A debate la muerte de Pedro Albizu Campos

Entrevista a Investigador

Por Cándida Cotto

(Claridad, 18 al 24 de octubre de 2007, páginas 4 y 5)

A raíz de la revelación hace una semana por la agencia de noticias Prensa Asociada (PA) de que el Gobierno de Estados Unidos “contempló” el uso de sustancias radioactivas para asesinar a figuras importantes catalogadas como enemigas durante los años de 1948 a 1954, el tema sobre las circunstancias de la muerte de Albizu Campos y su investigación ha vuelto a la conciencia colectiva y al debate público.

Para Pedro Aponte Vázquez, investigador de la muerte del maes­tro Pedro Albizu Campos, está más que confirmado que el máximo líder nacionalista murió como consecuencia de la exposición a la radiación atómica, mientras estuvo encarcelado en la cárcel La Princesa entre 1950 y 1953.

Rhoads “autor intelectual”

Entrevistado sobre si la información divulgada por PA puede abonar al caso de Albizu Campos, Aponte Vázquez hizo una serie de aportaciones aclaratorias. El historiador y educador indicó que, en primer lugar, es necesario establecer la existencia del médico norteamericano Cornelius P. Rhoads y el papel que desempeñó en la muerte de Albizu. “Yo le atribuyo a Cornelius Rhoads el papel de autor intelectual de las torturas con radiación a las cuales Albizu fue sometido de acuerdo con sus testimonios, con otros testimonios de aquella época y con pruebas objetivas. El Dr. Rhoads, quien estudió medicina en la Universidad de Harvard para la misma época en que Albizu estudiaba leyes, vino a Puerto Rico en el 1931 para hacer unos experimentos sobre la anemia, estudios que, dicho sea de paso, nada tenían que ver con radiación. Mientras está aquí es que escribe la carta que ya todos conocemos. Albizu lo denuncia ante el mundo luego de una investigación que hizo el Partido Nacionalista y así Rhoads se convierte en enemigo acérrimo de Albizu”.

La carta a la que se refiere es la que el Dr. Rhoads le escribió en noviembre de 1931a su amigo Fred Waldorf Stewart, alias “Ferdie”, en la cual expresa su menosprecio por los puertorriqueños y confiesa que ha asesinado a ocho personas y les ha trasplantado el cáncer a “varios más”.  Los datos de cómo Albizu Campos obtiene la citada carta, las gestiones de Albizu para que se investigara y cómo el gobierno de Puerto Rico amapuchó el caso están detallados en el libro Crónica de un encubrimiento: Albizu Campos y el caso Rhoads (1992) y con muchos más detalles en The Unsolved Case of Dr. Cornelius P. Rhoads: An Indictment (2004). Los actos de genocidio de Rhoads fueron denunciados de manera enérgica por el Partido Nacionalista tanto en Puerto Rico, como en Estados Unidos y Latinoamérica. En estos libros también se documentan las maniobras que llevaron a cabo el Instituto Rockefeller para Investigaciones Médicas y la Fundación Rockefeller para encubrir los asesinatos que Rhoads confesó haber cometido, ya que fue esa fundación la que lo envió a Puerto Rico a hacer sus experimentos.

A raíz de la denuncia y de haber dejado en evidencia ante el mundo los asesinatos que cometió Rhoads, en opinión de Aponte Vázquez, “no hay que buscar nada más, desde ahí existe una profunda enemistad entre  Rhoads y Albizu”.

 Del ejército a la Comisión de Energía Atómica

Luego de este episodio, el historiador coloca al Dr. Rhoads en el escenario de la Segunda Guerra Mundial. “Aquí, aunque Rhoads todavía sigue vinculado con los Rockefeller  a través del Memorial Hospital en Nueva York, ingresa en el Cuerpo Médico del Ejército como coronel. Ahí se destaca en el desarrollo de la guerra química y por esas aportaciones al desarrollo de la guerra química recibe la medalla de la Legión del Mérito del Ejército. Al recibir este reconocimiento de prestigio por sus contribuciones a cómo utilizar elementos químicos para matar, entra en la comunidad científica en un nivel de mayor jerarquía como es la Comisión de Energía Atómica de EU (CEA), para la cual actúa como asesor médico.

“En la CEA forma parte de organismos internos que tienen que ver con el uso de la radiación, con otorgar permisos a instituciones educativas de investigación y otras que pueden ser entidades comerciales que usan isótopos radiactivos. También ahí había un comité que llamaban de armas especiales y bajo ese programa de armas especiales es que, según el cable de PA, establecen el asunto de la utilización de la radiación, primero por el Ejército como arma de guerra y luego por la CIA a partir del 1948 como un arma para eliminar individuos, ya no en combates colectivos, sino para la eliminación física de personas destacadas, prominentes, contrarios en ideología, considerados enemigos. Ahí entonces sigue habiendo razón para ver a Rhoads como autor intelectual y ahora no sólo contra Albizu, sino genéricamente contra otras personas. Además, se ha sabido que Rhoads hacía experimentos de radiación con humanos para el ejército de su país”.

Hay que recordar que la CEA promovió y auspició experimentos de radiación de diversas índoles lo mismo con pilotos de aviones de guerra, con soldados de infantería, e incluso mujeres embarazadas y niñas y niños con discapacidad mental. El lector debe recordar además que entre estos experimentos están los de radiación y de agentes defoliadores en el Yunque.

El historiador aclaró que los experimentos con radiación en humanos hay que separarlos del caso de Albizu.

“Esa es una de las conclusiones equivocadas, cuando se está hablando de la exposición de Albizu a la radiación siempre se cae en el concepto de experimentos. Con Albizu no hubo experimentación. No se debe seguir diciendo que fue un experimento. Una cosa es que ellos en el proceso de exponerlo a la radiación con fines de causarle la muerte lentamente y supuestamente sin dejar rastros, al menos rastros visibles, puedan obtener datos de utilidad,  puedan derivar conocimientos, pero el propósito no es ese. Con Albizu no era un experimento, podían haber estado experimentando con otra gente y, en efecto, experimentaron con otros presos, pero en el caso de Albizu no se trataba de experimentar, se trataba de una agresión con el propósito de eliminarlo físicamente del panorama, causarle la muerte, asesinarlo”, reiteró enfático.

