NUEVO LIBRO DESCRIBE LA VIDA DE HEROÍNAS BORICUAS

En Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s (N.J.: Markus Wiener Publishers, Inc., 2016, 347 págs.), la historiadora puertorriqueña Olga Jiménez de Wagenheim no solo les recuerda a sus lectores el hecho de que las mujeres boricuas no eran (y todavía no son, permítaseme agregar) invisibles para nuestro opresor en el curso de nuestra lucha por independizarnos del imperialismo yanqui sino que, además, nos lleva de la mano a través de una exposición profusa y adecuadamente documentada que nos provee una vista panorámica de nuestra más reciente historia política.

El libro rinde tribute a dieciséis mujeres, 15 de las cuales fueron perseguidas y encarceladas por haber participado o parecerle al Invasor que habían participado en la lucha armada del Partido Nacionalista de Puerto Rico de los años de 1950, y otra que heroicamente sobrevivió la Masacre de Ponce en 1937. En relación con esta limitación que se impuso, Jiménez de Wagenheim dice estar “consciente de que otras puertorriqueñas han sido encarceladas por sus ideales políticos a partir de los años 50 y merecen también un estudio profundo de sus hazañas y contribuciones a la causa de la independencia de Puerto Rico” y añade: “Lamento no ser yo la autora”. Además, provee una breve y vívida introducción con una imprescindible narración de las condiciones objetivas que llevaron a la insurrección de 1950 contra la tiranía de EE. UU.

Aunque el título nos indica que trata sobre mujeres Nacionalistas, justificadamente incluye a una que no lo era: la pacifista Ruth M. Reynolds, oriunda de las Black Hills de los nativos Lakotas, quien desempeñó un importantísimo papel en nuestra lucha, pero no perteneció al Partido Nacionalista ―un detalle que Jiménez de Wagenheim deja claro. Por otra parte, el subtítulo del libro, Mujeres puertorriqueñas que la Historia olvidó, 1930s-1950s, invita a un análisis semántico, pues se podría alegar que a estas compañeras no las olvidó la Historia, por cuanto los Pueblos, sus líderes y sus historiadores son los que olvidan. Más aún, tal parece que muchas de ellas han sido olvidadas, no todas.

Jiménez de Wagenheim, perteneciente por muchos años a la diáspora boricua y quien, aunque en las entrañas del monstruo ha mantenido con firmeza su primer apellido con su tilde, no es una neófita en estas lides, pues ha publicado libros y artículos sobre otros aspectos de la historia política de Puerto Rico, incluyendo nuestra rebelión contra el imperio español. Sobre todo, lo ha hecho con extremo cuidado y con respeto a los hechos históricos, metodología esta a la que algunos autores y hasta algunos críticos parecen darle de codo. Para este libro se valió principalmente de fuentes primarias tales como documentos públicos, la mayoría de los cuales vinieron a estar disponibles recientemente, testimonios escritos y entrevistas grabadas y personales con fuentes a las que, contrario a algunos autores, ella identifica debidamente.

Sin embargo, aunque es evidente su predilección por los detalles, Jiménez de Wagenheim evade mencionar sucesos significativos aunque fuera solamente, en este caso en particular, al menos en notas bibliográficas. Tal es el caso del escándalo Rhoads ―muy probablemente una de las causas por las cuales el partido Nacionalista recurrió a la lucha armada―; las denuncias de Albizu de que se le exponía a la radiación ―las cuales Carmín Pérez e Isabel Rosado mencionan en sus entrevistas como lo hace Rosa Collazo en sus Memorias―; y el diagnóstico de locura que el gobernador Muñoz Marín ordenó especialmente para el líder Nacionalista con el fin de contrarrestar sus alegaciones.

Por otra parte, es tal la abundancia de datos biográficos de este libro que, aunque conversé de vez en cuando con nueve de las mujeres aquí incluidas y de que entrevisté a muchas de ellas hace unas décadas, encontré un caudal de datos que he venido a conocer solamente después de leer la meticulosa narración que contiene.

