer  –  los mismos que hoy, con su capitalismo terrorista, bombardean a su antojo a Irak dizque para llevarles “paz”  a los iraquíes.

En fin, las numerosas afirmaciones del crítico de cine Hunter y del periodista Bainbridge que contradicen sin fundamento alguno lo que autores puertorriqueños hemos demostrado con irrefutable documentación, sugiere que estos dos historiadores aficionados han optado por decirnos que la realidad es la que nos pintan ellos como representantes del imperio y no la que hemos descubierto nosotros “los nativos” de la colonia.

A pesar de todo, Hunter y Bainbridge aportan una versión  interesante según la cual  el propósito de ajusticiar a Truman fracasó sólo porque el elemento sorpresa se diluyó cuando la pistola de Oscar, en lugar de soltar su primer disparo, hizo un “click” que le avisó de su presencia y de sus intenciones al primer agente al que se disponía a dispararle. Convendría, pues, que los boricuas le echáramos un vistazo a esa versión y formáramos nuestro propio juicio y que Hunter y Bainbridge, mientras tanto, desistieran de convertirse en historiadores si no han de ejercer ese oficio con la debida seriedad. #

Derecho versus Obligación

Cuando una regla o una ley dice que un ciudadano tiene el derecho de decir o hacer algo en específico, no significa que tiene la obligación de hacerlo. En el caso de un convicto negarse a estar presente en sala al momento de dictarse sentencia en su contra, la regla dice que tiene el derecho ―no la obligación― de estar presente. Independientemente de los deseos de otras personas, la realidad es que se trata de que tiene un derecho, no una obligación. Si los legisladrones hubiesen querido que fuera una obligación, habrían usado esa palabra, pero la que usaron fue “derecho”. En el caso del convicto por el asesinato de Yexeira Torres Pacheco, el juez erró en su interpretación de la regla y lo que hizo en efecto fue legislar, función que le corresponde a la legislatura.

El ala soberanista del PPD…

El ala soberanista del PPD podría dar indicios de al menos buena voluntad reconociendo públicamente que todo el tiempo Albizu tuvo la razón cuando sostenía que con el ELA nada significativo habría de cambiar. Sobre todo, podría expresar arrepentimiento en nombre del partido por las humillaciones a las que lo sometió al calificarlo de paranoico y por los atropellos físicos con los que le minaron su salud hasta causarle la muerte. A que no lo hacen, vamos…

ANTULIO VEGA CHARNECO

Busco al poeta y educador boricua del pueblo de Aguada, Antulio Vega Charneco, autor de: “Luces rojas–intermitentes ojos sangrantes” (Revista Mester, año 2, núm. 10-11; feb-mayo 1969: p 9).

Responder a <pac1209@yahoo.com>.

 

Antulio apareció.

CRITICANDO A LOS CRÍTICOS

La persona que además de narrar se dedica a criticar desde un nicho comercial a otros narradores, suele tener la ventaja de no ser, a su vez, objeto de crítica, lo que le sirve de estímulo a alguien que, además, tenga vocación de francotirador. 

Como parto de que quien osa publicar lo que escribe debe estar en la disposición de recibir comentarios de todo tipo, he creído que la mejor reacción a una crítica negativa es el silencio. Hoy hago una excepción para comentar en torno a dos críticas a mi cuento “Flor de la mañana” publicadas extrañamente el pasado domingo 24 en El Nuevo Día firmadas por la escritora Carmen Dolores Hernández y su colega José Borges.

En primer lugar, Hernández encuentra que una conversación que sostienen tras un encuentro fortuito un boricua y una compatriota suya en la ciudad de Nueva York sobre unas obras literarias “sería insoportable” en la realidad y ya escrita “resulta inaguantable”. Extraña reacción de alguien que hace de la literatura una lucrativa ocupación.

Agrega la crítica, ahora con evidentes ínfulas de clarividente, que con la “palabrería” del cuento el autor “tiene el propósito de crear un ‘suspense’ que desemboca en un encuentro sexual”. Ella cree tener tal dominio de la literatura que incluso sabe qué propósito tenía en su mente el autor de un cuento ―ojo: no es que lo conjeture; no es que lo imagine; es que lo sabe.

Pasa por alto la reseñadora de El Nuevo Día los aspectos históricos, sociológicos, económicos, ideológicos y políticos de la “palabrería” de los personajes y concentra su atención en el aspecto erótico del encuentro, aspecto mediante el cual el lector conoce mejor la personalidad de ambos personajes.

Es razonable conjeturar que Hernández no tuvo contacto personal con las vivencias “de la calle” durante la turbulenta década de los 60-70 ni experimentó en carne propia la persecución política y que por esa razón no alcanza a captar lo significativa que es la conversación que denomina “palabrería”. Una palabrería en la que se menciona, entre otros, a Betances, Hostos y Pachín Marín.

Aunque su colega Borges aparentemente tampoco la tuvo, él sí estuvo cerca de captar el propósito del contenido de la conversación de los personajes en torno a los temas de la literatura y de la persecución política. Sin embargo, opta por desviarse de lo que denominó despectivamente el “toque didáctico” del cuento y se siente más atraído, al igual que Hernández, por el incidental asunto sexual.

Pues sí señor, la “palabrería” del cuento tiene un “toque didáctico”, pues tiene la intención ―y lo sé porque soy el autor, no porque sea clarividente― de exponer situaciones relacionadas con la persecución política en Puerto Rico con la esperanza de que los lectores de nuevas generaciones involucrados en nuestra lucha de liberación nacional aprendan del pasado. Eso parece ser lo que hace “insoportable” e “inaguantable” este cuento. Seguramente lo es también para el Big Brother.

el Club PEN Internacional, Capítulo de Puerto Rico

Cualquiera pensaría con bastante lugar a equivocación que los escritores de Puerto Rico, las escritoras incluidas, no cuidamos nuestro vernáculo, el cual es, después de todo, nuestro principal instrumento de trabajo. Debido a que el Club Internacional de Poetas, Ensayistas y Novelistas ―de ahí lo de PEN, pero en inglés: Poets, Essayists, Novelists― surgió en Inglaterra, donde, como se sabe, hablan inglés, el nombre original de la entidad es International PEN Club. La estructura del nombre concuerda, pues, con las reglas de la gramática de la lengua inglesa. Los escritores ingleses no dirían ―y las escritoras inglesas tampoco― “Club PEN International” o algo semejante, pero eso es allá, en Inglaterra.

Acá en Puertorro, tal parece que ni los escritores ni las escritoras que pertenecen a la histórica y prestigiosa organización internacional prestan atención a la gramática de su propio idioma cuando del nombre de la entidad se trata, pues lo denominan PEN Club de Puerto Rico cuando se supone que en español sea Club PEN de Puerto Rico. Encima especifican que es de un Puerto Rico internacional. Su club es el PEN Club de Puerto Rico Internacional, cuando lo “Internacional” es el club y no Puerto Rico. Insisto en que el nombre formal de la organización en nuestro idioma debe ser Club PEN Internacional, Capítulo de Puerto Rico o, para abreviar: Club PEN de Puerto Rico.

El presidente del Club me ha explicado en dos ocasiones con aparente paciencia que la entidad usa el nombre siguiendo la gramática inglesa sencillamente porque se originó en Inglaterra. Este modo de procurar justificar la anomalía sólo me hace recordar las palabras de Fanon en el sentido de que el colonizado “lleva al colonizador alojado en la conciencia”.