 ¿Hay necesidad de prueba?

Ante la insistencia que expresan algunas personas de que se necesita prueba adicional  sobre la muerte del líder nacionalista, Aponte Vázquez apuntó que en su libro, ¡Yo Acuso! y en la secuela, ¡Yo acuso! Y lo que pasó después,  alude a pruebas científicas obtenidas por los nacionalistas en aquella época. Una de estas pruebas es el relato de la experiencia con el uso de un artefacto que se utiliza para detectar la existencia e intensidad de  radiación en un lugar o en una persona (geiger counter). En el libro se describe cómo se usó este artefacto en el cuerpo de don Pedro, su resultado positivo e incluso que se rompió debido a la intensidad de la radiación.  Otra prueba que se obtuvo fueron unas placas dentales que el nacionalista Manuel Caballer le hizo llegar a Albizu a La Princesa y luego fueron retiradas de allí y examinadas por una radióloga. La persona que las examinó dijo que las placas habían sido expuestas a radiación. Para el investigador estas son dos pruebas objetivas de mucho peso.

Otro episodio de la investigación de Aponte Vázquez es el relatado en torno a su conversación con el científico norteamericano Dr. Gordon Gould.

“Esta persona estaba haciendo un doctorado en física para el año de 1957 y como parte de los estudios para su tesis encontró que se podía hacer lo que ahora ha derivado en los rayos Láser, término que el propio Gould acuñó.  LASER quiere decir “Light Amplification by Stimulated, Emisión of Radiation”. (En español, Ampliación de la Luz por la Emisión Estimulada de la Radiación).  Mientras hacía su tesis, Gould asistía a un grupo de estudio del marxismo, al cual asistían puntualmente dos agentes del FBI. Debido a que Gould, además de estudiar, trabajaba parte de el tiempo con una entidad vinculada con el Departamento de Defensa, al saber el FBI que está en ese grupo, le hacen un allanamiento y le llevan todos sus papeles que tienen que ver con los rayos Láser”.

Aponte Vázquez señaló que le consultó por teléfono a Gould si un aparato de medir radiación como el contador geiger se rompería si se le aplicaba a una persona que hubiera sido expuesta a altas dosis de radiación. El científico le contestó en la afirmativa y que dependía  de la calidad del aparato y de la cantidad de radiación que estuviera presente. Aponte Vázquez añadió que Gould “desafortunadamente no quiso seguir hablando del asunto, probablemente porque tuvo momentos muy difíciles desde el allanamiento de su morada y la incautación de sus papeles por el FBI”.

El historiador, graduado de la Universidad de Puerto Rico y la de Fordham, reiteró que ha investigado las causas de la muerte de Albizu con esmero y que obtuvo testimonios y documentos de varios nacionalistas con quienes compartió durante varios años, algunos ya fenecidos. Entre otros mencionó a don Pepe Rivera Sotomayor, doña Rosa Cortez de Collazo, don Erasmo Velázquez Olmedo, Manuel Caballer, doña Isabel Rosado Morales, doña Juanita Ojeda Maldonado, Carmín Pérez, don Paulino Castro Abolafia, José “Ñin” Negrón y la pacifista Ruth M. Reynolds. De este grupo sólo sobreviven doña Isabel y Caballer. Existe, además, el testimonio de la puertorriqueña Herminia Rijos, también fenecida, quien vino de vacaciones de Nueva York y aprovechó para visitar a don Pedro “por curiosidad”, pues no era nacionalista. Su conmovedor testimonio aparece también en el libro, Yo acuso y lo que pasó después.

“La investigación está hecha y los datos recopilados me han llevado a concluir que Albizu fue expuesto a la radiación de alguna substancia radiactiva de una vida media relativamente corta, de algunos meses, que le fue administrada subrepticiamente. Datos no han faltado, lo que no ha habido es la voluntad para echar esto pa´ lante”, reiteró en relación a fijar responsabilidades. Recordó que “durante la presidencia del Colegio de Abogados del licenciado Héctor Lugo Bougal, se aprobó una resolución para respaldar una investigación científica interdisciplinaria por parte de una comisión creada por el Colegio de Abogados, pero la familia Albizu Meneses se opuso a la exhumación del cadáver y el Colegio de Abogados, bajo la presidencia de la licenciada Nora Rodríguez, disolvió la comisión que ya había creado.

El historiador obtuvo copia del expediente del FBI sobre don Pedro en el 1988 mediante el “Fredom Information Act”.  De los hallazgos en estos documentos es su libro, Albizu:  su persecución por el FBI

Aponte Vázquez advirtió sobre lo que describió como una  “impresión errónea” en torno  a la poca o ninguna utilidad que algunos atribuyen a los documentos que tienen tachaduras, como los del FBI. Reiteró que su libro sobre la persecución de Albizu por el FBI está basado en el expediente de esa agencia y contiene 300 páginas en las que resume 20 carpetas. “Ahí hay información importante que no se conocía, así como muchísimos datos conocidos sólo por algunos nacionalistas y, por supuesto, por los propios protagonistas”. Al insistir en que estos documentos sí son útiles dijo que suele ocurrir que puede haber una tachadura en una página y más adelante aparecer el segmento que estaba tachado con la información sin tachar. Dijo que hay que fijarse en el tamaño de la tachadura y en el contexto, “hay que examinar todos los documentos del expediente – no una muestra — y hacerlo con detenimiento; nada de prisa”.

¿Qué elementos todavía quedan por esclarecer sobre la muerte de Albizu Campos?