A pesar de su uso del verbo “asesinar” en referencia al intento de luchadores por la libertad de ejecutar al presidente Truman y de afirmaciones sobre el estado de salud de Albizu mientras estuvo en Estados Unidos las cuales podemos refutar sobre la base de documentación histórica, Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s es una confiable fuente de información en torno a los atropellos de los que hemos sido y somos víctimas bajo el imperialismo estadounidense. Por estar escrito en inglés, el libro no sólo tenderá a fortalecer aún más los lazos culturales y políticos entre los puertorriqueños en nuestra patria y los de Estados Unidos y otros países, sino también iluminará a otros lectores que están empezando a enterarse de nuestra existencia como nación caribeña subyugada.

Basado en la experiencia, uno puede razonablemente suponer que el Partido Independentista Puertorriqueño dejará de lado algunas tareas para asegurarse de que el libro sea ampliamente distribuido a lo largo y lo ancho de la Isla.

 

 

 

NEW BOOK DEPICTS LIFE OF PUERTO RICAN HEROINES

In Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s (N.J.: Markus Wiener Publishers, Inc., 2016, 347 pp.), Puerto Rican historian Olga Jiménez de Wagenheim not only reminds her readers of the fact that Puerto Rican women were not (and still are not, allow me to add) invisible to our oppressor in the course of our struggle for independence from Yankee imperialism, but also guides us by the hand through a profusely and adequately documented exposition that provides a panoramic view of our most recent political history.

The book pays tribute to sixteen women, fifteen of which were persecuted and incarcerated for having participated or just seeming to the Invader to have participated in the Nationalist Party of Puerto Rico’s 1950s armed struggle, plus one who heroically survived the 1937 Ponce Massacre. Regarding that self-imposed limitation, Jiménez de Wagenheim says she is “aware that other Puerto Rican women have been imprisoned for their political ideals since the 1950s and also merit an in-depth study of their deeds and contributions to the cause of Puerto Rico’s independence” and adds: “Regret not being that scholar.” In addition, she provides a brief and vivid introduction with a much needed account of the objective conditions that led to the 1950 insurrection against U. S. tyranny.

Although the title indicates that it is about Nationalist women, she justifiably includes one who was not: pacifist Ruth M. Reynolds, from The Black Hills of the Lakota natives, who played a very important role in our struggle, but was not a member of the Nationalist Party ―a point Jiménez de Wagenheim does make clear. On the other hand, the book’s subtitle, Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s, invites a semantic analysis, for it could be argued that these compañeras were not forgotten by History, insofar as the Peoples, their leaders, and their historians are the ones who forget. Furthermore, most of them seem to have been forgotten, not all of them.

Jiménez de Wagenheim, for long a member of the Puerto Rican diaspora who, although in the monster’s belly, has held fast to her own family surname and even to its graphic accent, is no newcomer to these endeavors, having published books and articles on other aspects of Puerto Rico’s political history, including our rebellion against the Spanish empire. Above all, she has done so with utmost care and respect for historical facts, a methodology some authors and even some critics seem to shun. For this book, she availed herself of primary sources such as public documents, most of them only recently made available, written testimonies, and tape-recorded as well as personal interviews with sources which, contrary to some authors, she duly identifies.

However, although evidently quite fond of details, Jiménez de Wagenheim avoids mentioning meaningful events if only, in this particular case, at least in bibliographical notes. Such is the case of the Rhoads scandal ―very likely one of the reasons the Nationalist party resorted to armed struggle―; Albizu’s claims of exposition to radiation ―which Carmín Pérez and Isabel Rosado mention in their interviews as does Rosa Collazo in her memoirs―; and the insanity diagnosis governor Muñoz Marín ordered specially for the Nationalist leader in order to counter those claims.

On the other hand, this book’s abundance of biographical data is such that, despite my having conversed now and then with nine of the women here portrayed and having interviewed most of them decades ago, there is an array of facts I have come to learn only from reading the meticulous narrative it contains.

Despite its use of the verb “assassinate” in reference to the attempt by freedom fighters to execute President Truman and to assertions regarding Albizu’s state of health while in the U.S. that can be refuted on the basis of the historical record, Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s is a reliable source of knowledge about our plight under U.S. imperialism. Written in English, it not only will tend to strengthen even more the cultural and political ties between Puerto Ricans in our motherland and those in the U. S. and elsewhere, but also will illuminate other readers who are just beginning to learn about our existence as a subjugated Caribbean nation.