Ninguno. Ya el pueblo está convencido de que esto sucedió, la mayor parte del pueblo, la gente común y corriente, los estudiantes universitarios en general, están convencidos. He tenido la experiencia de personas que me hablaban cuando estábamos vendiendo los libros (se refirió a él y a su esposa Judith)  que no sabían que soy el autor y me decían en referencia a Albizu ‘a ese señor lo mataron con radiación’ y me hablan de los hallazgos que he divulgado. Además, me hablan del caso Rhoads. Eso me causa una gran satisfacción. Eso es lo que yo quería que sucediera cuando comencé a usar el periodismo para la investigación histórica, que la gente me hablara a mí de eso, que fuera algo de lo cual la gente me hablara y ya no yo a la gente. Es decir que, en realidad, en términos prácticos, ya no hay necesidad alguna de investigar. Esto me recuerda el título de una columna de don José Antonio Torres Martinó en alusión a la admisión del Departamento de Energía de Estados Unidos en diciembre de 1993 de que la CEA había estado experimentando con radiación en humanos. ‘Cuando lo dice el americano sí se puede cre­er’ fue el título sarcástico de su columna, publicada en El Nuevo Día el 30 de marzo de 1994. Ahora le tomo prestada su jíbara afirmación para aplicarlo a la nueva admisión del gobierno de Estados Unidos y digo: Cuando el americano habló, ya el Pueblo había hablado”.

“Comencé la investigación alrededor de 1980, luego de la del caso Rhoads. Mi propósito principal era encontrar qué pasó y divulgarlo, pero a la vez quería que la gente se fuera enterando según iba encontrando datos, por eso es que he publicado consistentemente artículos [de periódicos y columnas a lo largo de los años. Gran parte de esos escritos han sido publicados en Claridad, pero los hay también en otros medios. El primer artículo que escribí y con el cual comencé mi campaña de divulgación, de título ‘¿Asesinó Rhoads a Albizu?’ lo publicó Claridad en enero de 1983].#

El texto entre corchetes no apareció por error en el reportaje y Claridad lo publicó subsiguientemente.

JOSÉ VICENTE SANTIAGO SAMBOLÍN

Acabo de enterarme con profundo dolor hoy, 5 de diciembre de 2014, de que mi querido amigo de la época de la juventud ―de más de medio siglo atrás― JOSÉ VICENTE SANTIAGO SAMBOLÍN, partió el pasado 20 de noviembre sin tener la oportunidad de despedirse de sus amistades. Al informármelo, su hija Annette me ha pedido que se lo haga saber a ellos, pero no tengo modo de hacerlo. Recurro a este medio cibernético por si alguien que lo conociera se entera por aquí y puede hacérselo saber a personas interesadas. El reencuentro que teníamos pendiente tendrá que esperar, pero afortunadamente se dará…

El “N-1″: Traidor de la patria

Simulado arresto del traidor Salvador González Rivera, el "N-1".

Ese que aparece con camisa de franjas y simulando que forcejea con agentes de espionaje político de la Policía, es el traidor de la patria Salvador González Rivera, cuyo nombre de clave como informante de la Policía era “N-1” (Colección El Mundo, UPR).

Salvador González, carta de Roig a LMM, 1ro feb 54Salvador González, carta de LMM, 1ro feb 54, pág. 2

 

 

¿Ébola para Puerto Rico?

La clase dominante yanqui es tan y tan organizada, que nos envió los ataúdes mucho antes de enviarnos el virus.

Obama nos obsequia el ébola

Con la decisión unilateral de exportar hacia Puerto Rico a soldados suyos que hayan contraído el ébola, el gobierno de Estados Unidos de Norteamérica podría estar contribuyendo a hacer realidad el sueño del médico asesino Cornelius Rhoads nada menos que 83 años después.

Ninguna organización independentista en Puerto Rico, ni radical ni conservadora, ha protestado todavía públicamente ni ha dado indicios de que se proponga convocar a una masiva oposición a este macabro empeño del gobierno de Obama. Todos los políticos guardan silencio.

Tampoco se han expresado en oposición a este ultraje de nuestra nación las entidades a las que les concierne la salud de la gente a pesar de que ya han transcurrido varios días desde que se ha confirmado lo que era un lúgubre rumor.

Es que Estados Unidos no está ajeno al hecho de que los boricuas somos el Pueblo más dócil del planeta –por no decirlo de otro modo más apropiado.

Las rojas flores del flamboyán

Por Margarita Maldonado Colón — 

Las rojas flores del flamboyán es la primera novela de Pedro Aponte-Vázquez, luego de su incursión en la ficción con su libro Las memorias que don Pedro no escribió, un género híbrido entre la historiografía y la ficción, y Transición, colección de cuentos en la que asume de lleno la ficción como medio para tratar el tema político sin dejar nunca de lado la historiografía como fuente documental. Como se sabe, Pedro Aponte-Vázquez es un incansable investigador e historiador del Nacionalismo Puertorriqueño-Movimiento Libertador y a él debemos libros de gran valor histórico en los que desenmascara a los protagonistas de los movimientos represivos en contra de los independentistas, especialmente la persecución a los nacionalistas. También ha puesto al descubierto la conspiración para la tortura y asesinato de don Pedro Albizu Campos y los asesinatos confesados del Dr. Cornelius Rhoads en la década del 30. Todas sus investigaciones han producido una amplia bibliografía sobre estos temas.

No conforme con esto, el autor ha buscado nuevas avenidas que le sirven para allegar esa información a los lectores. Así nos presenta los libros que mencioné anteriormente y su novela Las rojas flores del flamboyán, un hermoso trabajo literario. Esta novela es una forma refrescante de leer una historia que no es historia, aunque parezca un contrasentido. Se trata de la narración de algunos acontecimientos ocurridos en la vida real, trasformados en material novelesco. El autor entra de lleno en la ficción, nutriendo la narración con elementos de la historia y crea un universo literario independiente de los hechos históricos. Amalgama diversos sucesos ocurridos en distintas épocas (fines del siglo XIX y primera mitad del XX), relacionados con la invasión estadounidense, la lucha nacionalista por la liberación y los hechos que marcaron esa lucha. En términos de visión de mundo, el autor crea un espacio-tiempo donde se aspira a la  posibilidad de un desenlace a esa encerrona. Ubica la trama en el espacio-tiempo imaginario de una utopía que se rompe con la invasión de bandidos que trastocan la identidad y el sentido de pertenencia desarrollado por sus habitantes. En la trama se desenvuelven algunos personajes que tuvieron claro en todo momento que habían sido despojados de lo que les pertenecía y resistieron esa invasión y, por otra parte, otros personajes que se acomodan a las normas que los nuevos amos les dictan. La hacienda La Esperanza, está enclavada en medio de la nada, en un tiempo indeterminado, lo que establece, que está a la deriva. La  alternativa queda planteada: hay que tomar acción y en la trama intenta, pero todos los intentos son sofocados (el Águila Blanca y Libertario) por el poder omnipotente y omnipresente del opresor que se vale de la manipulación, la fuerza y todos los medios posibles para exterminar cualquier intento de liberación. En términos de visión de mundo, queda establecido también que sólo una presencia sobrenatural es capaz de liberar la hacienda de sus opresores. Al momento en que la Taína, presencia sobrenatural arraigada en la rebeldía originaria vinculada con la tierra, se hace cargo del opresor y lo ultima, los presentes, en lugar de levantarse en armas, huyen despavoridos. No hay salida entonces. Es una burbuja estancada en el tiempo y el espacio. Así es nuestra historia y así lo plantea el autor. Pero queda el nombre de la hacienda: La esperanza.

Las rojas flores del flamboyán es una lectura que agarra, atractiva por las descripciones, la ambientación, por la trama y por la forma de narrar con una prosa nítida, ágil y cuidada. Una obra que deberían leer nuestros estudiantes en las escuelas –porque sí, tiene un fin didáctico que es una de las motivaciones que como educador manifiesta el autor en todos sus escritos, como expresión de su visión de mundo–, para que creen conciencia de que hay que desarrollar sentido de pertenencia y defender lo que es esencialmente nuestro.

Disponible en: <www.lulu.com/spotlight/albizu>  y en Librería Norberto González, en Río Piedras.

ALBIZU COMO PERSONAJE LITERARIO

 

Albizu como personaje literario

Ponencia presentada por invitación en la Primera Jornada Pedro Albizu Campos celebrada por la Junta Pedro Albizu Campos, Universidad de Puerto Rico, Recinto de Bayamón, 10 de octubre de 2014.

© 2014 Pedro Aponte Vázquez

Agradezco la invitación que la Junta Pedro Albizu Campos tuvo la cortesía de extenderme y felicito a sus fundadores por adoptar los propósitos que los llevaron a establecer esa patriótica entidad. Antes de entrar en el tema de “Albizu como personaje literario” les daré un breve trasfondo que servirá de vínculo con lo que habré de exponer.

Como algunos saben ―y muchos optan por ignorar―, a fines de la década de los años 70, autoexiliado en la ciudad de Nueva York, desenterré del olvido el caso del médico asesino Cornelius P. Rhoads. Subsiguientemente me dediqué durante décadas a localizar y examinar documentos, sobre todo de primera mano, que encontré en archivos y en bibliotecas, los que estudié detenidamente. Además, localicé en su residencia en Río Piedras a Luis Baldoni Martínez, el patriota que le llevó a Albizu la confesión de asesinato del doctor Rhoads; lo abracé, lo conocí, lo entrevisté y más de una vez lo visité. Luego de dar a conocer desde Nueva York mis primeros hallazgos en varios números de un boletín semiclandestino que bauticé con el nombre de El Postillón, publiqué en 1982 el ensayo “Necator Americanus: O sobre la fisiología del caso Rhoads”.

Poco después de empezar a exhumar esos restos históricos, asocié el caso Rhoads con la denuncia de Albizu de que en la cárcel La Princesa lo atacaban con “rayos electrónicos” de “gran precisión” (Aponte Vázquez, 1985, 10). En un artículo publicado en Claridad en enero de 1983 había expuesto la posibilidad de que Rhoads fuera el autor intelectual de la tortura de Albizu con radiación atómica, hipótesis que periodistas ajenos a estos hechos atribuyen al extinto Partido Nacionalista de Puerto Rico-Movimiento Libertador. En aquel momento opté por investigar el grave asunto y llevé ambas investigaciones simultáneamente.

Luego de poner un pie dentro del campo de la literatura con un drama bilingüe que titulé Park Avenue South, comencé hace unos diez años a internarme de lleno en la ficción, primeramente a través del guión cinematográfico, luego por medio del cuento y finalmente por medio de la novela, como medios adicionales de exponer los hallazgos de mis investigaciones. Es por esa razón que, aunque mi campo de acción ha consistido en aplicar el periodismo a la investigación histórica, he optado por hablarles sobre Albizu, no como personaje histórico, sino “como personaje literario”.

Historia y ficción

Aunque mi hábitat es la investigación y la concomitante divulgación de hallazgos, he reflexionado por algún tiempo sobre la práctica de utilizar en la literatura hechos debidamente documentados de nuestra historia política. Lo he hecho desde antes de internarme en el campo de la ficción, pero con más detenimiento desde que leí unas novelas que se distinguen por las distorsiones que propagan sobre Albizu y el caso Rhoads, mis dos áreas de estudio. Hablaré más adelante sobre esas obras, pero los invito a que antes entremos a considerar de paso un marco teórico. Éste es, cómo concibo los subgéneros de “novela histórica” y de “historia novelada” dentro del género literario llamado “novela”.