Based on experience, one can reasonably expect the Puerto Rican Independentist Party to go out of its way to make sure that it is widely distributed throughout the Island.

¿LA META YANQUI? DESPOBLAR A PUERTO RICO

El placentero sueño de algunos de que el Gobierno yanqui está empujándonos hacia la independencia no es más que un sueño y ya nos dijo el poeta español que “los sueños, sueños son”. Sí parece altamente razonable conjeturar, partiendo de los conocimientos que hemos acumulado sobre el proceder yanqui tras más de un siglo de coloniaje, que ha estado urdiendo un plan para provocar que prácticamente desalojemos el archipiélago. Para ello ha creado condiciones económicas, sociales y ambientales que promueven y aceleran el abandono voluntario del país, estimulan la reducción de la natalidad y aumentan la mortalidad.

El aedes aegypti ha venido a ser, directa e indirectamente, un fuerte aliado del gobierno yanqui para lograr su meta final de despoblar a Puerto Rico. A ese aliado lo superan solamente la aparentemente innata corrupción de numerosos líderes políticos y nuestro consabido terror a la libertad, el cual se esmeró en inculcarnos durante un siglo el terrorista invasor. Solamente deberá residir aquí la dócil peonada escolarizada para la obediencia ciega que se ocupe de hacer todo aquello que al yanqui le incomode o le repugne hacer.

Alguien podrá razonablemente preguntar: ¿Por qué querría el Gobierno yanqui despoblar a Puerto Rico? Es que el surgimiento al sur de nosotros de regímenes opuestos a los intereses económicos de la clase dominante yanqui y la prevista escasez de agua a nivel mundial, hacen imprescindible utilizar al archipiélago de Puerto Rico como sólida base de agresión militar. Su presencia aquí le permitirá, por una parte, lanzar invasiones a la América del Sur, controlar a los dictadores títeres que imponga o que ya ha impuesto así como ejercer dominio del continente en general y de toda su región amazónica en particular. Para lograr esos fines será imprescindible militarizar nuestro territorio nacional, como ha ido haciendo en las repúblicas hermanas nuestras donde gobiernan títeres suyos.

El Invasor yanqui sabe que nunca más volverá a enfrentar siquiera propaganda armada de parte nuestra pero, como contrario a nosotros, él aprende de la Historia, quiere asegurarse de que tampoco habrá probabilidad alguna de masivos actos de desobediencia civil como los que obligaron a su Marina de guerra a abandonar las islas de Culebra y Vieques.

Además, a la clase dominante yanqui le conviene tener un archipiélago con las características geográficas del nuestro por otras razones de peso, como lo son desarrollar un modificado Plan 2020 que mantendrá la explotación minera, pero omitirá lo tocante al aumento poblacional y agregará su utilización como enorme laboratorio para la experimentación científica, su explotación agrícola para el sustento de sus tropas, la explotación de sus bosques y hasta meramente disfrutar de su clima y sus encantos naturales.

En fin, la clase dominante yanqui, esa misma que explota y atropella día a día a su propio Pueblo, podría de paso “saborear la dulce venganza” por el magno bochorno que le hicimos pasar ante el mundo cuando los obligamos a desalojar ellos nuestra “Isla Nena”. Ahora se propone devolvernos el golpe con el apoyo de los serviles colonizados de siempre y bajo la nada disimulada dictadura de la llamada Junta de Control Fiscal de su ley PROMESA. Desalojarnos de nuestra patria es su promesa.

Ángelo Falcón: NO ESCRIBÍ PARA HACER DINERO, SINO PARA CONCIENCIAR ―Y LO LOGRÉ

Durante conferencia de prensa en el Ateneo, octubre de 2002, sobre petición del Dr. Edwin Vázquez de que la AAIC eliminara el nombre de Rhoads del premio que otorgaba desde 1979. (Primera Hora).

octubre de 2002. (Primera Hora).