La novela histórica

Para mi concepto, la novela histórica no es otra cosa que la ficción entrelazada con historia. Es el resultado de la narración de sucesos imaginarios demarcados por las características de un período relativamente lejano del momento en que la escriben, aconteceres usualmente remotos que la magia de la literatura nos permite presenciar.

Es por eso que, para alguien escribir una novela cuyo tema es, digamos, la Revolución Francesa, debe nutrirse primeramente de datos sobre la cultura de la Europa de fines del siglo 18, lo que implica conocer sus características sociales, geográficas, políticas, económicas, e históricas. Sobre todo, necesita conocer esas características en torno a la Francia, así como a las causas, desarrollo y consecuencias de esa famosa revolución. Luego inventa los personajes principales que serán los protagonistas y antagonistas del conflicto que desarrollará, así como el resto de los personajes necesarios para darle vida a la trama. Es decir, que los escritores deben conocer lo suficiente del período histórico dentro del cual se desarrolla la novela que escriben, de modo tal que no excedan las limitaciones que impone el respeto que merece la Historia auténtica.

En el caso de una novela histórica en la que el tema sea, por ejemplo, la insurrección Nacionalista de 1950, excedería por mucho tales limitaciones decir, ya sea en la narración o a través de los diálogos,  que “Albizu Campos fue transferido [de la cárcel de Atlanta] al hospital Columbus luego de un ataque cardiaco” (Friedman, A. 149). Sería falso, además, decir que lo llevaron de esa cárcel a ese hospital con “las piernas hinchadas”; que allí “siempre estaba vigilado por un policía” y que desde que llegó lo estaban “inyectando con cosas” (Martínez Maldonado 107), pues sobre nada de eso hay disponible documentación alguna. Un excelente ejemplo de lo que debe ser un cuento histórico en el cual Albizu es protagonista lo encontramos en “Fragancia de rosas y jazmines” (Maldonado Colón) en el cual la autora expone de modo magistral, a través de un personaje auténtico, la genuina condición de salud del prócer poco después de ser expulsado de la cárcel La Princesa el 30 de septiembre de 1953.

La historia novelada

Por otra parte, tenemos lo que denominan historia novelada. Así como la novela histórica es la ficción entrelazada con historia, la historia novelada es la historia entrelazada con ficción. Es la narración de hechos históricos auténticos ―lo que la hace “historia”― complementada esa exposición con datos que el autor aporta de su propia creación por falta de información proveniente de la historia oral o de documentos auténticos ―de ahí que sea “novelada”, es decir, que tiene un toque de novela; un toque de ficción. Quien la escribe lo hace basándose en sus conocimientos y su interpretación de la auténtica historia, pero debe ceñirse a los hechos históricos.

Aunque en uno y otro caso es necesario que el autor, o la autora, según sea el caso, conozca en detalles los acontecimientos pretéritos sobre los cuales escribe, en la novela histórica ese conocimiento podría razonablemente limitarse a la ambientación del período objeto de la narración si las figuras históricas son meros personajes nominales. Ahora bien, es mi firme posición que en ambos subgéneros, quien escribe debe respetar la realidad histórica en la presentación de los hechos y, en especial, al exponer directamente a través de las descripciones e indirectamente por medio de los diálogos, los gestos y la acción de los personajes, los rasgos de personalidad de los personajes históricos.

Quienquiera que en una novela histórica aluda a características del pasado que resulten incompatibles, incongruentes, reñidos con lo que fue la realidad, evidencia desconocimiento de los hechos históricos pertinentes. Lo mismo podemos decir de quien en una historia novelada no sólo ubique a los personajes en lugares erróneos en el tiempo y el espacio, sino que encima presente rasgos ajenos y hasta contrarios a la conocida personalidad de las figuras históricas. Además, demuestran ese desconocimiento de acontecimientos históricos los críticos literarios que terminan despachando como excesivos aquellos diálogos cuyo contenido histórico no se han ocupado de conocer.

Desde luego, alguien podría alegar con toda sinceridad, pero sin justificación alguna, que hizo a un personaje histórico proyectar unos rasgos de personalidad que le son ajenos porque no estaba escribiendo Historia, sino literatura. Incluso podría alegar que lo hizo porque su propósito es inducir a los lectores a investigar la Historia y determinar qué es realidad en la obra y qué es ficción, lo cual es un fin legítimo de quien crea una historia novelada. Lo peor del caso podría ser que quien escribe, aunque conozca los hechos históricos auténticos, los distorsione con toda intención porque tenga una agenda oculta. A esos autores no les interesa impartirles autenticidad a sus personajes porque su interés es proyectarlos del modo que más convenga a sus propósitos.

Más aún, los editores, aquellos cuya función en las casas editoriales es escudriñar textos y, cuando procede, recomendarles a los autores modos de mejorar los mismos, deben estar atentos a las distorsiones y tergiversaciones de los hechos históricos y señalarlas. Por su parte, quienes tienen la palabra final en las editoriales deben abstenerse de publicar textos que contengan tales alteraciones aun después de los editores haber advertido sobre las mismas. Eso tal vez no es lo práctico, pero ciertamente es lo moral. De otro modo, unos y otros se convierten en cómplices del ultraje vil de la Historia, unos por ignorancia, otros por negligencia, y los más por mera indiferencia o por contubernio. En el caso de la figura de nuestros verdaderos próceres, así como de episodios y capítulos de nuestra lucha de liberación nacional, este asunto cobra aún más importancia debido a sus probables implicaciones políticas.

Ejemplos

Veamos un par de ejemplos. Últimamente, digamos, dentro de los pasados quince años aproximadamente, ha surgido interés en escribir literatura ―no siempre ficción― basada en el caso Rhoads, así como en Albizu y la insurrección de 1950. Dentro de ese contexto, hará unos seis años que Robert Friedman, un periodista estadounidense que fue reportero del diario The San Juan Star, vino de su país a decirnos que había publicado una novela de suspenso cuyo tema era el doctor Cornelius P. Rhoads. Dicho autor parte de la confesión de asesinato del doctor Rhoads, un suceso de importantes ―aunque ignoradas― implicaciones históricas que nace en 1931 y muere unos meses después, para desarrollar alrededor del mismo una intrincada madeja de eventos ficticios salpicados de escenas increíbles o, cuando menos, difíciles de creer.

Es un melodrama que comienza y continúa con graves alteraciones de importantes hechos de nuestra historia nacional que les crearán a algunos lectores nuevas dudas mientras a otros los enredarán en una vorágine de datos inventados que algunos, por ignorancia, darán por verídicos. Una grave tergiversación es el hecho de que, aunque en la realidad el fiscal José Ramón Quiñones fue uno de los principales funcionarios públicos corruptos que propiciaron el encubrimiento del caso, en esta novela aparece como el fiscal honesto que investigó las muertes, pero no encontró pruebas en contra del asesino confeso a pesar de estar disponibles los cuerpos de los delitos y una confesión manuscrita.

En esta novela, Albizu viene a ser un personaje de referencia. En la misma, un hijo ilegítimo que Rhoads en realidad no dejó en Puerto Rico, anda en busca del personaje histórico apodado “Ferdie”. Cuando lo encuentra, éste le “revela” en su ficticio lecho de muerte que Rhoads en verdad no asesinó a aquellos hombres, mujeres y niños a quienes él espontáneamente dijo por escrito que había asesinado. La insólita versión que el autor pone en boca de este personaje es que murieron por errores que Rhoads cometió. La novela tiende así a exonerar al asesino confeso y, por consiguiente, a hace ver a Albizu como un político oportunista más que mintió sobre el caso con fines puramente partidistas en medio de la campaña eleccionaria de 1932, en la que el Partido Nacionalista participó.

Por otra parte, aunque jamás ha habido serias alegaciones ni pruebas circunstanciales en el sentido de que Albizu fuera expuesto a irradiación ilegal ni a tortura de clase alguna en la prisión de Atlanta de la provincia estadounidense de Georgia ni en el hospital Columbus de Nueva York,  una recién publicada novela de suspenso nos dice que así fue.

El autor, ex presidente de la Junta de Directores del Instituto de Cultura Puertorriqueña durante la administración colonial de Sila Calderón, describe su novela como “obra de ficción basada en hechos reales” y a renglón seguido agrega que “cualquier semejanza de los personajes con personas vivas o muertas es pura coincidencia” (Martínez Maldonado 5). Además, nos advierte que los personajes, los principales de los cuales son don Pedro Albizu Campos y Cornelius P. Rhoads, “no necesariamente hicieron o dijeron lo que hacen o dicen en la novela” (Ibid.). Hechas estas “advertencia[s]”, mientras desarrolla la acción, el autor deja una estela de descripciones de Albizu que en conjunto terminan distorsionando su personalidad al presentarlo como un ser vacilante, indefenso, atemorizado y vengativo, que enloqueció debido a supuestas torturas sufridas en la cárcel de Atlanta.

¿De qué les valen a los lectores las advertencias que les hace el autor? Con advertirnos que Albizu “no necesariamente” hizo o dijo en la realidad lo que en la novela hizo y dijo, solamente nos dice que tal vez sí lo hizo y lo dijo, pero tal vez no. De igual modo, con implicar que “cualquier semejanza” del personaje nacionalista llamado Albizu con el verdadero Albizu nacionalista es “pura coincidencia” el autor, un reconocido nefrólogo, causa la impresión de que tiene en muy baja estima la inteligencia de sus lectores.

El Albizu de esta novela no sólo es un Albizu que en su lucha por la independencia de Puerto Rico solamente utilizó la violencia, contrario a la realidad histórica. El autor, de quien un crítico literario ha osado decir que “ha explorado como ningún escritor contemporáneo los acontecimientos que definieron y marcaron tres décadas del siglo XX en Puerto Rico, ese periodo que inicia en los años 30 y culmina en los emblemáticos 60’s” (Cana), va más allá y reescribe a su gusto aspectos fundamentales del período del confinamiento de Albizu en Atlanta, de las condiciones legales en las que sale de esa prisión y de su reclusión en el hospital Columbus. Con ello establece para los incautos algo que es políticamente conveniente para el Partido Popular Democrático (PPD) en este peculiar momento histórico: que fue allá en la metrópoli y no acá bajo la administración colonial de Luis Muñoz Marín y su PPD, donde el prócer sufrió torturas con radiación, asunto que hoy día corre de boca en boca.

Pero eso no es todo. Al final, los lectores estarán en la creencia de que el nefasto doctor Eduardo Garrido Morales quien “se había graduado del Medical College de Virginia y luego obtuvo un doctorado en epidemiología de la universidad de Johns Hopkins, con una beca de la Fundación Rockefeller” (Galenus), no fue el médico corrupto que manipuló metódicamente, día a día el encubrimiento de los asesinatos que Rhoads confesó, sino que actuó de un modo contrario. Incluso tendrán la impresión de que el doctor Cornelius P. Rhoads, a quien la Fundación Rockefeller envió a Puerto Rico en 1931, sí era abusivo y arrogante, pero probablemente no cometió los asesinatos que de su puño y letra se jactó de haber cometido sin que se lo preguntaran.

Afirmo y sostengo que no hay motivo legítimo alguno para que un narrador de ficción deje consignado en una obra literaria que un acontecimiento histórico transcurrió de un modo distinto al que ya ha sido debidamente documentado. Sin embargo, eso es lo que hace el autor de esta novela cuando alude a la estadía de Albizu en Atlanta y en Nueva York. Más aún, inventar que el patriota Gregorio Hernández Rivera intentó suicidarse en medio del ataque a La Fortaleza (Martínez Maldonado 305), es sólo un elemento de dramatismo ficticio que el autor trae arrastrado sin piedad por sus pocos pelos. Por si fuera poco, dos autores estadounidenses (Hunter & Bainbridge) han distorsionado hechos pertinentes a Albizu y al caso Rhoads en un libro sobre el ataque a la Casa Blair el cual, aunque parece ficción, se supone que sea historia.