Cuando estaba en la creencia de que ya se había disipado el asunto del notorio libro de Nelson Denis, acabo de tropezarme con un artículo del pasado mes de julio en el cual su autor, en vano empeño por refutar las sobrias y debidamente documentadas críticas que ha recibido el libro, recurre al igual que otros ―acá y allá― a caerle arriba al mensajero.

Ángelo Falcón, boricua residente en Nueva York, me ha atribuido la baja pasión de la “envidia” como el motivo por el cual he defendido a don Pedro Albizu Campos de los vituperios de los que fue objeto en el libro War Against All Puerto Ricans, así como por haber señalado que el mismo contiene datos intencionalmente falsos sobre personajes y sucesos de la historia de Puerto Rico.[i]

Anteriormente he respondido a semejantes ataques personales con la cortesía y la elegancia que siempre he procurado que caractericen mis escritos, pero en esta ocasión opto por prescindir de ambas. Así lo he decidido porque la cortesía en mis respuestas parece haber envalentonado a especímenes como Falcón, cuyo resumé le sugeriría a cualquier persona prudente conocedora de la dinámica política y comunitaria de esa gran ciudad, que durante los pasados 30 años no ha sido otra cosa que un “poverty pimp”; un “chulo de la pobreza” de los que abundaron en esa ciudad desde la década de los 70.

Comienza el presidente y co-fundador del National Institute for Latino Policy (NiLP) con el disparate de que “tal parece que Denis está enfrentando una crítica hostil, pero no de la derecha, como uno esperaría, sino [¡]de la izquierda puertorriqueña en la Isla!”[ii] ―así, con signo de admiración. Ahora bien, ¿por qué se asombra alguien de que sea “la izquierda” y no “la derecha” la que salga en defensa de Albizu y de la historia del Partido Nacionalista de Puerto Rico-Movimiento Libertador y de Puerto Rico mismo? Él no lo dice. ¿Acaso será porque no conoce la política en Puerto Rico tan bien como la que se da en Nueva York? No lo creo. La razón podría ser que desconoce los pormenores pertinentes a los asuntos específicos que se le señalan a su protegido; es decir, que no se ha interesado en conocer la vida de Albizu, de  sus luchas, de su persecución.

Más adelante alude a mi artículo “¿Guerra contra quién?” y al de Iris Zavala Martínez de título “Una Mirada Crítica a War Against All Puerto Ricans de Nelson Denis” y se pregunta a qué puede deberse esta reacción. ¿Cuál reacción? ¿La de boricuas residentes en la Isla quienes, por conocer la represión yanqui por haber sido víctimas de la misma además de haberla documentado, hemos optado por ejercer nuestro derecho a criticar libremente la obra en la que un autor ―sea quien sea― distorsiona aspectos de nuestra historia?

A renglón seguido alega este boricua, miembro de “numerosas juntas de organizaciones cívicas”[iii] de Nueva York que “Una explicación es que Denis, como nuyorican, cruzó la línea al escribir sobre un asunto que es visto como exclusivo de la izquierda en Puerto Rico”. Dice que “es visto como exclusivo de la izquierda en Puerto Rico”, pero sin decir quiénes lo ven así.[iv] Para alguien que se lucra de explotar para propio beneficio las relaciones entre hispanos en general y entre la diáspora boricua y los residentes de la Isla en particular, nada edificante ni conciliatoria es esa infundada crítica a lo que denomina “la izquierda en Puerto Rico” en obvia alusión a quienes abogamos por la independencia de nuestra patria.

El presunto “poverty pimp” de estos tiempos se guilla de psiquiatra y afirma sin encomendarse a nadie que “otra [explicación] es que se debe a envidia debido al gran éxito de Denis en mercadear el libro y sus ideas tan ampliamente”.[v] A estas alturas, este sujeto y que sepa, ninguno de los otros apologetas de Denis, ha hecho el menor intento de refutar siquiera uno de los señalamientos que he hecho y que otras personas han hecho respecto de las falacias de su libro; no he dicho “errores”, sino falacias y ya antes dije que fueron intencionales.