Conclusión

La detestable práctica de falsear los hechos históricos en el proceso de crear ficción podría deberse a desconocimiento de esos hechos por falta de investigación histórica o a una investigación deficiente, pero tal no es el caso con la novela del prestigioso galeno. Un motivo para un narrador de ficción adulterar nuestra Historia nacional podría ser el hecho de que no le otorgue credibilidad a los datos históricos publicados en ensayos, columnas periodísticas, revistas o libros, porque el autor de los mismos no haya sido auspiciado por una casa editora y/o no haya recibido elogios de la crítica, sobre todo, de críticos que tal vez saben mucho de teoría literaria, pero dramáticamente poco sobre nuestra historia. Otra causa podría ser el propósito utilitario de que tales distorsiones sirvan para impartirle a la narración un dramatismo que de otro modo exigiría mayor esfuerzo creativo. Una mezquina razón sería la de falsificar la Historia intencionalmente con el fin de contrarrestar la influencia que puedan ejercer los hechos históricos sobre las convicciones ideológicas de los ciudadanos y en las decisiones que tomen como electores. En fin, tratar con distorsiones a Albizu como personaje literario es una mera utilización mercantilista de su nombre que nadie debe tolerar.

Nos corresponde, pues, a quienes honramos la memoria de Albizu, rechazar en todo momento, pública y enérgicamente, por todos los medios posibles, el que los escritores proyecten imágenes contrarias a lo que, según la documentación y la historia oral confiable, haya sido la realidad. Además, invito a los reseñadores y a los críticos literarios, ya sean de alquiler o aficionados, así como a la Asociación Puertorriqueña de Historiadores y al capítulo de Puerto Rico del Club Pen Internacional, a promover activamente el que los escritores de ficción sean fieles en sus obras a los rasgos de personalidad de las figuras históricas y a los hechos debidamente documentados de la Historia en general. #

BIBLIOGRAFÍA

Aponte Vázquez, Pedro. “Necator Americanus: O sobre la fisiología del caso Rhoads”. Revista del Colegio de Abogados de Puerto Rico 43 (1982): 117-142.

― “¿Asesinó Rhoads a Albizu?” Claridad. 14–20  ene 1983: 16.

¡Yo acuso!: Tortura y asesinato de don Pedro Albizu Campos. Bayamón, P.R.: Movimiento Ecuménico Nacional de Puerto Rico (PRISA, Inc.), 1985.

Cana, Carlos Esteban. “Manuel Martínez Maldonado presentará su más reciente novela”. El Post Antillano. Web. 10 sep 2014.

Friedman, Andrea. Citizenship in Cold War America: The National Security State and the Possibilities of Dissent. Amherst & Boston: University of Massachusetts Press, 2014.

Friedman, Robert. Shadow of the Fathers. Moorpark, CA: Floricanto Press, 2007

Galenus: Revista para los médicos de Puerto Rico. “Dr. Eduardo Garrido Morales.” Web. 26 sep 2014.

Hunter, Stephen & Bainbridge Jr., John. American Gunfight: The Plot to Kill Harry Truman and the Shoot-out that Stopped it. N.Y.: Simon & Schuster, 2005.

Maldonado Colón, Margarita. “Fragancia de rosas y jazmines”. Facebook.com. Web. 11 sep 2014.

Martínez Maldonado, Manuel. Del color de la muerte. San Juan, PR: Publicaciones Gaviota, 2014.

¿Quién es?

En el palacio de la palabra escrita se agazapa tras una columna un siniestro personaje impune.

Versión yanqui del ataque a la Casa Blair

Versión yanqui del ataque a la Casa Blair

(Stephen Hunter and John Bainbridge,Jr., American Gunfight: The Plot to kill Harry Truman and the Shoot-out that Stopped itN.Y.: Simon & Schuster, 2005, 368 pp., 16 fotos).

Reseña

Por Pedro Aponte Vázquez

En este libro sobre lo que la casa editora cataloga de “acto terrorista”, los autores nos presentan una versión más o menos balanceada del intento de los patriotas boricuas Oscar Collazo y Griselio Torresola de darle muerte en 1950 al presidente de Estados Unidos Harry S. Truman. En la misma entrelazan datos de fuentes documentales y orales con sus respectivas interpretaciones y opiniones personales. 

Hunter, novelista y crítico de cine, y Bainbridge, abogado y periodista independiente, incluyen semblanzas de Oscar Collazo y Griselio Torresola – a quienes llaman “asesinos” – así como del presidente Truman y de los agentes con quienes los patriotas  intercambiaron disparos – los que vienen a ser, como decimos en Puerto Rico, “los cheches de la película”.  

El relato del extraordinario suceso histórico narrado con ribetes de novela, presenta a los protagonistas – a los de aquí y a los de allá – como los seres humanos que eran (o que son) y los ubica dentro de sus correspondientes contextos históricos. No obstante, los autores insisten una y otra vez en llamar “asesinos” a Oscar y a Griselio cuando pudieron haberlos denominado “luchadores por la libertad”. Pero claro, hay que ver que Bainbridge es un ex procurador general (auxiliar).

Este abogado con inclinaciones de fiscal vino a Puerto Rico cinco veces (Hunter una vez) y entrevistó a varias personas, algunas de ellas fuentes de primera mano en lo pertinente a Oscar y a Griselio. Ambos – o tal vez sólo Bainbridge – consultaron documentos del notorio FBI y numerosas obras publicadas sobre temas tales como, entre otros, los dos juicios de Albizu, uno de los cuales lo llevó a la cárcel de Atlanta en 1937; sus años en Nueva York, incluyendo su temporada en el hospital Columbus; el caso del doctor Rhoads de 1931, al cual Oscar aludió durante su juicio; la emigración de los boricuas hacia Estados Unidos y nuestras inevitables experiencias con el racismo y la explotación; la explotación económica en general de Puerto Rico por el imperialismo yanqui con sus dolorosas consecuencias económicas y sociales, y la Masacre de Ponce de 1937.