Sabemos, desde luego, que “el ladrón juzga por su condición”. Por consiguiente, es de esperarse que alguien que aparenta ser un “chulo de la pobreza” piense en términos así de egoístas ante unos sólidos señalamientos que ansía desacreditar, pero para lo cual carece totalmente de argumentos inteligentes por falta de información. Este individuo es incapaz de suponer que cuando una persona que lucha por la independencia de su patria opta por utilizar la palabra escrita como método de lucha ―y eso es lo que he hecho durante décadas tanto en mi país como en la Ciudad de Nueva York―, lo que interesa es divulgar información por todos los medios a su alcance aunque en el proceso incluso incurra en pérdidas económicas y encima sea objeto de persecución política. Ese proceder, por supuesto, no cabe en el recinto mental de quien ha hecho de la explotación de la pobreza y de su exposición en los medios, su principal modo de subsistencia.

Pero espere, al individuo este se le ocurre otra “explicación” para el hecho de que su pana haya sido severamente criticado por algunos de sus compatriotas del lado de acá del charco: es que Denis, dice él, no es ni “investigador” ni “académico” y se excedió al presentarse como si lo fuera, pues “no conoce a fondo el tema sobre el cual escribe”.[vi] Por esa razón, por su falsa representación, dio lugar a que los que sí investigamos y publicamos escrupulosa y disciplinadamente nos percatáramos de inmediato de lo que él opta por denominar “inexactitudes” y “escasez de fuentes”,[vii] que en efecto las hubo. Ante semejante defensa cualquiera exclamaría: “¡Por favor, no me defienda, compadre!”

Agrega, con signo de admiración, que se le cuestionó a Denis “¡hasta la precisión en la cita que utilizó como título de su libro!”[viii] Esta afirmación denota una clara actitud de escaso respeto por la verdad ―ya sea histórica o de otra índole― por parte de Falcón, pues es evidente, según lo revelan informes de prensa de la época, que Denis alteró por pura utilidad propagandística una cita directa de un personaje de la Historia. Nos hace ver  Falcón que nada importante es alterar unos hechos con tal de que sirvan un propósito comercial del cual se derive lucro.

El editor del boletín del NiLP no estaba conforme todavía y aprovecha su ventajoso cargo para aludir directamente a mi persona, lo que ni siquiera Denis ha tenido la iniciativa de hacer todavía. Dice él que puede comprender “que un tipo como Pedro Aponte Vazquez (sic), que ha escrito varios libros sobre Albizu y asuntos relacionados, súbitamente despierte para ver que un abogado de El Barrio como Denis reciba toda esta atención desde su primer intento de escribir sobre el mismo asunto!”[ix] El tipo este desconoce dos hechos fundamentales en lo que a esa afirmación respecta: la amplia divulgación que recibieron desde mediados de la década de los 80 los hallazgos de mis investigaciones sobre la muerte de Albizu, así como mi desenterramiento del caso Rhoads y mi teoría de que este puede haber sido el autor intelectual de las torturas que denunció Albizu.

Falcón, cual chulo de la pobreza, demuestra estar en la creencia de que quien se dedica a la investigación histórica, incluso la de implicaciones abiertamente políticas y contrarias al régimen, tiene como fin enriquecerse materialmente. Poco o nada sabe el pobre sobre los riesgos y las represalias a las que uno se expone y los gastos en los que incurre cuando, como este guerrillero de las letras, hace su labor sin respaldo de instituciones privadas ni gubernamentales ―y hasta sin empleo remunerado. Desde luego que Nelson Denis, con su historial de afiliación con un bufete de abogados de la Ciudad de Nueva York que fue fundado y manejado por el padre de la CIA, probablemente tuvo y tiene a su disposición un enorme andamiaje publicitario que muy discretamente financia y maneja su mercadeo y el de su libro con metas políticas a largo plazo que podrían no ser afines con los de esa “izquierda”. Operando en la oscuridad, esa secreta, sigilosa y eficaz entidad aparentemente logró persuadir a independentistas en Puerto Rico a creer que, toda vez que el libro contiene algunas verdades, era su deber apoyar su mercadeo aunque distorsiona nuestra Historia y encima difama y ridiculiza a Albizu.