El libro está organizado en 48 capítulos, la mayoría relativamente cortos y amenos y algunos pesados y empalagosos. Tiene, además, un epílogo, un índice y 16 fotos, la mayoría harto conocidas en Puerto Rico.

Una de las principales debilidades de este relato es el hecho de que carece de notas bibliográficas al pie de página o al final de capítulo. En lugar de ello, tiene una sección al final del libro en la que los autores se conforman con mencionar las fuentes que usaron para cada capítulo sin importar que hayan citado directamente o hayan parafraseado a otros autores. Lo que es peor, no señalan a qué datos específicos corresponden las fuentes que mencionan en esa sección. Este recurso, que constituye una seria deficiencia, disimula el hecho de que los autores han optado por hacer  muchísimas afirmaciones sin fundamento alguno.

Muchas de esas afirmaciones que Hunter y Bainbridge procuran hacer pasar como comprobados datos históricos, los encontré en lo pertinente al caso Rhoads, a la persecución de Albizu, a su hospitalización en Nueva York y a otros asuntos relacionados con su sentencia, así como en lo concerniente a la insurrección del 30 de octubre y al ataque a La Fortaleza. Seguramente otros las encontrarán en lo pertinente a otros asuntos.

En lo que a este autor concierne, esos, digamos, desaciertos, le restan credibilidad al trabajo de investigación y al relato mismo de los hallazgos, pues ¿cómo habremos de saber los lectores si en lo tocante a aspectos que no dominamos ha habido iguales o hasta peores falsedades?

En una de sus afirmaciones más descabelladas pertinentes al caso Rhoads, Hunter y Bainbridge dicen que, a pesar de que Rhoads ya había dicho que su confesión de asesinato no era otra cosa que una broma, en la época de los sucesos (1932) hubo con todo y eso “muchas investigaciones”, cuando en realidad sólo hubo una y fue con el propósito de encubrir los asesinatos.  Uno de los investigadores, dicen los referidos autores, fue el entonces gobernador James R. Beverley, aunque nada existe que siquiera lo sugiera. Dicen los autores a renglón seguido que “Otro investigador, Pedro Aponte Vázquez, descubrió  una carta de 1932 de Beverley” y citan su contenido. Lo grave de estas afirmaciones es que Beverley no hizo investigación alguna, que la única mal llamada investigación la hizo el epidemiólogo Eduardo Garrido Morales sin ser fiscal, y que este autor no fue otro de los investigadores de aquella época, pues ni siquiera había nacido para el año de 1932.

En aras de la brevedad que el medio periodístico requiere, he hecho un gran esfuerzo para eliminar de aquí datos específicos que ya había incluido y que refutan las extrañas alegaciones de los dos autores en referencia al caso Rhoads, a Albizu y al ataque a La Fortaleza. En torno al primero me limitaré a advertir que quien no conozca los pormenores del caso, quedará con la colosal mentira que ellos propagan en el capítulo titulado “El coloso Rhoads” y que ha vuelto a estar de moda entre la intelectualidad en Estados Unidos: que todo fue una broma del racista, pero grandioso doctor Rhoads.

Además, Hunter y Bainbridge se sacan de la manga como magos que a Albizu le dio un ataque al corazón en la cárcel en 1943 y que por ese “golpe de suerte” (break, dicen los autores) fue “sacado (“removed”) de la cárcel y transferido al hospital Columbus” a terminar de cumplir allí su sentencia de cárcel. Semejante ficción podría esperarse del novelista Hunter, pero no del fiscal Bainbridge. Lo que se insinúa con ese invento es que así de bondadosos fueron con Albizu los compatriotas de Hunter y Bainbridge de ayer  –  los mismos que hoy, con su capitalismo terrorista, bombardean a su antojo a Irak dizque para llevarles “paz”  a los iraquíes.

En fin, las numerosas afirmaciones del crítico de cine Hunter y del periodista Bainbridge que contradicen sin fundamento alguno lo que autores puertorriqueños hemos demostrado con irrefutable documentación, sugiere que estos dos historiadores aficionados han optado por decirnos que la realidad es la que nos pintan ellos como representantes del imperio y no la que hemos descubierto nosotros “los nativos” de la colonia.

A pesar de todo, Hunter y Bainbridge aportan una versión  interesante según la cual  el propósito de ajusticiar a Truman fracasó sólo porque el elemento sorpresa se diluyó cuando la pistola de Oscar, en lugar de soltar su primer disparo, hizo un “click” que le avisó de su presencia y de sus intenciones al primer agente al que se disponía a dispararle. Convendría, pues, que los boricuas le echáramos un vistazo a esa versión y formáramos nuestro propio juicio y que Hunter y Bainbridge, mientras tanto, desistieran de convertirse en historiadores si no han de ejercer ese oficio con la debida seriedad. #

Derecho versus Obligación

Cuando una regla o una ley dice que un ciudadano tiene el derecho de decir o hacer algo en específico, no significa que tiene la obligación de hacerlo. En el caso de un convicto negarse a estar presente en sala al momento de dictarse sentencia en su contra, la regla dice que tiene el derecho ―no la obligación― de estar presente. Independientemente de los deseos de otras personas, la realidad es que se trata de que tiene un derecho, no una obligación. Si los legisladrones hubiesen querido que fuera una obligación, habrían usado esa palabra, pero la que usaron fue “derecho”. En el caso del convicto por el asesinato de Yexeira Torres Pacheco, el juez erró en su interpretación de la regla y lo que hizo en efecto fue legislar, función que le corresponde a la legislatura.