La arrogancia de este energúmeno, quien bajo ninguna definición es representativo de la nación puertorriqueña y ni siquiera de su diáspora allá –pues dijo Albizu que “la patria la representan quienes la afirman”–, llega al extremo de decir que “los nuyoricans” tienen  el derecho de “cambiar la historia de Puerto Rico”.

Veamos lo que dijo este oportunista: “A medida que Denis trabaje en la versión española del libro, veremos si hace algunos cambios basados en las críticas académicas presentadas, pero dudo que esto vaya a alterar su principal línea argumentativa o el derecho de los nuyoricans a interpretar, así como a cambiar la historia de Puerto Rico”.[x]

[i] http://www.nilpnetwork.org/NiLP_Review_-_July_26_2015.pdf, págs. 5-6, accedido 4 junio 2016.

[ii] “Now it appears that Denis is experiencing a backlash, but not from the right as one would expect but from the Puerto Rican left on the Island!”

[iii] https://www.linkedin.com/in/angelofalcon

[iv] “One explanation is that Denis, as a Nuyorican, crossed the line in writing on a subject seen as the sole purview of the left in Puerto Rico.

[v] “Another is that it comes from envy given Denis’ great success in promoting the book and its ideas so widely..”

[vi] Then there is the explanation that it is disciplinary in nature — although Denis may have oversold his credentials as a researcher, the fact is that he isn’t an academic and really has no published track record in studies related to his book.

[vii] A lot of the criticisms he got from academics had to do with inaccuracies in his facts and poor sourcing (questions were even raised of the accuracy of the quote that Denis used as the title of the book!).

[viii] Ibid.

[ix] “I mean, I can see where a guy like Pedro Aponte Vazquez, who has written several books on Albizu and related subjects, all of a sudden wakes up to see some El Barrio lawyer like Denis get all this attention from his first try at the same subject!” Emphasis added.

[x] Emphasis added. “As Denis works on the Spanish version of the book, we’ll see if he makes any changes based on the academic critiques presented, but I doubt if this will alter his main line of argument, or the right of Nuyoricans to interpret, as well as change, Puerto Rican history.”

 

Sobre el libre acceso a los documentos públicos en Puerto Rico

La ley 5 de 1955 sobre la conservación y disposición de documentos públicos, según ha sido enmendada, define el término “documento”  como  “todo papel, libro, folleto, fotografía, fotocopia, película, microforma, cinta magnetofónica, mapa, dibujo plano, cinta magnética, disco, videocinta, o cualquier otro material leído por máquina y cualquier otro material informativo sin importar su forma o características físicas”.

Según la referida ley, “Documento público es todo documento que se origine, conserve, o reciba en cualquier dependencia del Estado de acuerdo con la ley o en relación con el manejo de los asuntos públicos y que se haya de conservar permanente o temporalmente como prueba de las transacciones o por su utilidad administrativa, valor legal, fiscal, cultural, o informativo según sea el caso, o que se haya de destruir por no tener ni valor permanente ni utilidad administrativa, legal, fiscal, cultural, o informativa y una copia de todas las publicaciones de las publicaciones de las dependencias gubernamentales”.

Dice esta ley, además, que “Dependencia incluye todo departamento, agencia, o entidad corporativa, junta, comisión, cuerpo, negociado, oficina y todo otro organismo gubernamental de las tres Ramas del Gobierno del Estado y los municipios”. Se entenderá por “documento público todo documento que expresamente así se declare por cualquier ley vigente o que en el futuro se apruebe”. La referida Ley 5 establece que “es necesario aclarar que las disposiciones del Código Penal de 1974, enmendado, relativas a documentos públicos, son de aplicación a los documentos a que se refiere esta ley […]”.

Por consiguiente, Puerto Rico no necesita nueva legislación con el anunciado propósito de crear o fomentar la “transparencia” tocante al acceso que deberá tener toda persona a los documentos que generan las entidades públicas, pues es ese, precisamente, el propósito de conservar los documentos. Lo que Puerto Rico necesita es que las entidades pertinentes ―comenzando con el llamado Archivo General del Instituto de Cultura―, así como el Pueblo mismo, se ocupen de que se cumpla esa ley y de que se cumpla estrictamente.

Lo que sí podría proceder es examinar con cuidado esta ley que ya existe y ver si es necesario enmendarla, pero sin menoscabo de las garantías que ya provee.

Breve texto contra la Junta de Control Dictatorial yanqui

Texto sugerido para pegadizos y pancartas, etc.

Boricua: PONTE EN DOS o la Junta

TE PONE EN CUATRO.

¡QUÉ FÁCIL!

Algunas de las personas que sostienen que quienes optan por emigrar debido a estar en una situación económica adversa han debido permanecer aquí y ayudar dentro de sus propias crisis a resolver la que nos han causado directamente los políticos del patio e indirectamente algunas poderosas empresas capitalistas extranjeras, tienen resuelta su propia situación económica y, por consiguiente, de todos modos no tienen necesidad alguna de siquiera sentarse cómodamente a contemplar desde sus nichos la distante idea de emigrar.

¿A LAS 12 DE LA NOCHE!

En torno al uso de las abreviaturas: “a.m.” (antes del mediodía) y “p.m.” (después del mediodía), obsérvese que la “m” es el elemento común, el cual significa “meridiano” (definido este concepto en el Diccionario de la lengua española como “Perteneciente o relativo a la hora del mediodía”. Así, “a.m.” significa antes meridiano –o sea, antes del mediodía– y “p.m.” significa pasado el meridiano o después del mediodía. La abreviatura para “mediodía”, por supuesto, resulta ser la “m”. Así que, al cabo de media hora de las 12 del mediodía son las 12:30 p.m. y media hora después de las 12 de la noche son las 12:30 a.m. Cuando se dice que un evento tendrá lugar a las “12:00 p.m.”, estamos diciendo que será a las 12:00 de la noche. De modo que, para informar que la hora de salida o de entrada o de cualquier actividad es al mediodía, debemos escribir 12:00 m.

EL ESTATUS DE PUERTO RICO ANTE LA CORTE SUPREMA DE EE. UU.

A propósito del caso que se ventila en la Corte Suprema de EE. UU. en el cual se examina la condición política de Puerto Rico, reproduzco aquí un segmento de mi libro LAS MEMORIAS QUE DON PEDRO NO ESCRIBIÓ.

Recalco para beneficio de los lectores descuidados que Albizu no escribió sus memorias, pero que estas “memorias”, aunque producto de mi imaginación, se ciñen a las expresiones públicas documentadas que el prócer hizo en distintos momentos, así como a interpretaciones de su pensamiento basadas estrictamente en esas manifestaciones suyas, y a datos biográficos obtenidos de otras fuentes igualmente fidedignas. Este fragmento, titulado el referido libro “El Tratado Briand-Kellog”, alude al caso de Estados Unidos vs. Luis F. Velázquez, por medio del cual Albizu aspiraba a probar judicialmente que es ilegal la presencia yanqui en nuestro territorio nacional.

Es de lamentar que ninguna entidad independentista haya aprovechado la actual coyuntura para acudir ante la Corte Suprema del invasor como “amigo” de la Corte –aunque no lo sea—para recordarle a ese organismo el planteamiento jurídico de Albizu. Veamos:

Estados Unidos ha pasado por alto el Tratado Briand-Kellog firmado en Paris en el 1928, que condena el uso de la guerra como instrumento de política nacional para la solución de conflictos entre las naciones, a pesar de que lo ratificó en el 1929, por lo que es ley en Estados Unidos. En torno al mismo dijo Frank Kellog, plenipotenciario de Estados Unidos, que  en lo que a la humanidad y a la civilización concierne, toda guerra constituye de por sí una agresión contra la existencia del ser humano. Además, en armonía con dicho Tratado, si no por otras razones de sensibilidad humana, la ley de conquista que emana del concepto feudal del derecho internacional, que permitía la conquista mediante la guerra de una nación contra otra y la retención de la víctima como propiedad del victorioso, debe estar muerta también en Estados Unidos.

En septiembre de 1935, en mi defensa de Luis Florencio Velázquez ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos por la merecida bofetada que le propinó en pleno rostro al presidente del llamado Tribunal Supremo de Puerto Rico, Emilio del Toro Cuebas, presenté estos argumentos, entre otros, con la esperanza ingenua de lograr que los juristas de ese alto foro también actuaran en armonía con el mencionado principio del Derecho internacional.

Velázquez, con quien luego compartí cárcel en Atlanta, cometió el hecho en la propia oficina del juez, en la hora del almuerzo, a modo de reto de caballero porque, durante la celebración oficial de la independencia del país que nos sojuzga, el alto funcionario judicial había hecho expresiones que Velázquez lógicamente, como patriota al fin, consideró contrarias a los intereses de la patria.

El juez Carballeira, del Tribunal Municipal de San Juan, lo declaró culpable de agresión agravada y, en un juicio de novo, el Tribunal de Distrito lo confirmó.

Fue nuestra contención en apelación  ante el mal llamado Tribunal Supremo de Puerto Rico que el gobierno de Puerto Rico no tenía jurisdicción en este caso toda vez que los hechos ocurrieron en la estructura conocida como Barracas de Santo Domingo, un lugar que perteneció a la Corona Española, pero que entonces era  propiedad exclusiva del gobierno de Estados Unidos, como ya lo  había establecido el Tribunal de Distrito de Estados Unidos en el caso de United States v. Iglesias. El Tribunal Supremo de Puerto Rico, ubicado entonces en el referido edificio, declaró nuestros planteamientos sin lugar y apelamos ante el Tribunal de Apelaciones. Para decepción nuestra, el Tribunal de Apelaciones nos dio la razón. Fue una gran decepción – aunque una mayor aún nos esperaba – porque desde el principio había sido el propósito perder el caso hasta llegar al Tribunal Supremo de Estados Unidos y plantear allí la nulidad del Tratado de París en cuanto a la cesión de Puerto Rico se refiere.

Por insistencia nuestra, el juez Carballeira aseguró el inicio del proceso al declarar a Velázquez culpable. Afortunadamente, el gobierno de Puerto Rico radicó un recurso de certiorari ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos y, tal cual lo habíamos planeado, hicimos el planteamiento en torno a que el traspaso de Puerto Rico por España a Estados Unidos era nulo, por lo que ese tribunal no tenía jurisdicción en el caso. La decepción que nos aguardaba fue que el Tribunal denegó el recurso solicitado por el gobierno de Puerto Rico sin entrar a considerar los argumentos. Así ganamos el caso criminal y la libertad de Velázquez, quien había sido sentenciado a un año de cárcel, pero perdimos la oportunidad de liberar a nuestra patria por la vía judicial.

El gobierno de Estados Unidos ha optado por callar. Ellos no entran en la cuestión de Derecho. Nunca la discuten. Su supremo tribunal opta por decir que ellos están aquí por derecho de conquista. Al menos hay honradez en eso. Son los lacayos nacidos aquí los que nos dicen que esto es un mundo de democracia y libertad. Confío en que, en algún momento futuro, una nueva generación de puertorriqueños vuelva a plantear este asunto en un momento histórico en el que sea más probable encontrar mayor receptividad.

Mientras tanto, insisto en que la tesis del Partido Nacionalista es que Puerto Rico es libre, soberano de propio derecho. Les digo a los independentistas que ese es el camino, que no vayan a Washington a buscar agua bendita porque en Estados Unidos lo que hay es agua satánica. El reconocimiento de la independencia de Puerto Rico en la Habana no se debe al partido pipista ni al partido Nacionalista. El reconocimiento que se ha hecho en la Habana obedece a que cada generación tiene que caer en la resurrección, como ha sido desde Güeybaná hasta el obispo Arizmendi, con Betances, que levantó en armas a la nación, con Rosendo Matienzo Cintrón, que en el 1910 se levantó en el Concejo Ejecutivo para juzgarlos de mañosos y de venenosos.

Albizu, dedicatoria a Hiram Rosado

En torno a LAS MEMORIAS QUE DON PEDRO NO ESCRIBIÓ

Nota del mes de julio de 2002 del compañero Heriberto Marín, participante de la insurrección Nacionalista de octubre de 1950, sobre Las memorias que don Pedro no escribió:

Marín, Heriberto, nota de, julio 2002